Archivo de abril, 2021

Cobijo contra la tormenta de Benjamín Prado: canon poético personal

 

De vez en cuando uno tiene que echar la vista hacia atrás, buscar entre las cenizas los pilares de la vida, intentar discernir con más o menos claridad de dónde viene y si eso tiene algo que ver con lo que uno es o será. La poesía es buena gasolina para la nostalgia y elegir una serie de libros que marcan un ejercicio que tiene más que ver con la felicidad que el reencuentro. Hoy en Motel Margot damos la bienvenida a Benjamín Prado y su Cobijo contra la tormenta. Año 1995, todavía no había terminado el COU y la selectividad era una mezcla de bases canónicas y las canciones de Gabriel Sopeña para Loquillo. Quedaba toda la vida por delante y necesitaba llenar las maletas con el equipaje adecuado.

Aquel Cobijo contra la tormenta fue X premio de poesía Hiperión y el primer libro de poemas que compré. Creo que fue en la librería Cálamo, que estaba al lado de casa de mis padres, en la plaza San Francisco. Zaragoza todavía tenía a los Héroes del Silencio de gira y había un garito en la calle Tenor Fleta que se llamaba Morrison Hotel. Todo cuadraba. Desde la portada -Bob Dylan y Joan Báez en 1976-, hasta el título, la traducción de uno de los temas de Blood on the tracks, el disco de Bob Dylan de 1975, que incluía Shelter from the storm. Mi favorito del bardo de Minnesota es Desire, el siguiente de la época dorada de la Rolling Thunder Revue. La historia de la gira del payaso y el guitarrista de Bowie y los bongos de Allen Ginsberg la pueden seguir a través del hilo de Martin Scorsese y Sam Shepard, pero hoy estamos con la sangre en las vías. Prado y Dylan, Dylan y Prado. Eran los noventa y algunos ya estaban de vuelta de Bob y otros, sobre todo la generación de Benjamín Prado, a la que ponían música Christina Rosenvinge, Joaquín Sabina o Andrés Calamaro estaban iniciando una mutación que los llevaría a convertirse en sosías de Dylan con mayor o menor medida. Dylan nos odiaba porque Bob, como todo buen poeta, odia al mundo/escupe al universo.

Pero llevamos varias líneas y todavía no he hablado del libro. Un libro que me arrasó la cabeza como una tormenta perfectamente bien orquestada, con los violines de Scarlet Rivera, la viola de John Cale y la electricidad que suministran los dioses. Con Cobijo contra la tormenta descubrí que los poemas se podían construir sobre los poemas de otros, montados como en un sampler que evita el plagio, una mezcla de preguntas y respuestas, preguntas propuestas por los poetas, respuestas de Prado -o viceversa-, era una especie de collage, de cut&paste elegante que lo situaba más cerca del proyecto Avalanches (que comenzarían el siglo con un disco en el que cada nota estaba extraída de otros discos diferentes en un ejercicio de desmenuce y reconstrucción que dejó algunos buenos temas como los de Since I Left You ) que de William S. Burroughs.

El poema como el hombre, el poema como la muerte, el poema que es la muerte porque en la muerte atrapas lo que te queda de tu padre. Benjamín Prado, como otros de su generación -sí, había una generación, vestían de negro y querían mezclar lo anglosajón con lo patrio con más o menos gusto-, recurren a la relación con su padre de un modo muy distinto al que se había escrito en España hasta entonces. Félix Romeo y Ray Loriga, narradores ellos, o por lo menos narradores antes que Prado, ya juegan con esa dualidad que es más que la clásica de amor/odio, se acerca más a la de amistad/respeto. El padre que ha crecido amando a su hijo, tratando de entenderlo, de mantenerse lo más cercano posible en su esfera emotiva -una circunstancia que se lleva al extremo en los poemarios de las penúltimas olas, en la que los poetas son padres tardíos y siguen siendo hijos-, la relación es rompedora, es un abrazo inabarcable, pero muy bello, lleno de juntas sin cerrar, pero por donde a veces entra aire cálido. Una temática así me resulta hoy, en 2021, mucho más iconoclasta que introducir el rock como un elemento más de cultura popular en los poemas, llevar el situacionismo de una canción como elemento de acompañamiento del verso no es único ni original, ya estaba en los poetas sociales de los setenta o en la corriente latinoamericana que vino escapando de las dictaduras de la primera parte de los ochenta.

Un verso: “Mi padre decía: cuando llegues a la cumbre de la montaña, sigue subiendo”. Primero el padre, luego la mujer. Prado en Cobijo contra la tormenta atrapa la idea de Dos contra el mundo, un elemento primordial de la Nouvelle Vague o, por ponerlo en su contexto temporal, aquellas canciones de Dogman Star de Suede. Ella y yo, no necesitamos a nadie más. Un amor que llena y es llenado. Otro verso: “Yo tenía un balcón y tenía una mujer/yo tenía una mujer, su cuarto construido en cuartos solitarios”.

