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Tampoco Breton Woods es una marca de Whisky. Porque el periodismo internacional no es solo cosa de hombres, ocho mujeres ofrecen un punto de vista diferente sobre lo que pasa en el mundo.

La Sudáfrica de ayer y de hoy

Se habían acabado para siempre buses para blancos y buses para negros. Colas para blancos y colas para negros. Áreas de blancos y áreas de negros. Parecía imposible que algún día aquél sistema de segregación racial instaurado en 1948 en Sudáfrica terminaría.  Pero así ocurrió en 1991: el Apartheid fue abolido.

El Congreso Nacional Africano (CNA), símbolo de la lucha anti-apartheid, había conseguido negociar con el presidente Frédérik de Klerk y la minoría blanca en el Gobierno para que tuvieran lugar unas elecciones en las que la democracia se extendiera a todos, blancos y negros. Y en 1994 el mundo entero seguía aprendiendo de Sudáfrica. El 10 de mayo Nelson Mandela se convertía en el primer presidente negro del país después de 27 años entre rejas, gran parte de ellos en la prisión de Robben Island, convertida hoy en un destino turístico.

Casi veinte años después de aquél 10 de mayo, el Congreso Nacional Africano que tantas esperanzas despertó ha decepcionado incluso a sus más fieles seguidores. Desmond Tutu, el conocido arzobispo que apoyó el partido en la lucha contra el Apartheid y que fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, anunció recientemente que “lamentablemente no podría votar el CNA después de cómo han ido las cosas”. Y es que este país de más de 48 millones de habitantes es, en sus palabras, “la sociedad más desigual del mundo”.

Si bien Sudáfrica es el motor económico del continente, uno de los países emergentes a nivel mundial -la última letra de los BRICS– y una lección de perdón y transformación para la historia de la humanidad, hoy el país se ­­enfrenta a enormes retos políticos y sociales. Los altos niveles de corrupción, las desigualdades entre las elites y las clases más desfavorecidas o las desafiantes cifras de desempleo –25,2% de la población  y cerca del 50%  en el caso de los jóvenes- son algunos de los problemas que amenazan el país. Además, Sudáfrica es el primer país del mundo en número de afectados de SIDA.

La nación del ‘arcoiris’, llamada así por su diversidad étnica y cultural, ya demostró en una ocasión el poder de su población unida para transformar el país. En 2014 el país celebrará sus quintas elecciones multirraciales y el CNA volverá a ganar, como lleva haciéndolo desde 1994, por una clara mayoría. La población sudafricana, sin embargo, puede volver a hacerlo. Puede hacer que su país se transforme si consigue volver a ser la prioridad de su Gobierno que, por su parte, debe tener voluntad política. Quizás así, la letra de su himno nacional recupere toda su fuerza: “Y unidos vamos a estar de pie, vivamos y luchemos por la libertad en Sudáfrica, nuestra tierra”.

B.BLAY

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