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La barba como medida de tiempo

18 marzo 2013

bananas web

Los hombres, al contrario que vosotras, sentimos el paso de las horas en nuestro mismo rostro. La barba crece y en cierto modo nos pica el transcurso del tiempo, lo cual nos vuelve más conscientes del instante presente.

Algunos hombres se afeitan cada mañana en un intento de rasurar su tiempo, de contenerlo. Y al limpiar la cuchilla bajo el grifo, esos posos de tiempo que el agua arrastra acaban colapsando el sumidero. De hecho, siempre he pensado que los fontaneros son filósofos encubiertos (aunque ellos no lo sepan).

Otros lucimos barba de dos días y nos recortamos la barba cada dos días para que siempre parezca una barba de dos días y al vernos ante el espejo pensemos eso mismo, que la vida son dos días.

Luego están los que lucen patillas o perilla o bigote, que juegan a tunear el tiempo. O los sabios con sus largas barbas. Esos viven por encima del tiempo. Arrastran los posos de sus horas como si el cerebro supurara experiencia a través del colador de la piel. O los de barba o bigote postizo, que son ladrones de tiempo.

Todos, en fin, gestionamos nuestro tiempo de un modo u otro. Y se nos nota.

Las mujeres, sin embargo (y por motivos obvios), sois atemporales.

Homo Forbes

11 marzo 2013

Ya sé que la humildad pasó de moda, pero nunca está de más recordar el Sur para no perder el Norte. Me refiero a esos pobres locos que luchan por encabezar la lista de los más multimillonarios del planeta; esos que, para sentirse exclusivos, necesitan portar un reloj cuyo valor supera el PIB de Somalia, lo cual sólo augura un efecto rebote del darwinismo o, dicho de otro modo, una nueva involución: del Homo Sapiens al Homo Forbes.

Y es que esa enfermiza obsesión por acumular patrimonio, cual Síndrome de Diógenes pero en pulcro, debería tener un límite marcado no ya por el FMI, sino por la OMS. La misma Organización Mundial de la Salud debería poder impedir que cualquier desequilibrado maneje a su antojo decenas de miles de millones, tantos como para comprar países enteros o someter, como es el caso, al ya de por sí masacrado tercer mundo con tal de incrementar ad infinitum su margen de beneficios. Y están locos, como digo, porque no tienen límite; nunca, jamás, se sacian, y les importa un carajo las terribles consecuencias  que ocasionan su esquizoide ambición.

Y el tema, a los hechos me remito, ya empieza a dar miedo. Mucho, mucho miedo.

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Nota: Esos son los locos, los enfermos. Luego están los imbéciles que sueñan con ser como ellos. O los que se enorgullecen de pertenecer al mismo país que el tercer hombre más rico del mundo, como si tan pornográfico dato fuera motivo de orgullo. En fin.

 

Rehacer tu vida

04 marzo 2013

Nada más entrar en mi taxi advertí que aquel usuario tenía pinta de ser el típico aparejador divorciado con dos hijos pequeños, niño y niña, y afición por las maquetas de barcos. Me indicó un destino previsible dado su aspecto, los juzgados de la Plaza de Castilla, y observándole a través del espejo me dio por pensar que nunca es tarde para rehacer tu vida. Me encanta esa expresión: rehacer la vida. Rehacer no significa empezar de cero, sino cambiar tus expectativas de futuro a raíz de un imprevisto.

¿Que te separas?, rehaces tu vida.

¿Que tu empresa te destina a Pekín?, rehaces tu vida.

¿Que te toca el Euromillón, o te detectan una cirrosis hepática?, rehaces tu vida.

Sin duda es más fácil rehacer tu vida forzado por factores externos, aunque a veces es cierto que provocamos que suceda algo a modo de coartada perfecta que nos empuje al cambio.

El caso es que después de aquella primera impresión me enteré que el usuario no era aparejador, sino abogado. En el trayecto habló por teléfono con su pareja, un tal Roberto. Volví a equivocarme, en fin. Tendré que rehacer esta historia.

Otro trauma

25 febrero 2013

No existe el miedo a la página en blanco al igual que un taxista no puede tenerle miedo a la calle en blanco. Siempre habrá calles, siempre habrá párrafos. El secreto consiste en pactar con tus miedos y disfrazarlos de metáfora.