¿Qué salto llevaría a Prado para pasar de Milton, de los poetas clásicos ingleses, de los que Morrissey decía que estaban de su parte en Cemetery gates a montar una panda de chamuscados carrozas como el último Rafael Alberti (y digo el último porque sin ‘Sobre los ángeles’ nada de mi poesía tendría sentido) o ser un acólito de Luis García Montero -que está en el jurado del premio, porque recuerden que este libro fue ganador de un premio con un jurado en el que estaba también Jenaro Talens-o, ya, finalmente, del mismo Joaquín Sabina al que trataría de insuflar aire con sabor a vinagre y rosas con un poco de pereza. Por las habitaciones de este libro, que es un motel dentro de nuestro motel, desfila Raymond Carver, que no es más que un espectador del paso de los transportes públicos, habitantes de estaciones de trenes, consumidores de autobuses de línea y nos recuerda la pasión de la época por la novela negra convertida en lírica de la destrucción, recuperando al Pere Gimferrer de La muerte en Beverly Hills, a Raúl Núñez o Raymond Chandler, con aquellos poemas desmembrados y resacosos de Arde Babilonia de Roger Wolfe o las primeras novelas de Francisco Casavella como Un enano español se suicida en Las Vegas o Quédate. Los libros de Wolfe y Casavella aparecen en el periodo 1993-1997

“Como dice Delmore Schwartz en una canción de Lou Reed” Era el tiempo de la vuelta de Reed. Seguía en el limbo del aburrimiento. Subía al escenario y hacía Sweet Jane o Dirty Boulevard si tenías suerte, jugaba con los pedales, esperaba la resurrección de su carne seca. Siempre había vampiros dispuestos a hacerle una transfusión. ¿Qué canción sería? Blue Mask o European son. Tiempos difíciles, tiempos aburridos. Lou Reed lo dice. Lou Reed en 1995 llevaba tres años sin grabar desde Magic and Loss ¿Caminaría Lou por la playa? La playa en invierno es una imagen recurrente, el mar es salado como una sopa hecha con amantes que lucen como ángeles sus vestidos de frío. Hay un instante en el que salen de la caja mágica, la que sostiene con cuidado un ángel, papeles manuscritos con ideas sobre Pablo Neruda o el exilio de Luis Cernuda. La poesía tiene tanto de biografía como de alquimia. Usar la vida del poeta como metáfora puede hacer de tu libro un lugar de vida en vez de un lugar de paso. La caja la sostiene la Christina Rosenvinge rockera que está revolviendo los cimientos de los 90. Como una tripulación en la que todos se conocen, el poema pone su voz en la de otros y tiene algo de tragedia griega: “Hay ángeles que buscan/playas abandonadas donde abandonar el cielo”.

Demasiados ángeles para que no se nombre a Win Wenders o la imaginería de Peter Handke. Pero esa playa como reunión es uno lugar apócrifo que se parece más al final del videoclip de First we take Manhattan de Leonard Cohen. Los nombres aparecen, tocan unas notas, desaparecen porque era la época de arder con tanta fuerza que la luz cegara a los que estaban mirándote: los originales, Hendrix y Morrison. El que nos hizo cambiar, Kurt Cobain. El que le susurró las últimas letras, Neil Young. Repite Neil Young y Benjamín Prado, en su propio panteón, nos explica que Cobain es, en realidad, un ángel suicida. El viaje continúa. Las autopistas que atraviesan Estados Unidos tienen tiempo de detenerse un momento junto al Moncayo, en la tumba de Bécquer uno encuentra restos de sus propios poemas, como un visitante descuidado que no ha traído flores y tiene que improvisar. Y la lámpara de Alberti. Dieciocho años tenía Benjamín Prado cuando se dejó iluminar por primera vez por ella. Los poemas de los españoles, los del exilio o el hermetismo, los que se hicieron canon sin saberlo. Los que nacieron en siglos equivocados, en islas que no les correspondían. Los de los grandes éxitos: Antonio Machado, San Juan de la Cruz, Rubén Darío y, de nuevo, Gustavo Adolfo Bécquer. Todos ellos viajando a lo más profundo de la Selva Negra. Es el turno del hermetismo alemán, Rilke, pero también Auden, la biografía de Benjamín Prado en Cobijo contra la tormenta es una especie de vía abierta y emocional por todos sus viajes. Sobre ellos -o de ellos-, llegan las palabras. El camino de la superposición, capas y capas de ideas e imágenes, como un proyector sobre un Super-8 y después unas sábanas negras que solo dejan pasar fantasmas: “Tú eras Bob Dylan soñando con Kafka/las estrellas rojas y el cielo de Rimbaud”. Rimbaud, por el que no se depilaba Patti Smith, aparece en páginas consecutivas. El poeta borracho que insultaba al universo.


