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"El hombre es el único animal que come sin tener hambre, que bebe sin tener sed, y que habla sin tener nada que decir". Mark Twain

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Millares de millones de euros: coste anual de la obesidad para el erario público

Dinero medicinaLas cifras marean. Este estudio realizado en el Reino Unido pone de relieve que el sobrepeso y la obesidad son, entre las enfermedades no transmisibles y dependientes del estilo de vida, de las situaciones patológicas que más impacto económico tienen sobre la sanidad pública. Más en concreto son 6.430 millones de euros los destinados anualmente al tratamiento del sobrepeso y la obesidad en aquel país, frente a los 4.150 millones de euros/año destinados al tabaquismo, la misma cifra aproximada dedicada al tratamiento del alcoholismo, o los 1.130 millones de euros/año destinados a la enfermedades derivadas de una escasa actividad física.

Además, como sabes una buena parte de estas situaciones están relacionadas de forma bastante estrecha: el padecer obesidad o sobrepeso está relacionado con practicar poca actividad física y con tener una dieta deficiente. De hecho, este último concepto, las consecuencias negativas de seguir una “mala dieta”, implica un gasto aun mayor que el de la obesidad y el del sobrepeso considerados de forma aislada: 7.130 millones de euros al año es la cantidad que destina la sanidad británica a hacer frente a los problemas derivados de “comer mal”.

¿Y en España, cuánto cuesta la obesidad a las arcas públicas?

Según datos aportados por la desaparecida Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) hoy AECOSAN, en España y en 2012 el 7% del gasto sanitario anual estuvo relacionado con el tratamiento del sobrepeso y la obesidad. Un valor relativo que en cifras absolutas arroja la friolera de 5.000 millones de euros al año. Unos números muy similares a los del Reino Unido teniendo en cuenta la diferente población de ambos países (unos 64 millones de habitantes en UK frente a los cerca de 47 millones de españoles). Además hay que tener en cuenta que tanto en uno como en otro país estamos a partir un piñón, es decir, en los puestos de cabeza europeos, al respecto de la incidencia de la obesidad entre sus ciudadanos.

Con estas cifras, de verdad que no sé cómo las administraciones sanitarias, así, a título general, o los ciudadanos en el particular no se ponen las pilas de una forma más efectiva y distinta en relación a lo que hasta ahora se ha hecho o hace. A este paso, con la obesidad aumentando día a día (y sus comorbilidades asociadas), con el tema de las pensiones, con la edad media de una población cada vez más envejecida y con todos los datos relativos a la economía que me imagino conoces, de verdad que no sé cómo vamos a acabar. Bueno, sí: mal. Acabaremos mal.

La solución: la seria implicación personal

Cada vez estoy más convencido que el abordaje de este importante problema ha de hacerse desde la implicación personal, reconociendo que si bien el entorno obesogénico que nos rodea no ayuda nada a la hora de aportar soluciones (al contrario, solo sirve para agravar más el problema en una espiral que parece no tener fin) al mismo tiempo, también ofrece las herramientas, si uno quiere usarlas, para hacer mejor las cosas. Pero hay dos elementos que lo dificultan… uno es la falta de cultura general; y el otro la, en principio, falta de recursos para ponerse manos a la obra. La primera se pone de manifiesto cada día cuando por ejemplo se observa que es en las clases más desfavorecidas, desde un punto socioeconómico y cultural, en las que con mayor saña parecen cebarse las cuestiones del sobrepeso y la obesidad. En cuanto a la segunda, estoy firmemente convencido que el alejamiento de los fogones y el inversamente proporcional acercamiento a las pantallas de plasma (por citar un ejemplo paradigmático) tiene mucho que ver. Estamos perdiendo con pasos de gigante una cultura, la culinaria, en la que el uso de alimentos “originales” es cada vez más infrecuente y es sustituido por otras soluciones… la telecomida, los platos preparados, las infinitas opciones de una industria alimentaria “sensibilizada” con el problema, etcétera que, en definitiva, no hecen sino arrojar más leña al fuego.

