Archivo de octubre, 2021

Dependencia electrónica hacia 2030

Se ha dicho tanto del asunto que uno ya no sabe qué añadir; por lo que no encontrarán aquí nada original. Pero hay que conectarse al entramado tecnológico porque se trata de entender lo que pasa en el mundo, que debería ser un menester practicado por todas las personas. Entre las muchas ignorancias que son comunes está razonar la pasión electrónica que nos ha inundado las mentes. Uno se ha hecho viejo en las destrezas aunque empezó pronto a utilizarlas como herramienta didáctica, como medio ágil de comunicación para lo útil y afectivo, para tener más cerca la información, para sentirse parte del mundo y sus vivencias. Pero el tiempo electrónico discurre tan rápido que a poco que te descuides te deja anclado en el pasado. Reconozco que me he asomado a alguna red, sin quedar especialmente atrapado. Todavía sigo perplejo del caos mundial que se originó hace unos días con el apagón del imperio Facebook. Ver y leer los comentarios sobre este hecho nos transporta al mundo de lo inimaginable. Qué no se pudiesen enviar los wasap ultrarrápidos rompió la cadena vivencial de medio mundo. Algo se entendería si eso supusiese la debacle económica de relaciones comerciales potentes. Sin embargo, escapa de toda lógica que la falta de los emoticonos o los ok haya producido tantos rasguños mentales; según manifiestan gente que dice entender del asunto.

Un famoso escritor decía aquello de que miraba el mundo social y se le aparecía Orwell resucitado y aumentado. Añadía que nadie es nada sino una parte del engranaje del gran hermano. A decir verdad, en determinados momentos da la impresión de que la maraña electrónica se pasea por nuestras mentes, cuyas puertas y ventanas hemos dejado permanentemente abiertas. Hace unos días se publicó que Facebook se había aliado con algo más de una decena de universidades y centros de investigación para desarrollar el proyecto “Ego4D”. La pretensión es enseñar a las máquinas a entender lo que ve y escucha, como si fuera uno mismo. Lo que debe querer decir que sean nuestros ojos, oídos y nuestra memoria. Esto supera la frase de Juanjo Millás de “llevar la  cabeza en el bolsillo”, o tenerla encima de la mesa o en el bolso; a veces pegada permanentemente a las manos. Se dice que por ahí va la realidad aumentada y la virtual. Tal “metaverso” tiene bastante de ciencia ficción. Otra vez se me aparecen las profecías de Orwell. Lo dicho, que cada segundo uno está más lejos de los activos digitales y se convierte en uno más de los huidos tecnológicos. A este paso me perderé el futuro en mi presente anodino. ¿Qué decir de la atracción que ejercen los yutuberos-as?

A la vez me pregunto si esto de la trascendencia electrónica continuada será bueno para el devenir ecosocial del año 2030. Y en el caso de que así sea, si servirá para que el medioambiente y sus habitantes reduzcan una parte de sus problemas. Por eso, nos atrevemos a pedir al gigante de la electrónica citado que en ese proyecto que considere también la posibilidad de que los aparatos, los chips y los algoritmos apuesten por la sostenibilidad social y natural: antes, durante y después de su utilización. Si son tan listos algo podrán hacer, ¿no? Toda una incógnita. Vivir para ver. Por cierto, qué pasaría si los influentes –mejor así que “influencers” dice la Fundéu- de las redes se convirtiesen en antenas de la comunicación hacia la sostenibilidad? Todo un reto.

Hasta aquí lo inmaterial pero también importa mucho también lo material. A menudo la dependencia “movilera” es tan grande que la gente olvida/ignora el despilfarro que supone cambiar una y otra vez de terminal. Los estragos de este despiste se evidencian en forma de recursos empleados (cada vez más limitados y más caros), de residuos (aumentan en cantidad), de gastos energético y en los problemas de salud que ocasionan a las personas que los manipulan (anotemos la ciudad de Agbogbloshie aunque se podrían citar cien entre África, Asia y Latinoamérica) y al planeta. Según cuenta la ONU en The Global E-waste Monitor 2020 en 2019 se generaron 53,6 millones de toneladas métricas (Mt) de desechos electrónicos en todo el mundo; ahí están incluidos todos. Supone un récord anual y a la vez representa un 21% más en solo cinco años. Y lo que es todavía peor, según lo vemos aquí que nos preocupamos tanto del 2030: los desechos electrónicos globales –móviles y todo lo demás- alcanzarán 74 Mt ese año. Esta cifra supone casi el doble de los desechos electrónicos de hace 16 años. Tal mal va la cosa que estos desechos son los que tienen un crecimiento más rápido en el mundo. ¿Dónde está el origen? Todos sabemos que principalmente en la mayores tasas de consumo de equipos eléctricos y electrónicos, bastantes están diseñados en forma de obsolescencia programada para que tengan ciclos de vida cortos. También por las ganas de cambiar de móvil de la gente. Las tasas de reparación son casi nulas. Se estima que no llegó al 20% los residuos electrónicos de 2019 que fueron recogidos y reciclados.  Solamente pensando en variables económicas, se puede afirmar que esta sociedad imperfecta tira el oro, la plata, el cobre, el platino y otros materiales de alto valor que llevan los dispositivos; además, claro está, de la energía consumida en su elaboración y comercialización.