O a veces soltarlos en bruto, he aquí el ejemplo:

Siendo adolescente vi una peli, La Estanquera de Vallecas, que me traumatizó para los restos. En concreto, es una escena en la que aparece la estanquera Emma Penella retozando en la trastienda con uno de los atracadores del estanco. En un arranque de morbo la estanquera acerca con fuerza la cara del atracador, se la planta entre sus enormes pechos y segundos después éste tiene que apartarse porque se ahoga. Pues bien, esa misma noche soñé que me ahogaba entre dos inmensos pechos, y desde entonces siento cierto rechazo irracional hacia los pechos grandes. De hecho, el único nexo en común de todas mis parejas siempre ha sido y será, me temo, una talla moderada de sostén. De darse el caso contrario (alguna hubo por encima de la talla 100) tengo pesadillas y me ahogo. Y claro, nunca duramos más de una noche.

En realidad os cuento esto porque me ha obligado mi psiquiatra. Forma parte del proceso. Dice.

Maquillaje

04 febrero 2013

sara rios

En la foto: Sara Ríos, periodista de 20minutos

El maquillaje embellece porque tapa la verdad de las personas. La verdad es esa mancha de nacimiento bajo el labio, o esas ojeras que demuestran ruido en los sueños, o esas arrugas como anillos de árbol en el borde de los ojos. Algunas mujeres se maquillan los labios para añadirles volumen y volverlos más acogedores.

Algunas, incluso, ultiman los detalles de su rostro en el asiento trasero de mi taxi, espejo en mano. Se la juegan si me diera por frenar en seco (sufro cuando repasan la línea del párpado: ponen sus ojos a mi entera disposición).

Pero hay hombres que emplean el maquillaje por motivos menos nobles. Se maquillan los brillos cuando salen por la tele. Maquillan el texto que van a leer. Maquillan, incluso, su lenguaje gestual. Y por miedo a mostrar la verdad, ¿por qué si no?, evitan preguntas. Los periodistas son el líquido desmaquillante del pueblo. Las preguntas son toallitas impregnadas en alcohol en el rostro de quien maquilla la verdad. El alcohol no sólo limpia la mentira, también cura las heridas que esconde. Heridas que, de no cerrarse, lo infectan todo.

Twitter es mentira

27 enero 2013

Reconocí a la usuaria nada más montar en mi taxi. Yo seguía su cuenta en Twitter; ella a mí no. Tampoco era una tuitera conocida, apenas doscientos o trescientos followers, pero hace tiempo me llegó algo suyo realmente ingenioso y decidí agregarla.

Su foto de perfil coincidía, sin duda era ella, pero no dije nada. Sólo escuché su destino, accioné el taxímetro y emprendimos la marcha en silencio. En el primer semáforo me fijé a través del espejo que la chica tecleaba algo. Supuse que estaba escribiendo un tuit, así que me metí con disimulo en su perfil desde mi móvil. En efecto, había publicado lo siguiente:

“EN UN TAXI CAMINO DEL CURRO. OJALÁ EL TAXISTA SUBA LA MÚSICA, ME RAPTE Y ME LLEVE LEJOS”.

Sin pensarlo dos veces subí a tope el volumen de la música, accioné el seguro de las puertas, aceleré rápido y buscando la autopista giré en dirección contraria a su destino. Ella dio un respingo:

-¡¿Qué haces?!- me preguntó.

-Raptarte- dije.

-¿Qué pasa? ¿Me lo has leído en Twitter?- volvió a preguntarme.

-¿Qué es Twitter?- respondí.

Y contra todo pronóstico, la chica comenzó a gritar y aporrear la puerta como una loca.

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Nota: En serio, ¿quién entiende a las mujeres?

El taxi

21 enero 2013

espejo webCien Años de Soledad surgió de la obsesión por englobarlo todo en un libro. En un principio García Márquez pensó en focalizar la acción completa en una casa, incluso barajó “La casa” como título original de la novela, pero acabó por darse cuenta de que tal empeño no era posible y amplió su universo a Macondo. Tal vez Gabo estuviera en lo cierto. No puede explicarse el mundo desde el interior de una casa. Pero sí desde el interior de un taxi. Lejos compararme con el genio Márquez (nadie, jamás, podrá llegarle a la sombra del bigote) mi obsesión también ha sido y sigue siendo explicar el mundo a través del volante de mi taxi. Son decenas los personajes que viajan a diario, cada cual con su historia. La gente nace y muere en los taxis. Y se enamora en los taxis. Y algunos buscan taxis porque se sienten solos.

