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Tampoco Breton Woods es una marca de Whisky. Porque el periodismo internacional no es solo cosa de hombres, ocho mujeres ofrecen un punto de vista diferente sobre lo que pasa en el mundo.

Volver a casa

Los reporteros José Manuel López, Ángel Sastre y Antonio Pampliega a su llegada a Madrid

Los periodistas José Manuel López, Ángel Sastre y Antonio Pampliega a su llegada a Madrid

José Manuel, Antonio y Ángel han vuelto a casa. Ese concepto, el regreso al hogar, no por casualidad ha sido tan recurrente en la literatura de todos los tiempos, desde las epopeyas de los héroes conocidos o anónimos que abandonaban su casa y a su familia para ir al campo de batalla. O, ya en las historias del día a día, el caso de los enfermos que regresan de pasar una larga temporada en el hospital, o de un largo viaje, o incluso después de un duro día de trabajo. Pero el caso de los reporteros Antonio Pampliega, Ángel Sastre y el fotógrafo José Manuel López, mucho más allá de la literatura, es digno de enmarcar en la memoria colectiva de todo un país, para su vergüenza.

Sí, he dicho vergüenza. Porque en medio de toda la heroicidad que nos despiertan estas tres personas, el rubor debería asomar por nuestras mejillas por no tener en cuenta en qué condiciones estaban trabajando. El fotógrafo y los dos reporteros son freelance, los autónomos del periodismo, el último resquicio de oportunidad de (sobre)vivir de su profesión después del tremendo golpe asestado a los periodistas y al periodismo por parte de los medios de comunicación y sus recortes. “Antes, los corresponsales cobraban un sueldo digno”, repiten cada día en las facultades de periodismo, a sabiendas, qué duda cabe, de que aquella situación de bonanza, respeto y reconocimiento a la profesión muy probablemente ya no volverá. No para los que hacen lo que hacen López, Sastre y Pampliega. Quizá sí para los que dan su poco humilde opinión desde la tertulia de un plató de televisión o de una emisora de radio, los mismos que no tendrían nada que decir sin la información aportada por los primeros.

Pues claro que los tres periodistas son héroes. Pero no lo son por el hecho de haber vuelto con vida de un secuestro de 10 largos meses recluidos en manos de Al Nusra, la filial siria de Al-Qaeda. Lo son desde el día que decidieron irse a Siria y adentrarse en la crudeza de Alepo para contar al mundo, a riesgo de perder su vida, lo que estaba pasando en la guerra más importante de este siglo. Sin seguro de vida, sin sueldo proporcional -ni de lejos- al riesgo que corrían y sin la protección que debería ser obligatoria, básica e imprescindible para todos los profesionales que lo asumen. Lo hacen porque para ellos es vocacional, pero olvidamos que para nosotros es fundamental. Y que no quepa duda de que hay que estar hecho de una pasta especial para hacer lo que ellos hacen.

Para ser corresponsal en una zona de conflicto no vale cualquiera. Lo saben, como todos sus compañeros de profesión, aunque jamás presumen de ello. Para empezar, porque su sueldo no les da para presumir de nada. Les leemos día a día en la sección de internacional de los principales medios, pero nunca tenemos la oportunidad de preguntarles por qué lo hacen, qué sienten, qué situaciones viven. No se lo preguntamos lo suficiente a Javier Espinosa ni a Ricardo García Vilanova cuando fueron liberados en marzo de 2014. Pero entre todos tienen millones de historias. Niños sicarios apuntándoles con pistolas por meterse por el camino que no debían, asaltantes que detienen su coche y les roban su cámara de fotos, entrevistas que se ven obligadas a hacer cubiertas por un burka para asegurarse una respuesta.

Si el circo mediático les aburre, recomiendo una charla con Marc Marginedas, quien tiene historias para no querer dormir, secuestro incluido. O las aventuras de Bru Rovira, Xavier Aldekoa o Gemma Parellada en África. La experiencia de Mònica Bernabé en Afganistán y de Mónica García Prieto en los puntos calientes de Oriente Medio. Las denuncias de Alberto Sicilia desde los campos de refugiados de Grecia.

O con la Calaf. Cualquier conversación con la Calaf les hará desear que el día tenga otras 24 horas.

Por ellos, por José Manuel, Antonio y Ángel, y por el bien del periodismo, que revierte en todos nosotros, les debemos a estos héroes sobre el papel la condecoración, el respeto y la dignidad que merecen, a la altura del trabajo que desempeñan y sin el que no sabríamos ni en qué mundo vivimos.

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