La verdad es que cuesta conseguir información sobre cómo va el reciclado de móviles y la recuperación de los recursos que portan. Nos hemos limitado a una publicación de la UE del año 2019 “Identificación del impacto de la economía circular en la industria de bienes de consumo de rápido movimiento (FMCG): oportunidades y desafíos para empresas, trabajadores y consumidores: los teléfonos móviles como ejemplo”. Le damos más validez a lo que allí se dice algo diferente a lo que manifiestan otras de empresas de servicios que compran y venden móviles para varios usos. El estudio se centra en la cadena de valor. Trae datos que revelan que apenas un tercio de los móviles averiados han visitado el taller de reparación. Se detiene en ilustrar el potencial de recuperación de seis minerales (oro, plata, cobre, paladio, cobalto y litio). A pesar de representar una parte pequeña de la masa total, son muy importantes desde un punto de vista económico, social y ambiental. Las reservas de estos materiales son escasas en la UE, lo que ocasiona una dependencia de importaciones; no se pueden sustituir por otros. No son los únicos que porta un móvil pero no nos vamos a extender pues quienes quieran saber más pueden acceder al informe, por ahora en inglés y francés. Aborda también el empleo en el sector de la reparación y subraya el ahorro de emisiones que supone extender la vida útil promedio de los dispositivos.

Nos preguntamos sobre el papel que la educación puede desempeñar en la configuración de un futuro dominado por la electrónica y en especial los móviles. Para centrarnos un poco hemos acudido a una revista Telos, patrocinada por la multinacional española de la comunicación, porque nos interesaba una entrevista a Gerd Leonhard, autor de Tecnología de la Humanidad. Allí se plantea que es imprescindible una reflexión universal, en ámbitos muy diversos, sobre cuestiones éticas de la tecnología que requerirán consensos globales. Incluso aboga por la creación y buen funcionamiento de un “consejo ético digital mundial”. Recomienda que los grandes líderes mundiales deberían hablar sobre cómo moderar y equilibrar el uso de la tecnología y poner en marcha progresivas medidas reductoras del derroche de materiales.

En fin, que hace falta una acción colectiva para no sucumbir ante la multidependencia de las redes en la que se ven atrapadas muchas personas. En resumen: no es decir no a los móviles, sino distanciarse de la sumisión y lograr que el buen uso permita alargar su ciclo de vida. Hay que convertirlos en protagonistas importantes de la economía circular que recupera buena parte de los materiales que contienen. Siempre mirando al horizonte de 2030 y años sucesivos al que deseamos lleguen convertidos en nuestros amigos y del medioambiente, que nunca sean los amos que nos dominan.

(GTRES)

El medioambiente como derecho humano

No fue un viernes cualquiera en la ONU. El Consejo de Derechos Humanos aprobó una resolución que reconoce que “vivir en un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible es un derecho humano sin el cual difícilmente se pueden disfrutar de otros derechos, como la salud o incluso la vida”. Ahí está una de las grandes verdades, todavía por descubrir en este mundo acelerado. Aquí tenemos el argumento para construir un ámbito diferente, en el que las personas son sujetos de derecho antes que el crecimiento o desarrollo económico, impulso nodal que ha movido a las distintas civilizaciones. Esperemos que hasta ahora. Por eso, con ser importante la resolución debería haber señalado que no tenemos derecho por ser nuestro, sino por formar parte de él.

Disfrutar de cada uno de los derechos humanos, incluidos algunos tan prioritarios como la salud y la vida, solamente puede conseguirse en el contexto de una ecodependencia amigable, dedicada en primer lugar a cambiar interpretaciones erróneas y restaurar desastres previos, a valorar que el medioambiente es una interrelación compleja. Esto es lo que querríamos adivinar en la resolución citada, que tuvo que soportar los torpedos de Rusia. Para oponerse argumentaba que la pretensión de asegurar un medioambiente sano estaba fuera de las competencias del Consejo de Derechos Humanos. Sin duda, sus intereses van en otra dirección como está demostrando día a día. Porque sostenía su postura diciendo que el derecho internacional todavía no ha definido de manera exacta y universal  lo que quiere decir “medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible”. ¡Pues ya va siendo hora de que lo haga!