Ayer, sin ir más lejos, una mujer paró mi taxi sólo por refugiarse del frío. No tenía intención de ir a ninguna parte. Nadie, en realidad, es consciente de su destino. Sólo buscamos refugios, excusas, calor. Ella, al menos, fue sincera.

Activismo sentimental

14 enero 2013

cyberweb

En el aeropuerto subió a mi taxi un alemán y me indicó su destino escrito en la pantalla de su teléfono móvil. Me tendió el teléfono y, señalando la pantalla, me dijo en perfecto inglés:

-Here, please.

El mensaje de texto decía: “Calle Melancolía nº 7”.

Pensé que se trataba de una broma. Esa calle sólo correspondía a una canción de Joaquín Sabina.

Le conté el error (en un inglés menos perfecto que el suyo) y en esto el alemán rompió a llorar. Me confesó que había conocido a una mujer por internet, acabó enamorándose de ella y decidió venir a visitarla. Ella le había dado esta dirección, y también le había dicho que podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera.

Le propuse llamar al número desde el cual había sido enviado el mensaje. El alemán me pidió por favor que llamara yo, y así lo hice.

La chica no tardó en contestar. Le conté la situación y me dijo que estupendo, que ya era el quinto alemán que picaba su anzuelo. Y añadió:

-Es mi particular venganza por las políticas de Merkel. Y además, así ayudo a reactivar el turismo.

Y colgó.

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Nota: Al final le llevé a un hotel. Hizo gasto.

Los orígenes del ojo

07 enero 2013

Fíjense bien en esos ojos enmarcados en el espejo retrovisor de mi taxi. Pero fíjense primero en el rostro que alberga esos ojos.

Imaginen el proceso de elaboración: Primero el cráneo, la estructura. Después cabe suponer que un tapizador enfundó la piel, de naturaleza elástica, bien pegada al cráneo. Luego practicó dos cortes simétricos a ambos lados del tabique nasal e insertó a presión los globos oculares (con el iris, en una amplia variedad de colores, hacia fuera).

Las pestañas, dispuestas en los límites de la herida abierta, invitan a creer que el tapizador intentó coser el corte, pero la curiosidad del portador acabó por desgarrar los puntos de sutura. Y no sólo eso; también le dio la autonomía de abrir y cerrar ese fragmento exacto de piel que luego llamaron párpado aunque en realidad, como vemos, no es más que una herida. La herida a través de la cual nos permite ver el mundo que nos rodea.

Por eso mismo despertamos cada mañana. Si cerrásemos los párpados demasiado tiempo, se acabarían suturando para siempre las heridas. Y no nos lo podemos permitir.

Tu recuerdo en dos dimensiones

24 diciembre 2012

A veces noto cierta claustrofobia cuando escribo, como si esa parte de mí que traslado al papel o a la pantalla me volviera plano, en dos dimensiones, y cada idea se convirtiera de repente en prisionera del formato.

Pienso en ti, por ejemplo, escribo tu nombre y esas curvas tuyas que sugieren tu nombre en el papel, ese concepto de caderas, pechos y ombligo, parece desinflarse como quien pincha un flotador, o una muñeca. Paso los dedos sobre el papel y siento el mismo efecto suave que si hubiera escrito “hueso”, o “palíndromo”. Y si acerco la nariz, tu nombre huele igual que “silla eléctrica” o “Berlín”. Y si paso la lengua, te mojas del mismo modo que “desierto” o “taxi”.

Además, escribir tu nombre también es otra forma de matarte de mentira. Mientras lo escribo te estoy quitando el aire y te condeno a la cadena perpetua del papel. Luego puedo incluso arrancarte, arrugarte, hacer contigo una bolita, meterte en mi boca. Y tragarte.

Y sentir tu cadáver en mi estómago.

Y filtrar los buenos ratos del recuerdo que me evocas.

Y después tirar de la cadena.