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La EFSA concluye que a día de hoy la actual exposición al bisfenol A es segura

Pocas sustancias químicas han hecho correr tantos ríos de tinta como lo ha hecho el bisfenol A (BPA) como presunto contaminante alimentario. Supongo que el tema del BPA sonará a la mayor parte de las personas, pero para quien no esté al corriente, creo que es preciso hacer un breve resumen.

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¿Qué es el bisfenol A?

En el terreno que nos ocupa, el bisfenol A es un monómero que se emplea en la fabricación de policarbonatos y resinas epoxi así como aditivo en algunos plásticos. Los policarbonatos a su vez se utilizan en materiales que suelen estar en contacto con los alimentos como por ejemplo botellas reutilizables, biberones, vajilla (platos y tazas) y recipientes para guardar comida, es decir, fiambreras. Por su parte, las resinas epoxi se utilizan en el revestimiento interior de protección tanto por ejemplo en latas de conserva como en cubas industriales de alimentos y bebidas. Pero además el BPA también se utiliza y está presente en el papel térmico, algunos cosméticos y en el polvo.

En el terreno más puramente químico se trata de es un compuesto orgánico que incluye dos grupos fenol. En este enlace tienes algunos datos al respecto de su historia, síntesis y polémica.

¿Qué suscita la polémica al respecto del BPA?

Más allá del don de la ubicuidad, y precisamente por él, la exposición constante al BPA por parte de los consumidores ha generado acalorados debates desde la década de los años 30 del pasado siglo XX. Esta polémica se resume a la hora de atribuirle la propiedad de ser un disruptor endocrino, así como su potencial carcinogénico tal y como se reconoce en la ínclita Wikipedia por citar una sola fuente entre los millares de páginas web que echan pestes del BPA. Como tal disruptor, tendría la capacidad de interferir en el delicado balance endocrino y ser causa de diversas patologías: trastornos hepáticos y renales, trastornos del desarrollo y de la función reproductora, efectos sobre el desarrollo neurológico, la función inmune, la salud cardiovascular, etcétera. En resumen, existe un cuerpo de evidencia que apunta con bastantes pocas dudas a que el BPA es un elemento tóxico.

Tóxico… como todo aquello que puede ser tóxico, es decir, en la medida de su concentración y de su exposición. En este sentido y en determinadas circunstancias, recuerda, hasta el agua o el café pueden asumirse como elementos tóxicos. Por eso, conviene observar en su verdadera magnitud cuál ha sido el dictamen de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) al respecto del BPA.

¿Por qué el BPA es “seguro”?

En realidad, habida cuenta de la polémica que suscita este caso y la nueva evidencia que hay sobre el tema, la EFSA ha realizado dos trabajos para llegar a esta conclusión: por un lado ha evaluado la exposición actual que se tiene a este elemento; y por el otro ha revisado lo que se conoce como Dosis Diaria Tolerable (TDI, por sus sigla en inglés) es decir, la cantidad máxima a la que se puede estar expuesto sin aumentar el riesgo de sufrir alguna de las posibles consecuencias antes mencionadas.

Así, tras realizar este tipo de evaluaciones, y reconociendo el potencial dañino del BPA sobre la salud, la EFSA ha reducido la anterior cifra que ella misma estableció en 2006 al respecto de la TDI para el BPA. Así, ha pasado de atribuirle una TDI de 50 microgramos al día por kg de peso corporal a nada más y nada menos que a 4 microgramos al día por kg de peso corporal. Es decir, la EFSA, más conservadora aun en 2015 que en 2006, ha reducido la TDI del BPA más de 12 veces.

A pesar de todo, como decía, la EFSA sigue considerando la actual presencia del BPA como segura dentro de la cadena alimentaria en la medida que actualmente se usa. Además, tras volver a evaluar con más y mejores datos todas las fuentes habituales de exposición al BPA y en relación a los datos que se tenían de 2006, resulta que en aquel entonces se sobreestimó entre cuatro y quince veces la exposición real al BPA.