Benjamín Prado evita la violencia, captura el sueño de los poetas, de los amigos, de su amada, sus sueños y con ellos construye otros sueños. En esos sueños es donde más asociaciones se permiten y así: “Escribe como el hombre/que mira las fotos de otro hombre”. Otros de los autores sobre los que se construyen los noventa son la figura totémica de Bukowski, sobre todo a través de los compactos de Anagrama, pero también con la publicación de alguno de sus poemarios (Veinte poemas de Bukowski, te podías hacer por él por la módica cantidad de 350 pesetas, oferta de Mondadori, a partir de allí era todo responsabilidad tuya o la edición más elaborada de Poemas para la última noche en la tierra que hizo DVD en 2007′). Repito, por si se han saltado el paréntesis, por 350 pelas tenías 20 poemas de Bukowski y podías viajar con Prado a Nueva York y escuchar la voz de Ray Loriga y todas aquellas citas textuales que funcionaban como bengalas en la noche llena de nieve. Benjamín Prado sabía que la tormenta le podría llevar de un lado a otro del mundo: creía en Cuba y Ernest Hemingway. Creía, más bien, en vivir como Hemingway en Cuba. De Loriga dice: “Su voz suena extraña: como la de alguien que tuviera en las manos una caja vacía”.

Más elementos del panteón de los noventa: Jack Kerouac. En aquellos años hasta Levi´s tenía su línea de vaqueros y camisas de cuadros que podían servirte como una mezcla entre Eddie Vedder y Neal Cassady. De Kerouac nos queda el azul, un color que se repite y filtra en el libro una y otra vez, como el cielo y los pájaros, los hoteles que en los textos beatnik se llaman moteles, el trabajo manual y el acto lírico definitivo que es mirar pasar los trenes.

¿Qué hace de Cobijo contra la tormenta un libro definitivo y fundacional? Su atrevimiento, su forma de conjugar referentes, sus frases resultonas marca de la casa, un Benjamín Prado que se vestía como el John Cale de Velvet Underground al ir a las Ferias de Libro de provincias y los que íbamos a que nos firmara soñábamos con ser uno más entre los poetas que veían caer la lluvia solos en una habitación, en un hostal de Medinaceli, junto a la gasolinera que tenía una fuente llena de peces de colores. Ninguna noche se me acercó el viejo voz a susurrarme aquello de “Si la vez, dile que la extraño”.

Gracias a Connie Corleone (Corazón Verde), JR Tenas (la memoria de mi ciudad), Alex Elías (el Cerati del Cierzo) y el maestro Gabriel Sopeña.

‘Salem’s Lot’, raíces malditas

¿Qué es Salem’s Lot? ¿Un terruño maldito surgido de la mente enferma de Stephen King? ¿Un lugar del inconsciente colectivo donde confluyen los Dioses cósmicos abisales con forma de gusano, las series de televisión de los setenta, sectas escindidas del puritanismo y los discos de Sr. Chinarro? ¿vampiros o sectas escindidas del puritanismo? Hoy en Motel Margot rebuscamos entre legajos, cintas de vídeo y grabaciones perdidas para intentar desentrañar una historia y una cronología de un pueblo que expande sus raíces podridas bajo la cultura pop desde el siglo pasado.

¿El comienzo? Una situación geográfica aproximada para Salem’s Lot: localidad del estado norteamericano de Maine, cerca de la frontera con Nuevo Hampshire, al norte los Montes Apalaches y al sur el Océano Atlántico.

¿La continuación? Cronología, subjetiva y no canónica de Salem’s Lot:

  • 1619. Un grupo de colonos franceses desembarca en el territorio que terminará siendo conocido como Salem’s Lot. Toda la población desaparece durante el primer invierno.
  • 1710. El predicador James Boon guía a los miembros de una secta escindida del puritanismo a la fundación del enclave que llevará por nombre Jerusalem’s Lot.
  • 1765. El pueblo se incorpora a la vecina Castle Rock constituyéndose en una única población.
  • 1789. Un descendiente de Boon, Philip Boone lleva a la aldea el libro De Vermis Mysteriis. Unos meses más tarde el lugar vuelve a ser abandonado.
  • 1850. Tras viajar a la zona para tomar posesión de la herencia de su antecesor Philip, el aristócrata Charles Boone descubre los restos de la ciudad, ahora aparentemente desierta. Según las cartas que se conservan de Charles Boon bajo el suelo de la Iglesia del pueblo habita la deidad Shudde M’ell que tiene forma de gusano gigante.
  • 1899. El aventurero Allan Quatermain y la agente de una primitiva versión del MI5 británico, Mina Harker, visitan la zona.
  • 1935. El grimorio De Vermis Mysteriis vuelve a aparecer en manos de Robert Blake en Providence (estado de Rhode Island), a menos de 400 kilómetros de Salem’s Lot.
  • 1939. Hubert Marsten asesina a su mujer Birdie Marsten en la casa familiar, la conocida Casa de los Marsten que, desde ese momento, adquiere fama de embrujada.
  • 1951. Un gran incendio está a punto de arrasar con todas las edificaciones del pueblo.
  • 1955. El niño Ben Mears se adentra en la Casa de los Marsten por una apuesta infantil.
  • 1971. James Robert Boon, descendiente bastardo del linaje Boone, recolecta las cartas de Charles y se traslada a vivir a la mansión familiar.
  • 1975. Ben Mears vuelve a Salem’s Lot y unas semanas más tarde vuelve a marcharse del lugar.
  • 1976. Otro incendio, que comienza prácticamente en el mismo lugar que el de 1951, asola de nuevo el pueblo.
  • 1977. Desaparece una familia en mitad de una ventisca al quedarse sin combustible en su coche. Nunca encuentran sus cuerpos. Los lugareños de los pueblos de alrededor se muestran reticentes a acercarse al lugar que se supone abandonado. Existe un cartel en un desvío como único recordatorio de la existencia del pueblo.
  • 1998. Un antiguo pastor reconvertido en feriante, Charles Jacobs, parece poseer uno de los pocos ejemplares que quedan en circulación de De Vermis Mysteriis y su uso parece estar relacionado con misteriosas curaciones de las personas que acuden a su espectáculo de feria.
  • 1992. el compositor Kurt Cobain nombra Salem’s Lot en uno de los temas que está componiendo para In utero, el siguiente disco de su banda Nirvana.
  • 2019. Salem’s Lot está completamente reconstruida y durante los factos del cuatrocientos aniversario de su ciudad hermana Castle Rock se producen de nuevo extraños incidentes relacionados con la Casa de los Marsten, que termina hundiéndose después de unas explosiones en los túneles que hay bajo el terreno.

