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"Lo que tenemos que hacer es montar un bar. Y si no funciona, lo abrimos". Viejo adagio periodístico

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Supermujeres

Aún están dormidos cuando sales de casa. En el mejor de los casos los llevas tú al colegio, y para cuando llegas al trabajo la sensación es de que ya has corrido media maratón. En el peor, es la canguro quien se ocupa de ellos. En cualquier caso, si además vives en una gran ciudad y los atascos forman parte de tu vida, ni la cafeína de la máquina entera de vending de la oficina -la que dispensa ese café que sacude tus intestinos mejorando los efectos de cualquier yogur ‘regulador’– consigue arrancarte de la mente la imagen de una cama XXXXL.

En el mejor de los casos eres jefa (con peor sueldo que tu homólogo varón, claro). Así que en el trabajo haces, deshaces, organizas y asumes las consecuencias. En el peor de los casos, haces, deshaces, organizas y asumes las consecuencias, pero tu sueldo está a años luz del de cualquier jefe (varón).

Si algo pasa en el cole, tu teléfono es el que suena, estés en una reunión o en una comida de trabajo. Tal vez es en esa reunión cuando caes en la cuenta de que no hay nada para cenar; en el mejor de los casos, es posible que tu horario te permita hacer la compra. En el peor recurrirás a ese típico plato de la dieta mediterránea que cae sobre tu mesa tras hacer una llamada telefónica: la pizza.

Aprovechas cuando vas al baño, entre reunión y reunión, para hablar con la canguro, que te ha dejado 15 llamadas perdidas. Y aprovechas también esos tres minutos de soledad para sentirte culpable un rato: “¡Qué poco veo a los niños! ¿Me lo tendrán en cuenta cuando crezcan? ¿Cómo era aquello de la calidad y la cantidad del tiempo que pasas con ellos?…”. Y en medio de tanta reflexión… “¡¡Mierda!!” (sí, gritado en ese sitio tan oportuno): ¡La pequeña tiene que ir mañana disfrazada de pez beta y se te había olvidado por completo! Tranquila, no hay problema, seguro que tu marido/pareja se ha acordado… ¿Seguro?

En el mejor de los casos tienes un smartphone con geolocalizador que te ayuda a buscar tiendas de chinos en cinco kilómetros a la redonda. En el peor de los casos, prescindirás de tu hora de comer para ir a la caza del disfraz (que casualmente es el más demandado de la temporada y estará agotado allá donde preguntes).

Claro que las buenas madres hacen los disfraces a mano, con un retal de aquí, otro de allá y con esos maravillosos papeles de charol y celofán que venden en las papelerías y que tú no has vuelto a ver desde que tenías clase de Pretecnología, allá por el Paleolítico medio (cuando, por cierto, tu madre te cosía los disfraces con primor).

Flagélate, sí, porque tu madre te va a mandar al carajo si le pides que te cosa el disfraz… Y eso significa que esta noche te toca trabajo manual si, con suerte, encuentras todos los materiales para el j***** disfraz. Flagélate también por ser, de nuevo, tan mala madre, por acordarte de la familia del profesor que ha imaginado una preciosa clase de retoños peces beta nadando a sus anchas por el acuario escolar, y no olvides flagelarte por ser tan egoísta y por no pensar en lo feliz que va a estar tu niña cuando se levante por la mañana y vea el precioso disfraz que le ha hecho su mamá.

Pero eso será mañana. Ahora toca recoger a los peques del cole, si es que tienes la suerte de poder hacerlo; haces la compra mientras ellos trepan por el carro a lo Indiana Jones, y en cuanto llegas a casa los pones a hacer los deberes mientras preparas la cena. Te suena el teléfono diez veces: tu madre, tu suegra, la oficina… Con una mano en la sartén y tu tortícolis amarrando el aparato consigues mantener media conversación mientras tu hijo mayor reclama tu ayuda con sus deberes, la vecina del quinto llama al timbre y tu pequeña aprovecha tan entretenido momento para convertir el brazo del sofá en un caballo de carreras y está a punto de abrirse la cabeza con la mesa de centro. Con suerte, tu pareja está ya en casa y se ocupa bien de la jinete, bien de la cena, bien de los deberes; incluso, en el mejor de los casos, baña a los niños y, ya el colmo de la fortuna, ¡¡les corta las uñas!! En el peor de los casos, estás divorciada, eres soltera o tu pareja es de las que cruzan la puerta justo cuando los niños han dado su primer ronquido, y además la canguro tiene hoy el día libre, así que te comes el marrón tú solita, y sin patatas. Porque, tras un día como este, ¿a alguien le queda humor para cenar?

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Este texto no es más que una caricatura de ese día a día que vivimos muchas mujeres-madres-trabajadoras. Aparte de denunciar esa ‘soledad’ en la que a veces nos ahogamos muchas madres, este post no pretende más que arrancar una sonrisa a quien lo lea. Porque, aunque no lo parezca, el post solo relata “el mejor de los casos”: “el peor de los casos” no está contenido en ninguna de las frases.

En el peor de los casos, en el peor de verdad, tu hijo tiene un problema que le impide ser un niño como los demás. A partir de ese momento, tu vida orbita, aún más si cabe -y siempre cabe-, en torno a ese pequeño que tanto te necesita, y el resto pasa a un plano secundario. Las mamás de estos niños pasan a diario por todo lo que describo más arriba, y por mucho más. Por eso les dedico este texto especialmente a ellas, a esas supermujeres como Madre reciente, las mamás de Guillermo Ortolá y de Teresa y tantas otras cuya generosidad y entrega son un ejemplo de superación para el resto.

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