A fin de ser positivo, merece la pena tener en cuenta que la solución, no sin cierto esfuerzo (en cuanto a lo que a la implicación se refiere) está en nuestras manos. Nuestro entorno ayuda más bien poco, eso es cierto, pero es preciso considerar que hay mejores opciones que las que habitualmente se nos meten por los ojos o los oídos a partir de la publicidad.

Hay opciones, apunto; solo hay que “molestarse” en implementarlas.

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Imagen:  Baitong333 vía freedigitalphotos.net

Ahora sí que sí: ¿cuánto dinero más supone llevar una dieta saludable?

africa vía freedigitalphotos.net

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Este es un tema recurrente en el blog, y con los tiempos que corren, además, importante.

Entre los profesionales de la salud es habitual comentar que el seguir una dieta saludable es más caro que seguir un estilo de alimentación… a la buena de Dios (por decir algo). Sin embargo, hasta la fecha no contábamos con datos concretos. Hasta ahora.

Recientemente se ha publicado un estudio que precisamente pone estas cuestiones en tela de juicio y ha valorado las diferencias económicas entre seguir una dieta más o menos saludable y otra que no lo sea. Se publicó a principios de diciembre en la prestigiosa British Medical Journal con el elocuente título Do healthier foods and diet patterns cost more than less healthy options? A systematic review and meta-analysis (¿Son los alimentos y las dietas saludables más costosas que aquellas opciones menos saludables? Revisión sistemática y metaanalísis). Sus resultados son elocuentes y, porqué no decirlo, preocupantes. Elaborado en el marco de la Escuela de Salud Pública de Harvard y capitaneado por Dariush Mozaffarian, todo un referente en estas cuestiones, ha llegado a los siguientes resultados y conclusiones:

Las dietas saludables son cerca de 1,1 €/día más costosas que aquellas menos saludables. Para obtener estos resultados se compararon los precios de los alimentos y aquellos estilos dietéticos más “saludables” frente a aquellos menos saludables.

En este estudio se consideraron como “saludables” aquellos patrones dietéticos que estaban caracterizados por la presencia de frutas, verduras, pescado y frutos secos, frente a aquellas con una especial presencia de de alimentos procesados, carnes y derivados y alimentos elaborados con cereales refinados.

El gran problema, apuntan los autores de este estudio, podría resumirse en que las dietas no saludables cuestan menos porque las políticas alimentarias se han centrado en la producción de “bajo costo y alto volumen” de productos básicos, lo que ha llevado a “una compleja red de capacidades agrícolas, almacenamiento, transporte, procesamiento, fabricación y comercialización en la que se favorecen las ventas de productos alimenticios altamente procesados con fines de lucro“.

Como posible solución los autores opian que la creación de una infraestructura similar que apoyara la producción de alimentos saludables podría ayudar a aumentar la disponibilidad y reducir los precios de las dietas más recomendables.

Dariush Mozaffarian sostiene que

Aunque las dietas más saludables cuesten más, la diferencia con las menos saludables no son tan grandes como se asume de forma general.

Bueno, eso es lo que él considera porque 1,1€/día de más por persona implica más de 400 € de más cada año por persona lo que, sin lugar a dudas, supone un exceso difícil de asumir por muchas familias. Imaginemos una familia de 4 miembros… 1.600€ de más el seguir una dieta saludable que otra que no lo sea tanto… eso es difícil de asumir. Sin embargo, los investigadores creen que esta diferencia de precios es muy pequeña en comparación con los costos económicos de las enfermedades crónicas relacionadas con la dieta, que se reducirían dramáticamente si se siguiera una alimentación más saludable. Y en eso, que queréis que os diga, creo que tiene buena parte de razón, o de intuición.

En esta entrada del muy recomendable blog ¡A tu salud! de Joan Quiles (@JoanQuiles) tienes consejos prácticos para reducir costes a la hora de planificar una cesta de la compra más saludable.

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Otras entradas relacionadas con este tema en el blog son:

Comer mal es casi gratis y educar mal, muy barato

Ya he comentado en varias ocasiones que cuando hay más dificultades económicas se suele comer peor. Con peor me refiero a mal, no a menos. ¿Quieres pruebas?