Nota: aunque no coincide en el espacio ficticio marcado por Stephen King, la casa familiar de los Boone y la denominada Casa de los Marsten muestran una extraña tendencia a permitir que los cadáveres de las personas que acaban en su sótano o en el subsuelo de los terrenos vuelvan a la vida. Puesto que la Iglesia del lugar parece poseer propiedades parecidas podríamos inferir que la causa tenga más que ver con el terreno que con las edificaciones.

El canon de Salem’s Lot (el comienzo)

El canon de Salem’s Lot comienza con el relato Los misterios del gusano aparecido en la recopilación de cuentos de King El umbral de la noche. El texto, editado en inglés en 1976, se puede leer en España por primera vez en 1979, y está narrado con un estilo literario que homenajea de manera clara al Drácula de Bram Stroker, con una estructura en forma de entradas de diario y codas finales por parte de un narrador que contempla la historia como el desvarío de un loco. El cuento actúa a modo de precuela posterior a la edición de la novela El misterio de Salem’s y nos ofrece unas breves pinceladas de los antecedentes fundacionales de la ciudad maldita.

Los misterios del gusano es un inquietante juego de metaliteratura en el que King quiere rendir pleitesía al famoso Círculo Lovecraft, el grupo de escritores que, alrededor de Howar Philips Lovecraft, moldearon el ciclo de terror cósmico denominado Los Mitos de Cthulhu. Robert Bloch, el más joven de los miembros del círculo – y que años después alcanzaría la fama como autor de Psycho, la novela en la que se inspiró Alfred Hitchcock para su película Psicosis-, es creador intelectual de Los misterios del gusano o De Vermis Mysteriis. El grimorio aparece por primera vez en el relato de Bloch El vampiro estelar (The Shambler from the Stars, 1935). En su cuento King utiliza el libro como desencadenante de la locura en un pueblo dominado el cabecilla de un culto desviado, James Boom. Del conocido como De Vermis Mysteriis solamente existen cinco ejemplares catalogados y está escrito por un nigromante Ludwig Prinn, que tras participar en la Novena Cruzada y ser capturado por los árabes, es iniciado en cultos perversos durante su encierro. Será en Bruselas donde el abominable texto es redactado, conteniendo un compendio de prácticas heréticas como la de permitir el paso a través de dimensiones de una criatura invisible que se alimenta de sangre humana. Conectado con lo anterior está el relato de H.P. Lovecraft, El que acecha en la oscuridad (The Haunter of the Dark, 1935), último escrito por el autor de Providence en vida y que cuenta cómo el libro acaba convertido en libro sagrado para la denominada Secta de la sabiduría de las estrellas. Dos apuntes más antes de continuar: en su novela de 2014, Revival, Stephen King recupera el De Vermis Mysteriis y existe una tercera parte del ciclo del vampiro cósmico, de nuevo surgida de la pluma de Bloch, The Shadow from the Steeple (La sombra que huyó del chapitel). Como todas las historias relacionados con Lovecraft y su mitología, ha tenido en España varias traducciones, pero me quedaré con la incluida en Los Mitos De Cthulhu de la edición de Alianza Editorial de 1969 a cargo de Rafael Llopis.

Nota: durante la investigación para la redacción de esta entrada tuve que realizar un concienzuda búsqueda de algunos de los relatos en librerías de lance, sótanos mohoso y cajas llenas de humedad. La memoria es una biblioteca con los estantes muy frágiles y cuando estaba a punto de pagar una considerable suma en una web de libros antiguos por la traducción que me interesaba de The Shambler from the Stars descubrí que desde el año 1996 poseía un libro que la contenía, oculto en el fondo de una caja con restos de humedad, bajo ediciones mucho más cuidadas de obras de William Hope Hodgson y un ejemplar de El relato de Arthur Gordon Pym que no recordaba haber comprado nunca. No hay casualidades en esta historia.

