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Un deportista es aquel que sabe que el triunfo del otro es también una recompensa: la de haber encontrado alguien mejor

Samaranch, el hombre adecuado

Ahora que Juan Antonio Samaranch ha sufrido un episodio de hipertensión (de alta tensión ha vivido muchos) me parece oportuno dedicar unas palabras al hombre más importante del deporte español. Entiéndase: no el mejor deportista (creo que fue un mediano jugador de jockey sobre patines), ni el más querido; simplemente, el más importante. La punta de lanza de una vasta conjura española para traer a nuestro país unos juegos olímpicos, cuya sede no admitía dudas, por cierto: Barcelona.

Me gusta recordar esa conjura, que atravesó limpiamente no sólo cambios de gobierno, sino de régimen. Samaranch trajo oxígeno, modernidad, estilo y relaciones internacionales a la Delegación nacional de deportes, que ocupó después de Elola Olaso. Era, digamos, otro mundo: estaba en el franquismo, pero no era exactamente “del” franquismo, más allá de las obligaciones impuestas por el anacrónico vestuario de entonces. No conozco su pasado, y probablemente no lo necesito. Llegó y empezaron a cambiar las cosas, suavemente. Aportaba, desde luego, otro estilo, menos montaraz, menos ligado a la eterna furia española que Dios confunda, más cercano al seny de su Cataluña natal y más exportable. A su debido tiempo, y tras un paso fugaz por la Diputación de Barcelona, cogió la maleta y se fue a Moscú: allí se iba a celebrar la olimpiada del osito Mischa, la de 1980, la que sobrevivió al boicot americano. Y allí, por tanto, se iba a cocer la herencia de Avery Brundage: nada menos que la presidencia del Comité Olímpico Internacional. Se trataba de algo muy americano: the right man in the right place.

Nadie discutió la posición de Samaranch en Moscú: era cuestión de Estado que nuestro catalán alcanzara la presidencia. Me parece una lección admirable de política, en la que los intereses del país están por encima de los hombres que ocupan el poder. Y Samaranch llegó a la presidencia del C.O.I., que era lo importante: y unos años después el vicepresidente Serra y el alcalde Maragall recogían los frutos de tanto, tan cuidado, tan meditado trabajo que había empezado en el impresentable Régimen anterior.

Ahora está por detrás, como siempre, moviendo hilos a favor de la candidatura de Madrid. Pocos elogios más serios que la bronca que le ha echado su hijo: “Tiene ochenta y siete años y vive como si tuviera cuarenta.” Anda con la tensión alta, ya ven: ¿adónde hay que firmar para que digan lo mismo de uno?

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