De un aire me quedé el otro día cuando entré en un supermercado y, a la entrada, había una mesa con diversos productos de bollería industrial al precio de 1 euro. Por este precio, y en diversos formatos, se podía adquirir 4 unidades de una amplia gama de bollería industrial que iba desde los conocidos bollos con agujero a napolitanas, palmeras, etcétera, todo ello con o sin chocolate.

Bollería industrial

El mostrador estaba puesto a la entrada al lado de las cajas para pagar y no es que resultara difícil no ver los bollos, es que había que tener una cintura entrenada para poder esquivar y salvar el consabido mostrador. A ver… 0,25€ por un bollo de tamaño considerable es un precio de risa con lo que nada o casi nada puede competir. Así, no es de extrañar que una familia en apuros termine por recurrir con mayor facilidad a este tipo de soluciones tan baratas y tan poco recomendables. Al final un bocata de jamón además de más caro termina siendo más “incómodo” de preparar… y quien dice esto, dice una fruta, un lácteo… Por no hablar de lo bien que “que te merienda” un niño cuando le das estas “delicias” de supermercado y de los contentos que se quedan algunos padres (= mamás y papás, ambos)

Así pues, en las decisiones que terminan por hacernos escoger los alimentos intervienen muchísimos factores y qué duda cabe que los económicos tienen un peso importante… y que jugar en el segmento que juegan los dónuts es prácticamente imposible. Y quien dice la bollería industrial dice las grandes empresas de comida basura rápida, entre otros. Pero hay otro elemento importante, que es la educación y las presiones del medio para que nos “eduquemos” en una realidad y no en otra. Me explico.

El otro día un padre muy sensible con estas cuestiones de cómo comen nuestros hijos y sobre cómo se les educa me mandó uno de los ejercicios de discriminación visual y de mates que tenía que hacer su hijo como deberes en casa. Estoy hablando de un niño de seis años al que se le pide en un ejercicio que rodee un número concreto de elementos iguales entre un conjunto de diferentes elementos… y resulta que el conjunto de elementos diferentes está formado única y exclusivamete por alimentos pertenecientes al “grupo” de la comida basura o más llanamente por hamburguesas, patatas fritas y helados. Y no es solo eso, sino que el niño, ¡llegó a preguntar: “papá, ¿porqué todo es de McDonalds”!

Ejercicio basura

 

Mira que en la editorial podían haber escogido, melones, mandarinas y manzanas; o coches, motos y trenes, o pantalones, camisetas y faldas, o guantes, sombreros y paraguas… pero no, hamburguesas, patatas fritas y helados, ¡olé!

Quizá haya a quien le parezca una tontería pero se trata de una publicidad subliminal, que muy posiblemente se haya hecho sin darse cuenta, pero no me vale. Cuando se está educando hay que darse cuenta de estas cosas. Y así debió opinar el papá, que terminó llamando a la editorial en cuestión y, de buenas formas les expuso su parecer. Y también de buenas formas le contestaron que, sinceramente, no habían reparado en ello y que tenía razón, que normalmente se preocupan por cuestiones que puedan afectar a una discriminación sexual o religiosa, pero no alimentaria y que, pásmate, el tema de los dibujos de la comida basura lo eliminarían en la próxima edición.

Esto sí que se merece un gran “olé” por Rubén Álvarez Llovera el biólogo y papá de Alberto (el niño de 6 años) que es quien me trasladó el tema. “Olé” porque las cosas cambian en la medida que nosotros hacemos que cambien. Y este es un buen ejemplo. Aunque las cosas no estén nada fáciles… o precisamente por eso, porque es entonces cuando más falta hace.

 

¿A cuánto está el kilo de billete en este avión?

Obesidad en avión_Davezilla was takenLa posibilidad llevaba planeando (nunca mejor dicho) desde hace tiempo en el mundo de las aerolíneas. El hecho de que el precio del billete de avión dependa del peso del usuario es una medida que se viene barajando o sugiriendo de tiempo en tiempo por algunas compañías aéreas. Muchas veces con bastante cachondeo, sin ir más lejos aquí tienes una estrategia publicitaria sobre una aerolínea falsa cuyo principal alegación consistía en anunciar que establecería el precio del billete en base al peso del viajero (todo terminó por ser sólo una artimaña publicitaria con el fin de hacer ver el posible gancho de un medio de comunicación para futuros anunciantes). O esta otra, una inocentada por parte Ryanair en la que la compañía obligaría a que el personal de cabina adelgazara con el fin de ahorrar combustible, entre otras medidas como la de poner menos hielos en las bebidas que se sirvan frías, etc.

