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Tampoco Breton Woods es una marca de Whisky. Porque el periodismo internacional no es solo cosa de hombres, ocho mujeres ofrecen un punto de vista diferente sobre lo que pasa en el mundo.

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Citizenfour: el testimonio de una de las mayores filtraciones de la historia

Si alguien se sentara a ver Citizenfour –documental de Laura Poitras sobre la filtración de Edward Snowden que se estrena hoy en España- sin saber de qué trata se levantaría de la silla pensando que ha visto una magnífica película de ciencia ficción. Lo que pasa en realidad es que tardas en levantarte porque cuesta creer que no, que no es una película de ciencia ficción, que es un documental y que tú, de algún modo, formas parte de él.

Citizenfour da a los espectadores la oportunidad única de compartir habitación con la cineasta Laura Poitras y los periodistas del The Guardian Glenn Greenwald y Ewen McAskill, cuando estos se reúnen con Edward Snowden en el hotel The Mira, en Hong Kong, en junio de 2013. Muestra, pocos minutos después del primer encuentro entre los periodistas y el exanalista de la CIA y extrabajador de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), las primeras conversaciones tras meses de mantener correspondencia. De hecho, Citizenfour es el pseudónimo que elige Snowden cuando se pone en contacto con Poitras en enero de 2013 a través del correo electrónico usando un sistema de criptografía (PGP) que la documentalista ya usaba. Y es que esta estadounidense afincada en Berlín está en el punto de mira de las autoridades de su país desde que filmó My country, my country y The Oath, dos trabajos sobre la guerra contra el terrorismo, el post 11-S.

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El amargo ‘final’ de la guerra en Afganistán

Obama visita en Noviembre a las tropas desplegadas en Afganistán. EFE/Archivo

Obama visita en Noviembre a las tropas desplegadas en Afganistán. (EFE/Archivo)

“Creo que los americanos hemos aprendido que es más difícil terminar guerras que empezarlas. Aunque es así como terminas las guerras del siglo XXI –no con ceremonias de firmas o acuerdos sino con golpes decisivos contra los adversarios, transiciones a gobiernos que han sido elegidos, fuerzas de seguridad que tomarán el timón y serán las responsables.”

Esta es una parte del discurso que hizo Obama tras visitar Afganistán en la primavera del año pasado. En algo tenía razón el presidente. Recientemente parte de las tropas norteamericanas volvieron a casa, justo para el año nuevo, para quedarse. La otra sigue en el país operando con la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), junto a otros ejércitos internacionales. La sensación, sin embargo, no era la del fin de una guerra, ni la de una victoria, no hubo grandes celebraciones.

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Ese naranja butano que pesa sobre Obama

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Activistas de Amnistía Internacional piden el cierre de Guantánamo. Amnesty International USA

Pesa sobre él, sobre el país. Pesa como una losa. La prisión de Guantánamo es la piedra en el zapato de Obama y también de Estados Unidos. Cuando relevó a George Bush como presidente Obama heredó la guerra contra el terrorismo iniciada a raíz de los atentados del 11-S en 2001. Guantánamo pretendía ser eso: el símbolo de la guerra contra Al Qaeda, la fuerza de un país medida en rejas, el miedo encerrado entre paredes frías.

Lo sería costara la que costara, literalmente. Según calculan abogados a favor del cierre del centro de detención, mantenerlo abierto cuesta ni más ni menos que 2,7 millones de dólares (cerca de 2 millones de euros) al año por cada preso. Para Bush el precio más alto ya se había pagado. Así, el 11 de enero de 2002 los primeros detenidos empezaron a llegar a Guantánamo. Las imágenes dieron la vuelta al mundo, era una demostración de poder.

Desde entonces, un máximo de 779 personas han estado en el centro de detención durante varios años. Ahora sólo quedan 155 presos, la mayoría de ellos provenientes del Yemen. Del total de 779 presos que han llegado a ver con sus propios ojos algo de lo que poco se sabe, sólo siete han sido condenados y sentenciados. ¡Siete! Otros nueve murieron en el centro y 615 han sido transferidos a países como Afganistán, Arabia Saudita o Pakistán (en la mayoría de casos, sus países de origen).

En los últimos doce años centenares de presos han llegado a la bahía de Cuba sin saber cuándo saldrían. Bush no quiso que su condición fuera de “prisioneros de guerra” así que el 7 de febrero de 2002 se determinó que los detenidos serían “enemigos combatientes en la guerra contra el terrorismo”. De este modo, quedaban fuera de la protección de las convenciones de Ginebra.

Con la llegada de Obama parecía que la suerte de esos presos iba a cambiar. En 2009 el presidente ordenó el cierre de Guantánamo en un año, una de sus principales promesas electorales. “Pretendemos ganar esta pelea. Vamos a ganarla en nuestros términos” dijo Obama tras firmar los decretos. Su decisión permitió a muchos acusarle de blando en la guerra contra el terrorismo. Pero su inacción ha sido mucho peor, empezando por la huelga de hambre que iniciaron un buen número de presos, siendo alimentados de manera forzosa.

La Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Navi Pillay, que fue de las primeras en recibir con una sonrisa la noticia del cierre del centro de detención, denunció en 2012 que “las instalaciones sigue existiendo y hay individuos que siguen detenidos de manera arbitraria e indefinida”. Estamos ya en 2014 y sigue igual. El tiempo corre y con él la indignación y la vergüenza del país aumenta. Guantánamo fue un error que debe enmendarse y terminar. Los informes sobre métodos de tortura para llevar a cabo interrogaciones, el limbo legal, los papeles de Wikileaks. Ese color naranja butano que visten los prisioneros ha quedado en nuestra memoria. Irak, Afganistán. Es el turno de Guantánamo.

BLANCA BLAY

@Blancablay

blanca.blay@gmail.com