En resumen, quédate con estos titulares:

  • La EFSA ha reevaluado la toxicidad del BPA y, sin hacerla de menos, más al contrario, ha reducido su Dosis Diaria Tolerable de 50 a 4 microgramos por kg de peso corporal y día.
  • Al mismo tiempo, tras reevaluar la exposición de los europeos al BPA a través de las posibles fuentes de contacto o incorporación (dieta, cosméticos, papel térmico y polvo) ha concluido que dada esa exposición: el BPA no plantea ningún riesgo para la salud de los consumidores, teniendo en cuenta todos los grupos de edad (incluidos los fetos en desarrollo, bebés y adolescentes).
  • Pero además, tras esta nueva evaluación, la EFSA no se ha quedado de brazos cruzados y reconoce que hay ciertas áreas de incertidumbre sobre este tema, en especial en relación sobre los efectos del BPA en la glándula mamaria y en los sistemas reproductivo, metabólico, neurológico e inmunológico… y con toda la intención esta área de incertidumbre se ha tenido en cuenta para calcular la ingesta diaria tolerable. Es más, reconoce que el valor de esta nueva ingesta diaria tolerable (la de 4 microgramos/kg/día) es a su vez temporal a la espera de los resultados de un estudio a largo plazo en ratas que se está realizando en Estados Unidos a través del US National Toxicology Program, lo que ayudará a reducir estas incertidumbres.

Puedes ir a la fuente original sobre el asunto del BPA en estos enlaces:

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Imagen: Calvero vía Wikimedia Commons

¿Programados para ser gordos?

Tal es el título del documental que me gustaría compartir hoy con vosotros. A pesar de la sencillez del planteamiento de que más ingesta y menos gasto termina en un resultado de obesidad y que, pese a quien pese, sigue siendo en mi opinión válido; el hecho incontestable es que en el resultado final de esta ecuación (engordar-adelgazar-mantenerse) intervienen muchos otros factores que tienen una difícil comprensión (de momento). Se sabe de la influencia de la genética, de la importancia de un entorno más o menos facilitador, del peso de algunos elementos que tendrían su aplicación en la conocida como epigenética, etcétera. Es decir, el planteamiento original es sencillo (consumo y gasto) pero la explicación del resultado final es terriblemente complicada. O al menos así son nuestras circunstancias actualmente. ¿Por qué parece que algunas personas pueden comer lo que quieran y no engordar y a otras, por ejemplo, les cuesta terriblemente adelgazar incluso con los planes dietéticos mejor planificados?

En el documental que hoy os traigo se formulan algunas hipótesis con las que ayudar a explicar cómo incluso antes del nacimiento se empiezan a recibir estímulos del exterior que posiblemente condicionen la forma y manera en la que nuestro cuerpo va a gestionar esa delicada ecuación energética.

De todas formas, no conviene sacar conclusiones precipitadas con su visionado. Además de los elementos que  se ponen de manifiesto en el documental, en especial el de algunos agentes químicos que podrían modificar el delicado equilibrio endocrinológico (los llamados “obesógenos”), habrá que tener en cuenta que hay muchos otros factores. Si no es conveniente ser reduccionista en un sentido, tampoco conviene serlo en el otro. De hecho y a pesar de lo fácil que sería quedarnos en los titulares (engordas o adelgazas en base los contaminantes ambientales y su influencia sobre la expresión de tus genes), la mayor parte de los intervinientes en este documental coinciden en afirmar que si bien sus hipótesis podrían desempeñar un papel destacado en la ecuación del peso corporal, el efecto del consumo de alimentos y la práctica de mayor o menor actividad física siguen siendo elementos muy importantes.

Aquí os dejo este enlace en la página web de RTVE “a la carta”. También podéis verlo aquí:

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Nota: quiero agradecer a todas las personas que me han hecho saber de la difusión de este documental y de lo interesantes de sus contenidos, en especial a José Javier (@j_javierlopez) un alumno de la USJ, y por supesto a mi padre que se ha esforzado por avisarme de todas las veces que se ha emitido el documental en RTVE.