Pero todo llega y lo que ayer era una broma o una publicidad más o menos falta de escrúpulos hoy se hace realidad. Finalmente la aerolínea SamoaAir ha puesto en práctica esta medida: El precio del billete oscilará en virtud de la tara del viajero, entendiendo esta como la suma de su peso corporal más el de su equipaje.

La cuestión tiene sus claroscuros. Por un lado está la discriminación que se hace en virtud de las características personales de cada uno y eso no es bonito, a mí al menos no me gusta u observo estas medidas con una cierta aprensión.

Pero sin embargo, por otro, no me digas que no parecen injustas algunas las actuales políticas de las aerolíneas con respecto al “peso”. Me explico y te pongo un par de ejemplos. Tradicionalmente por el precio del billete uno puede facturar equis kilos de peso, y si se pasa, se paga más. Resulta que mi peso es de 74 kilos y el de mi querida esposa 60 (pongo lo de querida porque es verdad… ¡ah! y porque me lee) y sin embargo la cantidad de kilos que tenemos derecho a facturar en el equipaje es el mismo… ¿no sería más justo que a mi santa le permitieran facturar por el mismo precio 14 kilos más que a mí (o a mí 14 menos)? Y eso teniendo en cuenta que la diferencia no es excesivamente grande, las hay mucho mayores. Por ejemplo, en nuestro último viaje en avión vimos a un… un… (sinceramente no sabría como denominarlo) digamos que a un angelito que pesaría no menos de 200 kilos, grande en todas sus dimensiones, que ocupaba, como podía e incrustado en su asiento, una única plaza. ¿Pagaría este hombre el mismo precio que nosotros suponiendo que lo hubiéramos contratado por el mismo medio? Supongo que sí. Así que, teniendo en cuenta que la diferencia media de peso con el resto de pasajeros rondaría los 140 kilos no deja de ser una situación sorprendente. Al final, según este argumento parece razonable que el precio del billete dependa de la masa total que el usuario aporta al avión con independencia que sea de su propio peso o de equipaje.

Además, sobre la actualidad de Samoa Air hay un elemento para la reflexión, se trata de que precisamente Samoa está en una de las regiones, en realidad toda la zona de la micronesia, con mayor tasa de obesidad del planeta ¿será casualidad? Para que te hagas una idea Samoa ocupa el sexto lugar entre los países con mayor IMC medio tanto para hombres como para mujeres. Por delante de Samoa se encuentran países de su misma zona como Nauru (¿te suena? debería), Islas Cook, Tonga, Niuie y en el caso de los varones, también Estados Unidos.

Me temo que algún día, y no es una broma, los remedios adelgazantes exprés tipo dietas milagro y similares terminen por usar el argumento de “Pierda peso con la Dieta-Jet y ahorre en sus billetes de avión”. Tiempo al tiempo. Otro aspecto negativo es que la medida termine por extenderse y además de abarcar a todas las compañías aéreas empiecen a sumarse los trenes, autobuses, transportes públicos… ¿Te imaginas el precio del taxi en virtud del peso que has dado al sentarte? (no sé que opinará de esto mi compañero en el blog “Ni libre ni ocupado” Daniel Díaz)

El lado positivo podría buscarse en que así es probable que la gente que se va de vacaciones en avión se controle más durante este periodo (momento típico del año en el que más kilos se ganan) viendo que si engorda durante las mismas, el billete de vuelta se incremente de forma sensible con respecto al de la ida.

El debate está abierto.

