El apego de Julio de la Rosa (Ernie Records, 2021)

Una batería mínima, guitarras superpuestas como si fueran pieles de la fruta dulce que alimenta la nana. Sangre y heridas, tierra y semilla. Julio de la Rosa pinta la suite blanca del futuro, como si guardara en caja de plata los arrebatos del mañana. Como una letanía de guitarras acústicas, como una composición de percusiones y pianos tocados con las mismas yemas que acarician una piel nueva, así, sin dejar una marca en surco, el vinilo se extiende en espiral, prepara el calzado para que camine su descendencia sobre las aguas, como un personaje de canción de Leonard Cohen, como un hijo de un Dios privado y monoteísta.

Julio utiliza las palabras porque sabe que el silencio es secreto donde esconder a su vástago, allí donde se arranca los versos de los brazos, donde la saliva de su bebé heló los frutales: fuera la noche es espesa, él y ella, un río que se mezcla con otro río, y lo que queda como alimento es la sal que escupe la lluvia. Con ese amor haces de temblar la tierra otro vientre. Guitarras que son punzones, violines que saben a vidrio soplado. Diez minutos más tarde, se escuchan los cantos de los niños en el patio y el nylon parece el corazón del mundo, hay mordiscos que suenan al revés y parecen besos atrapados en el sonido.

“El rumor que alcanza la ventana viene de otra canción, de otro poema, de otro libro, es dinamita y corbata, un nudo es mil veces padre y otras mil hijo. Madre que es mujer, plata que elegiste como vestido, en tu voz te ensortijas, explotando las frases y dejando los cuerpos como constelaciones apócrifas sobre el papel pintado (“A mí ayudaron/aquí se quedan”)”.

Julio de la Rosa desbroza el mañana, rompe la muerte, limpia las manchas con sus dedos, dentro de los ojos de él mismo en cuerpo de otra pone días y días, ¿Cómo puedes encontrar ahora la vida? No le pondré nombre a la canción, ni a lo que me intoxicó cuando era joven, solo daré vida con barro de sampler a todas las cuerdas que me pidas, acumulando panderetas y voces, algún día tú también serás un cromo repetido, no tengo duda de eso (“Si no es buen momento/no me entretengas”).

La caja de música cambia, te acuestas y sueñas con una celesta que se interpreta sola, como una pianola dotada de vida, el tercer día empieza al terminar el cuarto, así de ordenada será ahora mi vida, de padre y de poeta, de padre que muere un poco por cada vez que vive su hijo, con la boca pesada de besos que no ha dado y se evaporan. Gira la manecilla y los indios de la noche se mueven en la noche, los sonetos se descuadran cuando a tu amor se los recitas, pero no te importa, recuerdas el humo del cigarrillo en el mástil de la guitarra, cuando con ellos tocabas los teclados en el sótano del Mar de Dios y pedías muy bajito la letra del Chelsea Hotel. Hoy no te entretengo, que tendrás cosas que hacer, amigo, espero que te acuerdes de mí y de estas historias que sobre tu padre te cuento. Qué guapo y amable era. No busques el amor, solo vale el que te encuentra. A los de nuestra edad nos enseñaron a seguir buscando cuando levantábamos la tapa del yogurt. Es una forma de paciencia.

“Pienso que el amor es una forma de revuelta, que nadie puede arrebatarte la oportunidad de rebelarte. El amor es una derrota que se propina uno mismo: mira cómo elevo la voz, mira cómo parece que somos dos o tres los que te aconsejamos, épico como una leyenda leía en la hora de dormir. Julio de la Rosa es hombre y banda, es música pura, como una manera de entender la música de manera pura y absoluta. Va a jugar sin convocar reservas”.

Le doy la vuelta al vinilo como quien busca el frescor del otro lado de la almohada. En la memoria transitiva de la especie, hija que aprieta sus manos contra la pantalla y deja un mensaje de frío, la muerte hará el boca a boca a la vida y seguirá con la burla. En esta vida los malos humores juegan a extraviarse camino del río y la tristeza son como gotas de sangre que se convierten, una a una en desertores tras la explosión de la arteria. Como si no hubiera nada mejor que un mellotron para interpretar una nana, contra esos monstruos de aire solo queda entretejer mujidos de guitarra y dejar que las ondas repiquen, sea pared o sea claustro, una de las cosas que siempre han tenido los discos de De la Rosa es esa manera de convertir el latido en percusión o viceversa.

Unas palabras sobre La herida universal de 2010
Otras palabras sobre Pequeños trastornos sin importancia de 2013

“Abre los ojos, verás palabras en tu piel que te servirán de guía, como un libro de instrucciones que te dejó marcado con besos tu padre, panderetas mediante, pase lo que pase llevará una cerilla encendida, amplificará los restos de tu tristeza para que pueda cantarlo al toque de la guitarra y parezcan sueños que esperan ser despertados”.

Porque algún día llegará el mar y su sal le agrietará los labios, y no podrás besar al hijo cuando te lo lleve y en su comisura el memorial será breve. Levanta con tu tierra la herencia, hazlo tuyo como soy suyo, sin remedio. Lo pido, como un autómata, un sintezoide que se alimenta a base de arpegios.

El día que Julio estuvo con su banda en una playa artificial dando sentido a nuestras vidas.

Habrá un idea en el que recuerde las respuestas y no las palabras y dime que hace quince años que viste tu último espectro (Fantasma#3)

El apego es un disco de ternura y miedo, de consejo y abrazo. Un canto a la alegría, una promesa de cuidada instrumentación y que juega con la vida como si fuera una cinta de Moebius: dónde termina el padre, dónde comienza la madre, qué es lo que los une para siempre. Julio de la Rosa desafía las normas no escritas para reflexionar sobre lo más básico: nada es fuego hasta que compruebas la ceniza, nada existe hasta que la luz lo dice, son las lágrimas de alegría las que nos salvan del hierro candente de la vida.

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