Por si les sirve la sugerencia para empezar, le diríamos que limpio, no impoluto, es cada vez con menos riesgos no contemplados, con protocolos de actuación para si estos llegan para reducir sus efectos más graves. Saludable para todas las criaturas que lo habitan y sostenible en el sentido de limitación de los atropellos económicos y de otro tipo que actualmente soporta y ponen en riesgo el mantenimiento de su devenir sin demasiados sobresaltos irresolubles, que alguno habrá. Limpio en la interpretación universal de que no se utiliza como vertedero.

Aun hay algo más: el medioambiente planetario resistirá a su manera los embates de los países depredadores. Pero será otro, quizás menos amigable con las especies que interaccionan con/dentro de él de lo que fue hasta hace unos centenares de años, más o menos. Porque las fuerzas activas de todo tipo conllevan consecuencias reactivas de tamaños diversos y alcances no controlables.

Episodios pasados en todo el territorio ruso, europeo o asiático, etc., son testigos de que lo de medioambiente como derecho humano suena a ruso. También podríamos decir que a chino, japonés o hindi pues los países donde se hablan estas lenguas se han abstenido en la resolución. Se sospecha que para quedar bien, que ganas tendrían de oponerse. Queda un largo camino hasta que la Asamblea General de la ONU tenga a bien asumir este reto, para que cada país se lo crea y adopte políticas salvadoras. Brasil ya ha planteado objeciones amazónicas. Además el Reino Unido hizo notar que estas declaraciones no son vinculantes. ¿Qué querrán decir con eso? Me suena al orden del mundo escrito entre propósitos de fuga planetaria. Suele ser el preludio de que una parte del todo se viene abajo.

Pero ese viernes el Consejo estaba proactivo y tomó otra decisión importante: nombrar un relator sobre derechos humanos y cambio climático, a instancia de la UE y varios países más. Ya existía la figura del relator sobre los derechos humanos y el medioambiente. Vaya privilegio y seria tarea. Porque de facto reconoce que la crisis climática lo es también de derechos humanos. Quien lo dude que se informe y piense.

Los/las relatores parece que no hacen nada, dada la complejidad de la ONU y sus decisiones. Pero son gente que siente globalmente y en clave de ética humana, biodiversa también. Seguro que en 2030 seguiremos hablando de la cuestión porque nos habrán legado sus relatos.

En fin, debemos lograr que el medioambiente –lo escribimos junto porque así lo recomienda la Fundéu y nos parece que tiene una dimensión más global- sea un derecho humano y del resto de las criaturas. ¿Cuándo llegará? Si no se empieza a valorarlo, aunque sea en forma declaración, no lo será nunca. Si todos nos empeñamos en ello, es posible.

 

(GTRES)

 

Aclimatarnos a la vida ecosocial, sí o sí

Me apetece contar mi peculiar interpretación de la relación entre sociedad y territorio, pensando en cuáles pudieron ser los comienzos de casi todo. Sería mucho remontarse hasta el paleolítico. Los humanos, un genérico sin confines, hicieron todo lo posible por conquistar la tierra. También depredaron con el tiempo ríos y mares y colonizaron el aire, se dice que sin darse cuenta. Entre unos y otros empeños, rompieron todos los confines y descubrieron muchos lugares escondimos. Establecieron sus derechos de soberanía sobre cualquier territorio plantando un palo o destruyendo una parte de sus señas de identidad. Cambiaron su estampa, incluso a costa de otros humanos diferentes. A medida que esto sucedía la biodiversidad se reducía, por citar solamente a lo vivo, pero sucedieron otras cosas.

Ese afán aventurero, de supervivencia propia o depredador caló en los diferentes pueblos en los que se dividieron los humanos. Julio Verne decía aquello de que la Tierra era cada vez más pequeña porque podía recorrerse más rápida que hacía cien años. Nos gustaría poder preguntarle qué piensa ahora del asunto. Quién sabe cómo calificaría el que hayamos tardado tanto en darnos cuenta de que todas las colonizaciones también entrañan riesgos para el ejército invasor, a pesar de que cada vez tiene más poder tecnológico y cuenta con más atacantes. Más todavía si todo se desarrolla en un espacio cerrado, por ahora, como es la Tierra.

