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Un deportista es aquel que sabe que el triunfo del otro es también una recompensa: la de haber encontrado alguien mejor

El doctor Bern(a)rd

A finales de los sesenta se hizo muy famoso el doctor Barnard. Cuarenta años después se está doctorando con éxito otro Bernardo, éste de nombre. Así que nada que ver: aquel era surafricano y el de ahora alemán, aquel tenía un cierto aire de galán de cine, como para rodar El pájaro espino, y el papel del teutón en el cine sería, sin duda, Obelix: lo que pasa es que Depardieu es mucho Depardieu.

Algo tienen en común: la especialidad. Lo suyo es el trasplante de corazón.

Yo creo que lo mejor del entrenador del Real Madrid es su capacidad para inventar jugadores que, en algunos casos, ya estaban inventados. Pero que había que resucitar. De su paso por el Getafe me gusta destacar el rescate de Casquero, repentinamente inútil en la galaxia hispalense y tan importante en el éxito del equipo de Torres el año pasado.

Ahora, en el Madrid, destacan con luz propia dos casos: los de Robinho y Baptista. A los dos les habíamos visto jugar y todos sabíamos de su enorme potencial. Robinho estaba, curiosamente, en la lista de transferibles y Julio se fue a Londres a cumplir otro año a la sombra: no había triunfado en el Bernabéu y no lo hizo con los gunners. ¿Qué fue del chavalito del Carranza? ¿Habíamos soñado aquellas dos temporadas de Julio a las órdenes de Caparrós?

Ahora están aquí. En su sitio. Como si alguien les hubiera trasplantado el corazón.

La última duda sobre Schuster como entrenador tenía que ver con la duración de sus proyectos: no se podía olvidar su trepidante primera vuelta con el Levante y la lenta agonía de la segunda. El año pasado pasó esa prueba con nota. Y va a hacer falta: entrena a un equipo de largo recorrido, con compromisos enormes en el mes de mayo, si hay suerte. Como observaba agudamente un lector, quizá conviniera jugar la Copa de Europa en paralelo con la de África, en invierno: en julio los mejores jugadores del mundo han dado casi todo lo que tienen. Esperemos, por el bien de todos, que lleguen convenientemente exprimidos por los éxitos de los equipos españoles: llegarán, al menos, eufóricos. Y la euforia es un motor soberbio.

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