El misterio de Salem´s Lot (la novela)

Un libro como El misterio de Salem’s Lot hay que leerlo en formato bolsillo, con las tapas tocadas y las hojas muy juntas, casi exhalando podredumbre. Mi edición es de segunda o tercera mano, costaba originalmente 875 pesetas y es la quinta edición de Plaza y Janés del año 1990. Stephen King publica esta, su segunda novela, en 1975 y en España ese mismo año la editorial barcelonesa Pomaire la lleva a los estantes de las librerías de todo el país. Es una novela larga, más de 500 páginas, y tiene el estilo característico de King: descripciones arrítmicas, terror cotidiano y esa manera de recordarnos que cualquier día ordinario es bueno para desatar al monstruo que se esconde en la esquina oscura de nuestro armario. El protagonista, un escritor con un pasado complejo -en esto se notan las costuras remendadas como narrador de King, comienza a darle un trasfondo, pero parece olvidarse a mitad de historia-, que vuelve a Salem’s Lot huyendo no se sabe muy bien de qué y con una relación traumática desde la infancia con la Casa de los Marsten. Esta casa, que será referente en la mitología particular del escritor, es una luz inversa, tenebrosa, que llama a todo lo malo que existe en el mundo. Uno puede pensar que Salem’s Lot son solamente vampiros, pero estará equivocado. Salem’s Lot es el mal puro, que infecta la tierra como los metales pesados, haciéndola estéril o solamente provechosa para las hierbas enfermas. Lo mejor de la novela es la aparente normalidad con la que el autor describe el progresivo deterioro social del pueblo, que parece no darse cuenta de cómo van desapareciendo sus habitantes, poniendo bajo el foco el endeble tejido que nos une como tribu. Mientras una comunidad va desangrándose -permítanme la broma- todos miran hacia otro lado o agarran lo que pueden y salen disparados con su coche con las primeras luces del día. Esa parte es la mejor construida, la más realista de la situación. Por un momento te hace pensar qué sucedería en un lugar de paso, un pueblo de dos mil habitantes, por el que pase una carretera nacional y que solamente se detenga algún turista despistado para reponer la gasolina del depósito. En la novela, la llegada del lacayo humano y el vampiro -que en el libro tiene porte humano y se acerca a los modos elegantes que alimentarán algunas narrativas de la siguiente década en el terror-, solamente provoca el interés de algunos cotillas del pueblo. Sorprenden, por otro lado, que en unas pocas páginas media docena de destacados miembros de la comunidad -profesor, médico, sacerdote y escritor famoso, entre otros-, asuman sin miedo a la locura, la infestación de los chupasangres. Es como tomar la Navaja de Occam y partirla por la mitad para fabricar estacas. El final es un comienzo, la huida del lugar el inicio del retorno. El imán de Salem’s Lot es poderoso. Deben leerla. Disfrutarán.

La historia de Salem’s Lot no hubiera pasado de ser una más entre las grandes novelas de Stephen King si no fuera por la icónica adaptación televisiva que se realizó en 1979. Dirigida por Tobe Hooper y protagonizada por un mito de la televisión de la época, David Soul, Ken ‘Hutch’ Hutchinson en la conocida serie Starsky & Hutch. Tobe Hooper había debutado con La matanza de Texas uno de los referentes del cine slasher que encontraría su máxima expresión (y degradación por sucesivas explotaciones y secuelas) en los ochenta. 14 000 dólares y una sierra eléctrica fueron suficientes para ponerlo al frente de la mucho más ambiciosa adaptación de la novela de King. El serial tiene una duración de más de tres horas, aunque en algunos pases y cortes para su venta/alquiler queda reducido a menos de 120 minutos. La estructura de exhibición suele ser en dos partes y algunos de los personajes que Stephen King desarrolla o le da mayor preponderancia en el texto, en la pantalla se amalgaman o tienen un peso mucho menor. ¿Ha envejecido mal la adaptación? Sigue siendo muy inquietante, las apariciones de los humanos convertidos en vampiros, envueltos en una niebla artificial heredera de las producciones de la Hammer, son todavía caldo de pesadillas para muchos de nosotros, sobre todo las protagonizadas por niños. James Mason en el papel de ayudante del vampiro original cumple a la perfección con su porte británico, ausente de cualquier sentimiento aparente y Reggie Nalder, actor de origen austriaco, es, en su caracterización del vampiro, el otro elemento de terror puro que ha quedado clavado en el inconsciente colectivo: al contrario del texto de King, donde el vampiro tiene apariencia humana y una inteligencia fruto de su experiencia vital de décadas, en la producción cinematográfica Nalder se asemeja mucho más en su personaje al interpretado por Max Schreck en el largo fundacional Nosferatu de 1922 de F.W. Murnau. Por cierto, antes de seguir, recomiendo el visionado de la película La sombra del vampiro de 2000 donde William Dafoe borda su papel como Max Schreck en otro ejercicio de metacine, sembrando la duda de si el actor que interpreta al vampiro es un actor del método o un monstruo sediento de sangre. En Salem’s Lot el mal flota, flotar es una referencia que se repite en otras obras de Stephen King como símbolo del mal y de las almas perdidas. El mordisco del vampiro se describe como una mezcla de dulzura pecaminosa y sensibilidad embriagada por adicciones desconocidas que debilitan hasta a los hombres de Dios, las traiciones dejan en un segundo lugar a la extensión de la enfermedad y el sur, donde el sol luce con más intensidad, es donde encuentran expiación los supervivientes. A menos que seas John Carpenter o veas Abierto hasta el amanecer, pero esas son otras historias.

