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Reportero: periodista que a fuerza de suposiciones se abre un camino hasta la verdad, y la dispersa en unatempestad de palabras (Diccionario del diablo - Ambrose Bierce)El cómo se hizo de los reportajes de 20 minutos...

Tierra (en los zapatos)

Acabo de leer Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, mercantil traducción de la industria editora española –siempre desconfiada sobre la inteligencia de su público– de “Rolling Thunder logbook” (“La bitácora de Rolling Thunder”), el libro-reportaje de Sam Shepard (Anagrama, 15 €).

La historia es conocida: en el otoño de 1975, Dylan, que acababa de grabar su disco temático sobre el divorcio, Blood on the tracks, se embarcó en una gira estilo músicos de la legua por pequeñas ciudades del noreste de los Estados Unidos y el sur de Canadá.

Le acompañaban, agitanados y con ganas de farra, un equipo de filmación, varias docenas de músicos (desde el irredento vaquero Ramblin’ Jack Elliot hasta Mick Ronson, el ex guitarrista del David Bowie más marciano), algunas novias con derecho a roce (Joan Baez, Joni Mitchell), un poeta con debilidad por recitar en pelotas (Allen Ginsberg) y un escritor muy guapo y todavía un poco off, Sam Shepard, a quien encargaron improvisar sobre la marcha un guión para una quimérica película sobre el devenir de aquella tropa de alunados.

A estas alturas Shepard (63 años) es un intocable. Le veneran en los talleres literarios e imitan su lenguaje corporal en los locales cool. Es uno de esos autores saludados con un “¡qué hombre!” por las señoras cocainómanas y también por sus hijas en mdma.

Sam lo sabe (o, acaso, lo sabe Anagrama: las contras de toda su bibliografía siguen luciendo la misma foto desde hace treinta años) y explota el mito: aunque ha regresado hace poco a Nueva York, sigue presentándose como el último cowboy sensible. Ya saben: uno de esos cuentistas yanquis capaces de hablar sobre Beckett en el escenario milenarista y pop de una hamburguesería.

Yo también caí. Hace dos años viajé al midwest para hacer un documental. Por una maravillosa eventualidad conocí a Jessica Lange, la mujer de Shepard. Quizá ustedes me consideren trastornado, pero puedo jurarles que me importaba bien poco la rubia que llevó al cine a la borderliner Frances Farmer o a la perversa Cora Papadakis del Cartero siempre llama dos veces. Yo sólo pensaba en la forma de conocer al marido, que no la había acompañado al coktail de recaudación de fondos para una fundación demócrata, esa actividad que para los yanquis resulta tan intensa y revolucionaria.

No hubo forma: la señora Lange se desvaneció en la noche de Minneapolis en un todoterreno del tamaño de un autobús y con una sonrisa santificada por la patronal de ortodoncistas. Sólo supe, según me sopló alguien, que Shepard criaba caballos Mustang, claveteaba vallas y escribía relatos tristes sobre padres borrachos y llamadas telefónicas en las que los comunicantes hablaban para ellos mismos en un rancho “cerca de Stillwater”, en las riberas del río Saint Croix.

Fuimos a grabar al pueblo (los directores de documentales tenemos ese privilegio: modificar el plan de producción, le llaman para ocultar el capricho), pero Stillwater resultó ser una especie de rastrillo pijo con tiendas de antigüedades donde te gastarías el PIB de Monrovia en comprar una mesa seudo Chipendale que, según el juramento de una afectada vendedora, había pertenecido a un pionero.

Nos limitamos a comer costillas, fumar cigarrillos a la intemperie y, para justificar el desplazamiento, a grabar uno o dos planos de recurso que no entraron en el montaje final. De Sam, ni rastro.

Me quedan los libros, por supuesto. Los he comprado todos con puntualidad de fanático. Mi ejemplar del primero editado en España, Crónicas de motel, guarda una hoja de álamo y lleva anotado a lápiz, con la letra de vals de un anónimo librero, el precio de los libros en 1985: 700 pesetas.

Adoro a Shepard porque escribe como un periodista: abre los ojos y luego, cuando está solo, despliega el contenido de la mirada sobre la mesa. Algunas de sus historias son dignas de un diario en un tiempo en que gran parte de la literatura busca en la historia aquello que no puede encontrar en la vida, un tiempo que condena a la indigencia a Dostoievski, a Kafka y a Melville para celebrar a un espadachín engreído.

En “Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera” se percibe, desde la forma fracturada hasta el fondo múltiple e impuro, el diario de carretera, esa forma de escribir con asfalto, la mejor de las tintas, por la que siempre suspiramos los reporteros.

Shepard elabora sus notas de camino con ánimo de implicado, sin rebajar la pasión por exigencias de la empresa o el estilo, y, como cabría esperar de un buen reportaje, sin ceñirse a Dylan pese a su potencia (“crea una atmósfera mítica de la tierra que nos rodea”, dice Shepard), sino abriéndose a las revelaciones del encuentro, la resaca, el hastío, el paisaje…

Hace unos años, durante una entrevista a una anciana escritora nórdica, retirada en un pazo de la Ría de Arousa, recibí una de las lecciones más útiles de mis veinte años de periodismo.

-Si va usted a utilizar ese aparato, no cuente conmigo –dijo la mujer señalando la grabadora que yo acababa de encender.

-Bien, tomaré notas –respondí, preparando el cuaderno y el bolígrafo.

-No, tampoco eso me vale –dijo ella.

-¿Qué debo hacer entonces?.

-Hablemos mirándonos a los ojos. Luego, cuando decida irse, deténgase en el primer bar y transcriba lo que hemos hablado mientras se emborracha.

Acaban de preguntarle a Shepard, al viejo Shepard, de qué valores estadounidenses está orgulloso. Respondió:

De poseer un verdadero sentido de la familia, como el que había en las caravanas de los fundadores. Entonces, el 90 por ciento de los que iban en ellas eran primos, tíos, parientes… Familias muy extensas que se trasladaban al Oeste y eran leales a la Constitución. ¿Dónde se ve eso ahora? En algunos pueblos remotos del sur, donde las tradiciones campesinas son aún importantes. También estoy orgulloso de estar conectado a un territorio, algo que prácticamente se ha perdido, porque los agricultores están en vías de extinción. En nuestros días, todos somos urbanos. Peor aún, el mundo de hoy vive en el e-mail.

Tiene razón. A todos (a los directores, jefes y periodistas también) nos hace falta un poco más de tierra en los zapatos.

José Ángel González

3 comentarios

  1. Dice ser Arsenio Escolar

    Sí, nos hace falta un poco más de tierra en los zapatos. A los directores sobre todo.

    02 Mayo 2006 | 11:18

  2. Dice ser luces

    Me gusta también Shepard, aunque lo conocí antes como actor.Y me gusta más tu tono, un tanto crítico, más bien realista y, si eso es posible, con un cínico entusiasmo por el escritor y su obra.

    02 Mayo 2006 | 18:42

  3. Dice ser José Ángel González

    Gracias, Lu: Me gusta verte por aquí.Director: ambos somos de zapatos manchados. Un burgalés y un gallego no pueden soportar el tafilete.

    02 Mayo 2006 | 18:45

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