A este derecho de soberanía que es la apropiación múltiple le surgieron siempre problemas. Quizás se debe a aquello que decía Bárbara Ward, economista y periodista que hacia 1960 empezó a hablar del desarrollo sostenible: nos hemos olvidado de ser buenos huéspedes, de cómo caminar ligeramente sobre la Tierra como hacen sus otras criaturas. Fue ella la encargada de elaborar  junto a René Dubos –científico investigador reciclado al mundo de la ecología del que se dice que se inventó aquello de “piensa globalmente, actúa localmente”- el informe previo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, celebrada en Estocolmo en 1972. Aquel documento, que supuso un hito en el pensamiento global sobre el medioambiente, se publicó en forma de libro con un título premonitorio La Tierra es única (“Only One Earth”). También se divulgó con la marca de Sólo tenemos una Tierra. Este axioma, que se repitió en la Cumbre de Río en 1992, fue recordado con aquello de que “no tenemos un planeta B”, enunciado por el Secretario General de la ONU Ban Ki-Moon hace unos años. Una parte de las inquietudes de B. Ward fueron recogidas por el IIED (International Institute for Environment and Development) que fundó en 1971. Merece la pena entrar en su web. El Instituto sigue preguntándose qué significa desarrollo en distintas partes del mundo, como hacíamos nosotros con aquello de la interacción sociedad-territorio. En sus trabajos hay pistas para entender mejor por qué cuesta perder eso que hemos llamado derechos de soberanía. ¿No será porque la mayor parte de culturas, economías y religiones predicaron algo sobre el acaparador propósito?

En eso de ser malos huéspedes no tenemos disculpa. Así estamos atrapados por el cambio climático. Que dicho asunto es un grave problema de salud pública solamente lo ponen en duda cuatro despistados, además de la cohorte comercial y mediática que solo busca en la vida un beneficio personal. Sin olvidar la legión de despreocupados que no percibe las señales meteorológicas que cada vez se repiten más en forma de episodios tumultuosos y críticos. La ONU utiliza su vigencia mediática para preguntarse si es posible llegar a cero emisiones netas de carbono en 2050.  Recordemos que ese mantra en positivo: se repite a menudo en los discursos políticos de nuestros gobernantes. Probablemente demasiado crédulos o inasequibles al desaliento de los hechos y a la eficacia de sus políticas. Incluso los hemos leído expresados por una gran petrolera de matriz española, lo cual de ser cierto al final del ciclo productivo-consumidor supondría la proeza jamás contada hecha realidad. Al tiempo.

Se dijo el año pasado que uno de los pocos beneficios de la hecatombe pandémica era que se llevaría a cabo una reflexión para corregir el rumbo ecológico; que de esta saldríamos reforzados. Incluso escuchamos alguna voz que aventuraba un mundo que acongojado por la claridad de las incertezas devenía permanentemente responsable, tal como si hubiese llegado una conversión masiva de la deidad climática, si es que la hay, tras París 2015. Pues no. Ante semejante aventura de creencia, la ONU y sus agencias se han encargado de rebajar las euforias sin fundamento científico. Ya nos avisaron en febrero de 2021 con un artículo que dejaba a las claras donde nos encontramos por nuestra dejadez existencial: Cambio climático sin freno: los países están muy lejos de cumplir el Acuerdo de París. Por cierto, no se pierdan las viñetas que El Roto ha dedicado al cambio climático. Una sencilla búsqueda en Internet trae algunas dignas de ser consideradas “patrimonio inmaterial universal”.

Queremos recordar que Unidos en la ciencia es el título del informe que la ONU hizo coincidir con su reciente asamblea general celebrada en septiembre. Quienes no dispongan de tiempo para leer aquí tienen una corta síntesis en Youtube. Aporta suficientes mensajes para pensar.

Pero hay algo más. De código rojo ha calificado el más completo informe científico hasta ahora elaborado que califica a la humanidad como responsable del cambio climático y el aumento de fenómenos extremos. ¿Qué significa en ese contexto aclimatarnos? ¿Escondernos tras provisionales escudos o plantearnos la vida de otra manera? Por si tenemos dudas, el ISCIII (Instituto de Salud Carlos III) ha elaborado bajo el patrocinio de distintos ministerios y otros órganos de la administración la guía Aclimatarnos. El cambio climático un problema de salud pública. Vendría bien que cada cual se mirase en el espejo de lo que allí se dice para encontrar sus pensamientos sobre el fenómeno y siluetear sus inminentes intervenciones.

Retrocedamos hasta el inicio. Confiados en poder ejercer nuestros derechos de soberanía sobre tierras, mares, aires y todas las criaturas que acogen, ahora percibimos que del asunto nada. La creciente contaminación del aire no ha hecho sino explosionar la pretendida soberanía que pretendíamos ejercer sobre todo; nos ha demostrado de golpe que vivíamos en una egoísta quimera. Nos ha costado, pero mucha gente es consciente que debe aclimatarse a lo que hay, a cuidar/ honrar al planeta que es soberano, porque nadie manda en él. Ni siquiera nos reserva recónditos lugares placenteros a los que podríamos trasladarnos. Porque aclimatarnos es un tránsito mental, vivencial y comprometido; individual y colectivo. Al edén prometido no se llega, no cabríamos todos, ni siquiera en un gran barco/arca de la biodiversidad salvada como el que en tiempos imaginó Noé.

(GTRES)