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Foto: Davezilla was taken

PD: Tengo que agradecer a diversos compañer@s de las redes sociales el que me hicieran llegar esta noticia, en especial a @Meryweri  y a Laura Saavedra

 

Pisar la manguera, palos en las ruedas y otras puñetas nutricionales

Asombrado y cabreado me han dejado hoy viernes 3 de agosto (cuando escribo estas líneas) tres recientes noticias que implican cuestiones nutricionales de fondo. Cuestiones nutricionales como digo y también económicas, porque me parece que no tenemos el horno para bollos, ni en un sentido ni en el otro.

Por un lado está la noticia de que en Cataluña se cobrará la mitad del servicio de comedor a los niños escolares que lleven el almuerzo en fiambrera en su normal, natural y previsible avituallamiento diario. Como no podía ser de otra forma, la noticia además se nos ha vendido en positivo, como un avance, como toda una ventaja y en la rueda prensa que se presentaba esta iniciativa se ha hecho alusión a las siempre preocupantes, pero también conmovedoras cifras de sobrepeso infantil y la necesidad de que sean las familias quienes abran los ojos y asuman sus responsabilidades (saben muy bien que botones pulsar para tocarnos la fibra). Vaya por delante que este aspecto me parece fundamental ya que la preocupación por unos buenos estilos de vida ha de comenzar en el hogar, incluyendo claro está la alimentación. Pero de ahí a cobrar nada más y nada menos que hasta 3€ de vellón –DIARIAMENTE- por el uso y desgaste de las instalaciones colectivas, me parece un despropósito y un atraco a mano armada (con sus cucharas y tenedores). Afortunadamente no me veo en el caso de decidir estas cuestiones en la alimentación de mis hijas, pero llegado el caso de que así fuera ¿podrían los niños ir con su comidita en sus fiambreras, con su vajilla y comérselas en el patio o en otro recinto sin que precisaran el uso de microondas? ¿Se les cobraría también ese dineral? La verdad es que es para estar muy cabreado y desde aquí expreso mi solidaridad con todos aquellos padres que estén obligados a rendirse por las circunstancias a pagar de todas todas.

Otro de los temas es el precio de determinados alimentos, más en concreto el del IVA de algunos productos. Como saben la “sentencia” en forma de aumento del IVA ya está firmada, en septiembre se hará efectiva. Resulta cuando menos curioso, por no volver a mencionar el tema de los cabreos que bien podría, que el pan blanco mantenga este impuesto en el 4% y que al pan integral que ya estaba por el 8% se le incremente el IVA hasta el 10% ¿no había que incentivar una mejor nutrición? ¿es esta la respuesta de nuestras autoridades a la línea general adoptada por otros países de gravar los alimentos menos saludables y beneficiar el consumo de los más recomendables? Al respecto del sobreprecio que tendrá la vida en general por la subida del IVA, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) hace este gráfico resumen (470€ anuales de más).

Pero la guinda del pastel se la pone la cuestión de los celiacos. Los productos destinados a este colectivo tienen la consideración de “dietéticos” y no de primera necesidad y por lo tanto, ven cómo su pan (entre otras cosas), el de sin gluten, el único que pueden consumir tiene la misma consideración que el integral (tenía un IVA del 8% y pasa al 10%). Señores gobernentes, ser celiaco no se elige y consumir productos sin gluten no es una cuestión de capicho, sino de salud. De hecho, la única medicina que tiene este particular colectivo de enfermos  consiste en escoger alimentos sin gluten. Con estas medidas no se consigue otra cosa más que hacer más costosa e insufrible una situación para todos aquellos que, siendo celiacos, tenían una cesta de la compra tres veces superior a la de una persona normal. Y ahora, aún más. Una vergüenza.

Luego vendrán (ya lo siento, ya digo que hoy estoy molesto) gloriosas campañas antiobesidad infantil con todo su oropel y su boato, con el auspicio y patrocinio de las más pujantes empresas alimentarias y el aval de gloriosas sociedades científicas y el prestigio de engominados doctores a decirnos cómo tenemos que comer bien, que no es tan difícil y que la lucha contra el sobrepeso y la obesidad infantil es chupiguay y superentretenida cuando te la explican los teleñecos. Si esto, lo de más arriba, no son palos en las ruedas y pisarnos la manguera (por no decir el cuello) que venga Dios y lo vea.

 

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Foto 1: Si Wilson

Foto 2: islandlife