No puedo saber si se pudo ver antes en España, pero el pase que dejó marcada a toda una generación y que me ha llevado a escribir esta entrada fue el que realizó en 1990 Antena 3. Eran sus primeros años de emisión y el serial se emitió dos domingos consecutivos en horario nocturno. A mí me mandaron a la cama. Años después, considero que la decisión que tomaron mis padres fue acertada aunque insuficiente para evitar inocular la obsesión en mí.

Una de las grandes curiosidades de la serie de Salem’s Lot en España es que, después de su éxito televisivo, se trató de seguir explotando el producto a través del alquiler en vídeo doméstico, pero por alguna razón que escapa al conocimiento de expertos consultados en la era analógica, en vez de presentarse en los estantes de los videoclubes de barrio por su nombre -o por la variante latinoamericana La noche del vampiro-, se etiquetó como Phantasma II. Y se quedaron tan anchos. Aquello era un equívoco hecho carátula de VHS: no tenía nada que ver con Phantasma, la película de Don Coscarelli estrenada en 1979 y que narraba la aparición de un inquietante hombre alto que controlaba bolas metálicas voladoras con afición por incrustarse en las cabezas de las personas y, por supuesto, no era la segunda parte de nada. Adjunto pruebas periciales de toda aquel desmadre delicioso que sirve para acrecentar la leyenda de Salem’s Lot.

En 1987 y aprovechando el tirón ochentero que tienen los vampiros gracias a películas como Noche de miedo o The Lost Boys llega la secuela de la película, Regreso a Salem’s Lot. El destrozo, que lleva la firma de Larry Cohen (que había dirigido una película sobre una serpiente voladora gigante en la que el protagonista es David Carradine, por ponerles en antecedentes), es absoluto. Cohen había sido el encargado de la adaptación original en los setenta pero el estudio al ver el despropósito en el que estaba convirtiendo la cinta lo apartaron del proyecto. La secuela es delirante: comienza como un remedo de Holocausto caníbal y terminar desembocando en una justificación antropológica del cazador vampiro que aburre y decepciona, tanto narrativa como técnicamente. ¿Lo mejor? El tráiler.

Tampoco se salva el remake de 2004 con Rob Lowe en el papel protagonista de escritor mortificado. Teníamos a Rutger Hauer, el replicante de Blade Runner con el monólogo más famoso de la historia de la ciencia ficción, tomando la capa del vampiro y con una apariencia mucho más cercana a la descrita por Stephen King en su texto original. También al cínico Donald Sutherland como fiel servidor humano en uno de esos papeles que parecen escritos para él. Pero no tiene el encanto de la serie de los setenta. Ni se le acerca. De todos modos, como noto en sus pupilas la devoción total por el terror sé que en cuanto termine de leer estas líneas buceará en las charqueras de la red hasta encontrar la segunda parte y el remake. No se preocupe, nos ha pasado a todos.

Salem´s Lot en otros medios

Existe un Kingverso, personajes, entidades malignas primordiales o benignas o lugares que se repiten, apareciendo en distintas novelas y relatos, siendo secundarios o simplemente nombrados, como guiños al lector fiel. Salem’s Lot es una presencia constante en este Kingverso: en Cementerio de Animales podemos encontrar:

Atrás quedaban la Salida 8 y el rótulo invitador del Holiday Inn. Apareció un nuevo indicador. Las letras fosforescentes parpadeaban en la oscuridad. PRÓXIMA SALIDA CARRETERA 12 CUMBERLAND CUMBERLAND CENTRO JERUSALEM’S LOT FALMOUTH FALMOUTH EXTRARRADIO. Jerusalem’s Lot —pensó Rachel distraídamente—, qué nombre tan raro. No sé por qué, no resulta agradable… Ven a dormir a Jerusalem.

 En IT Ben, uno de los protagonistas, superado por su pavor hacia los monstruos clásicos, encuentra al ente Pennywise transformado en el vampiro Barlow cuando visita la biblioteca de Derry. En Dolores Clairbone se habla de Salem’s Lot sin atreverse a nombrarla:

“The streets were so empty ti was spooky. It made me think of that little town down in the southern part of the state where they say no one lives”.

 En La Zona Muerta, el recorte en la mano:

Un personaje, el Padre Callahan, derrotado y maldito huyendo de Salem’s Lot, verá su historia prolongada a lo largo de casi tres décadas: no puede volver a pisar terreno santo tras ingerir la sangre del vampiro Barlow pero recupera la fe a lo largo de la mastodóntica saga de La Torre Nueva, en especial en la quinta entrega, Lobos del Calla que está narrada casi en su totalidad por él.

