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Ante la nueva de Vargas Llosa: el rechazo a juzgar por quién está detrás de lo escrito

Por Paula Arenas paula_arenas

He podido embarcarme (aunque no con el tiempo suficiente) en la lectura de una novela que deseaba tener entre mis manos hace tiempo y que hasta el 12 de septiembre no salía a la venta. La última de Vargas Llosa, El héroe discreto (Alfaguara).

Reconozco que con este escritor tengo ciertos temores. Sobre todo uno: no encontrar al Llosa que nos da todo a lo bestia y convierte cualquier acto en historia.  Aún más: el que prefiero es el que da una patada al pudor y se mete en amores y desamores. Lo confieso: me va más ése que el que se sube al podio y refleja un país.

El escritor en 2012 (Foto: Rodrigo Fernández)

El escritor en octubre de 2012 (Foto: Rodrigo Fernández)

Me reconcilié con el peruano, hubo una obra tras la que no pude acercarme a su literatura sin sentir un dolor en la boca del estómago, gracias a Travesuras de la niña mala (Alfaguara), una novela no tan bien considerada como otras del peruano y que sin embargo me pareció la mejor haciéndome olvidar la manía que por un libro (y algún gesto pasado del escritor) parecía ya irreversible.

Mi compañera de blog, Maria J. es la primera en decir “qué horror, es la que menos me gusta de Vargas Llosa”. No le he mentido a ella y no voy a mentirles a ustedes: no lo he terminado, y sin embargo esta osadía: desde la tercera página el lector queda ya enganchado. Y eso que la presentación y la sinopsis me hicieron creer que el Llosa por el que lo abandoné había vuelto.

No es así, desde el principio, la historia de dos héroes (con matices, ‘peros’ y necesarias humanidades) y su manera de plantar cara a las trampas que la vida siempre está pendiente de colocarnos sin ruido en el Perú actual, caza la atención más reacia.

Es el escritor grande, ése que asegura al que lo lee desde el inicio que no va a fallarle. El que hace que deseemos que llegue la noche para leerlo tranquilamente y sin ruido. De acuerdo con Rodríguez Rivero: “Nos reclama quien domina magistralmente el arte de contar historias”.

Coincido también con Rivero en que es muy posible que haya quienes prefieran otras obras del peruano, incluida yo, que dudo que alcance (perdonen los intelectuales que juzgan regular mi favorita de Llosa) el poder de Travesuras de la niña mala. Tan potente como para enganchar a uno de esos jóvenes de 20 años que muchos creen que si oyen Galdós no sabrán quién es y si escuchan Vargas Llosa echarán a correr aterrados.

Mi hermano pequeño (21 años) me pidió el pasado verano que le recomendara un libro. Quería retomar el hábito. Sin pensarlo me salió: Travesuras de la niña mala. Y no es por colgarme medallas, pero el éxito fue total. He extendido esta recomendación a quienes adquirieron cierta fobia a este autor por una novela pasada que no voy a citar y no me ha ido tan mal (o me han mentido…).

Lo que sí voy a contar, aunque será en la siguiente entrada, cuando espero haber terminado la obra, es cómo fue mi conocimiento (por llamarlo de alguna manera) del escritor. Resultó desagradable, pero de eso es de lo que más hay que huir: del prejuicio de leer o no leer a alguien por el tipo de persona que es o parece que es.

Ni siquiera si el autor fuera un asesino en serie encarcelado que escribiera estupendas novelas negras debería dejar de ser leído. Lo que importa es lo que escribe.