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Un deportista es aquel que sabe que el triunfo del otro es también una recompensa: la de haber encontrado alguien mejor

Jugones

Va a empezar un año bisiesto, de esos que llevan a la vez Eurocopa de fútbol y juegos olímpicos, entre otras cosas.

Empecemos por la primera, que está más cerca, y que hemos alcanzado tras una borrascosa travesía con final feliz. De hecho lleva el timón el mismo seleccionador que fracasó gravemente en el pasado Mundial.

Veamos eso. En los anteriores, con resultados no muy alentadores, fallaron los hombres de las barreras y los postes eran de madera balcánica (Italia 90), Julito Salinas no hizo lo que sí hizo Baggio y el árbitro se comió un penalti de Tassotti a Luis Enrique (USA 94), Zubi se tragó el balón más tonto de su vida ante Nigeria (Francia 98) y un egipcio de nación y, acaso, de profesión, anuló un gol legal a todas luces, a mayor gloria del anfitrión (Corea 2002).

En Alemania alguien volvió loco a un entrenador tan experimentado como Luis, que se hizo famoso con una táctica tan guerrillera (tan nuestra) como el contraataque: clausura feroz y vuelo repentino.

El hombre clave había sido Albelda, el invisible: uno de los jugadores más rentables de la última década. Apareció de pronto como un personaje doble de una vieja película: era a la vez el feo y el malo. El bueno era, eran, los jugones.

Y en aquella cubierta llena de almirantes nadie baldeaba. O no lo hacía bien: la gente de Estado mayor no es demasiado buena con la fregona.

Con las líneas adelantadas treinta metros, como si necesitáramos marcar, cuando ya llevábamos ventaja, seguimos suponiendo que nadie como nosotros para la cosa del tiqui taca, aunque enfrente estuviera Zidane, y que los franceses, además de viejos, eran cojos. Como Ribery, sin ir más lejos. Y nos volvimos a casa, tan ricamente.

Desde entonces Albelda ha sido un fijo, salvo en la pachanga de Canarias ante los suecos: aunque enfrente estuviera un equipo de segunda B. Aplaudo la rectificación de Luis (él no lo llamaría así, supongo): sólo espero que esta vez sepa mantener su criterio de perro viejo, que tanto sabe de fútbol.

Y es que los jugones, a los que tanto admiro (también a Yeste, por ejemplo. De Guti ni hablamos) necesitan, como los niños, ir en buenas compañías. Fue otro mundial que pudimos ganar: a ver si no se escapa la cita centroeuropea de este verano. Con don David fijo y en su sitio, por favor.

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