Fuera de las obras de Stephen King podemos encontrar guiños en distintos lugares: en la película de 1985, The Day of the Dead, tercera parte de la trilogía original sobre muertos vivientes -zombies- de George A. Romero, uno de los científicos encerrados en la base militar tiene atrapado a uno de los convertidos y trata de encontrar dentro de él el raciocinio de su vida anterior. Para ello le intenta animar a volver a la lectura usando un manoseado ejemplar de Salem´s Lot en edición de bolsillo que el zombie, de nombre Bud, manosea con expresión bovina. Un guiño genial de una de las mejores secuelas de la historia del terror. A George R. Romero le tenemos reservado una habitación del Motel, una grande, para que quepan todas sus hordas. Y también en los Simpsons, claro. ¿Quién no ha sido homenajeado en la serie de Homer y Cía? Cada temporada existe un capítulo monográfico cercanos a la noche de Halloween llamado La casa del terror donde se revisan en clave amarilla clásicos del miedo y la ciencia ficción. En el capítulo 86 de la quinta temporada, emitido en Estados Unidos el 28 de octubre de 1993, en su tercer segmento Bart Simpson’s Dracula, Bart se transforma en vampiro y recorre, flotando en la niebla, el vecindario de Springfield convirtiendo a todos sus amigos en un homenaje claro a la misma escena de la película de Salem’s lot

Y esa imagen, la del niño convertido tras una ventana, volverá a aparecer en otro momento de narrativa vampírica en los siguientes años: The strain, la trilogía -con su posterior adaptación televisiva posterior-, de novelas escritas por Guillermo del Toro junto a Chuck Hogan. Del Toro ya había jugado con colmillos en Blade II, la mejor de las secuelas, pero esos vampiros eran una mezcla del cuero negro de los Vengadores del UCM con los abrigos largos y gafas oscuras con las que dimos la bienvenida a la modernidad en Matrix. Pero Del Todo quería dar su visión del mito del vampiro como una plaga, quería enfermedad y parásitos, una peste que se extendía a través de Nueva York como una mancha incontrolable de platelmintos bajo la piel. Las tres novelas son majestuosas: Nocturna, Oscura y Eterna. La primera narra lo que se conoce como “la noche de la ruptura”, cuando todo empieza a ocurrir pero el mundo no es todavía plenamente consciente. Oscura, la mejor de las tres, es la pelea entre la mente fría y la locura social mientras los vampiros toman el control del mundo, llegando a un clímax fallido -aunque mucho menor que en la última temporada de la serie-, en Nocturna. Las dos primeras temporadas de The Strain son historia de la televisión en lo referente al género terrorífico. El segundo episodio de la segunda temporada titulado El Ángel de plata es un homenaje al cine de luchadores mexicanos e incluye un breve corto a modo de metaficción dirigido por el propio Guillermo del Toro con Santiago Segura haciendo de científico loco contra el El Ángel de Plata -sosías de El Santo-. Pero el homenaje mayor es en el final del primer capítulo de la producción y es a la película de Salem’s Lot: una niña golpea la puerta trasera de cristal de un unifamiliar típicamente norteamericano y su padre, que la creía muerta, le abre y la abraza, con el rostro cubierto de lágrimas, dejando su cuello expuesto.

En Motel Margot siempre tenemos tiempo para bandas sonoras: una mixtape de tres canciones, un clásico: Vampire blues de Neil Young extraída de su LP On the beach, por la curiosa combinación de playa y Neil Young como un vampiro que bebe sangre de la misma tierra. Otro que es parte de un disco para la historia, el tema Serve de servants con el que se abre In utero de Nirvana, donde Kurt Cobain canta: “If she floats then she is not /A witch like we had thought /A down payment on another/ One at Salem’s lot” unos versos que son referencias a las escenas de ventanas nublosas donde los familiares vuelven y piden que abras la puerta, porque al final el amor mata y te convierte en uno más en Salem’s Lot. Y, la mejor de todas, Salem’s Lot de Sr Chinarro. Antonio Luque graba “la primera ópera envasada al vacío” en 2001 para el sello Acuarela. Siete temas donde hay golosinas baratas, metáforas sobre pelucas y planchas, algas en el albufera y sandías para calmar la sed. Nunca sabremos si “Salem´s Lot”, con la que se abre el disco es una broma privada y psicótica, como otras muchas de aquella época, pero si uno se esfuerza en escuchar la letra la atmósfera de la serie vuelve a nuestras vidas: Si como una hermana muerta,/Vienes a ajustar las cuentas/Trucaré el telefonillo,/No te conviene si te pillo. Si vuelves a mí como vampiro y quieres que me una a ti, no te escucharé, no abriré la puerta. Un juego de seducción, de maldición familiar, con esa rúbrica de tenebrismo que ofrece la portada del disco desde el principio. Sr..Chinarro venía de editar en 1997 El porqué de mis peinados y al año siguiente publicar Noséqué-nosécuántos y el EP de cuatro temas La pena máxima. Tenía tres artefactos sonoros que convertían su pasado en historia. Salem’s lot es una anécdota para la época más genial de uno de los tipos más fascinantes de nuestra música.

