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Un deportista es aquel que sabe que el triunfo del otro es también una recompensa: la de haber encontrado alguien mejor

Franquismo del bueno

Había cundido el pánico a las orillas del río de los golfos y de los genios, donde se bañan Joaquín Sabina y José Tomás: se habían traído de Italia un portero que parecía discípulo de Pavarotti por la afinación con la que cantaba. Algunos, incluso, le cambiaron el nombre de Abiatti por el de Averiatti.

De manera que al inicio de la temporada, cuando las cosas no terminaban de salir, cundió mucho el franquismo por el Calderón: sólo que Franco había estirado mucho y hablaba con acento porteño. Que no se nos lesione Leo, madre…

Bien. Las cosas han empezado a rodar a orillas del Manzanares, como no podía ser de otro modo: han confeccionado un equipo lleno de equilibrio y con muchísima pegada.

Un equipo en el que la presencia de Raúl García da sentido a todo el juego: el artesano navarro no se dedica a la orfebrería como Iniesta, ni a la arquitectura como Xavi, ni a la poesía como Guti: pero es capaz de transformar un galimatías en un desfile de alemanes. De manera que al cabo de unos partidos todos los jugadores se preguntan cómo coño han podido jugar sin ese chico.

Los últimos partidos, además, han corroborado lo que ya demostró la transición española: que hay vida después de Franco y que Abiatti es, pasados los primeros calores, un excelente portero. Calla, que lo mismo se llama Giancarlo…

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