Salem’s Lot no vive de los recuerdos. Está siempre presente: la segunda serie de The League of Extraordinary Gentlemen escrita por el británico Alan Moore y dibujada por Kevin O’Neill incluía en sus contraportadas El nuevo almanaque del viajero, una especie de guía por los cincos continentes a través de ciudades y pueblos, de islas, penínsulas y localizaciones surgidas de las mentes de algunos de los más importantes creadores de folklore popular. Este almanaque tenía una parada en los Estados Unidos y la referencia a un lugar de pesadilla como Salem’s Lot era inevitable:

Nos habló de una temida propiedad cerca de Maine cuyo dueño era una terrible traficante de munición llamado (creo) Belasco, de la maligna reputación que ha adquirido una zona que rodea la ciudad de Jerusalem’s Lot, e incluso consiguió que un pueblecito de nombre tan cuco como Eastwick nos pareciera alarmante.

Eastwick, por cierto, es un guiño a la película de 1987, con un elenco encabezado por Jack Nicholson, Cher, Michelle Pfeiffer y Susan Sarandon, Las brujas de Eastwick y la ciudad, como no podía ser de otra manera, está situada en Nueva Inglaterra, en las proximidades de Maine, lugar donde se ambienta toda la obra de Stephen King, incluyendo Salem’s Lot.

Salem’s Lot reaparece en la primera temporada de Castle Rock, una serie producida por JJ. Abrams que quiere ser un homenaje a los personajes y las situaciones escritas por Stephen King a lo largo de su carrera. Una idea llena de buenas intenciones pero que termina siendo un batiburrillo de difícil digestión: en el octavo capítulo de la primera temporada uno de los protagonistas hace una parada en Salem’s Lot en su viaje en autobús camino de Castle Rock y la segunda temporada ya transcurre por completo allí. No podemos concretar si existe una continuidad cronológica con el canon propuesto por Stephen King en sus tres narraciones relacionadas directamente con el lugar, pero sí que vuelve a aparecer la La casa de los Marsten como centro neurálgico del mal y se retoma el origen de la oscuridad a través del subsuelo como propuso Stephen King en Los misterios del gusano, además de ofrecer unas pinceladas no del todo contundentes sobre el nombre original del lugar -Jerusalem Lot o Nueva Jerusalem- y el asentamiento de población orinal en las primeras décadas del S. XVII, por unos colonos franceses que pueden emparentarse con la desaparecida población que fundaría la definitiva Salem’s Lot en 1710 a través de la escisión de una secta de la fe puritana dirigida por James Boom. Uno puede calcular cien años de diferencia pero esto es narrativa de terror y Stephen King deja hacer con su obra lo que sea por dinero.

Y estamos llegando al final. El final por ahora, porque antes de la aparición del COVID en el mundo había noticias de una nueva versión para cine de Salem’s Lot siguiendo la exitosa estela del remake de IT. Producida por James Wan y adaptando la novela para el guión Gary Dauberman. En la red la primera noticia aparecía en abril de 2019 antes del comienzo de la distopía y la siguiente, justo un año después, daba a entender que Dauberman, que había dirigido una de las películas derivadas del Universo Warren iba a ponerse tras las cámaras. Será difícil mejorar la versión setentera pero igual que sabemos que el ajo y el agua bendita funcionan también estamos seguro que peregrinaremos a las salas de cine a por esta nueva dosis de la historia de Salem’s Lot. Si sigue habiendo cines para entonces, claro.

Podría haber terminado con la frase final del último párrafo. Podría haber hecho un cierre cronológico en este recorrido por la historia maldita de Salem’s Lot, emparentada con la maldad, el pecado, la culpa y todas aquellas variaciones sobre lo más inmundo y atractivo que nos rodea. Pero hubiera sido demasiado científico y en el Motel Margot nos gusta, seguimos al genial Arthur C. Clarke y su vieja máxima de que cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Stephen King escribió tres historias sobre Salem’s Lot. Tres historias que componen, como he comentado antes, el canon del lugar. Lo curioso es que la tercera, una secuela titulada Una para el camino, aparece incluida en la antología En el umbral de la noche que se abría con precuela Los misterios del gusano. Parece claro que Stephen King quiso expandir la mitología del lugar y dejar un final muy abierto a la historia de su novela. El relato es puro King, cómo en lo cotidiano puede surgir el terror más puro, pero la parte literaria está más lograda de lo habitual: los habitantes de los pueblos vecinos saben de la maldad que existe desde hace años en Salem’s Lot, pero viven de espaldas a ella porque, en realidad, no puede huir tan fácilmente de sus vidas, no pueden coger a su familia y llevársela lejos, empezar una vida a miles de kilómetros del lugar donde nacieron o, incluso, donde nacieron sus propios padres y abuelos. Esa dualidad, esa manera de convivir con lo sobrenatural como si fuera simplemente algo a lo que si no te acercas acaba convirtiéndose en invisible en tu vida diaria, es lo que más impresiona del relato. La anécdota, inevitable, que hace que algunos parroquianos vuelvan a adentrarse en el pueblo maldito es la excusa para poner en situación el antes y el después de una comunidad que mantiene sus asuntos alejados de allí y evitan cruzar su mirada con el mal puro. Sobre todo si es de noche.

Y aquí sí terminamos. Por ahora o para siempre. El tiempo es relativo cuando uno flota o tiene que dedicar un rato cada atardecer a afilar las estacas o sus dientes. Espero haberles asustado.

PD. Gracias Juan G.