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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Eva (II)

La chica extranjera murió en un rincón de Rembrandtpark que daba a las torres que miran a Jan Evertsenstraat, tres bloques que tuercen su vista hacia el sur de la ciudad y desde los cuales se puede ver el viejo y el nuevo oeste de Amsterdam. La policía encontró en sus bolsillos papeles con anotaciones en español, entre los cuales estaba una dirección cercana: Staalmeesterslaan 21 II. Aparte esa evidencia, el cuerpo medio agarrotado yacía de medio lado en un rincón cualquiera, a una distancia no inusual de los lagos del parque, ni escondido en alguno de los recovecos (la granja de animales domésticos, los puentes de Jan Evertsenstraat o Postjesweg) o tapado con cartones o con la ropa desgarrada por hurto, violencia aparente o maltratos previos o posteriores. Era una chica de apenas veinte años, según el politierapport, mediterránea, vestida con ropa de running, malla larga y doble capa de camiseta. Su pasaporte y carnet de los transportes del GVB decían Eva Rigalt, decían nacionalidad española, pero no decían mucho más. Dirección: Admiralengracht 12/H. Un piso probablemente compartido e igualmente probable vida normal de estudiante Erasmus.

Al oficial Geert Dijkstra eran, éstos, los casos que más problemas le causaban. Debía poner inmediatamente a funcionar a sus 4 medewerkers, a los agentes de a pie, para que notificaran sin demora el fallecimiento al consulado español. Torear con el consulado no era una metáfora ni un plato de gusto. Dijkstra se encontraba un mínimo de dos o tres casos al año en su demarcación (la agregación de los distritos de transición entre el Amsterdam popular y la emigración turca y marroquí en los distritos de Baarsjes/Sloten/Geuzenveld): pasaportes españoles encontrados en el mercado negro y que habían sido vendidos por estudiantes o vividores por hasta 600 euros –los pasaportes comunitarios cotizan más alto- o casos de okupas involuntarios a los que otros, que llegaron antes y que se aprendieron antes aún las rendijas de la relajación administrativa holandesa, habían engañado en un subalquiler ilegal y dejado en la estacada. “Chicos malos no eran, die Spanjaarden”, pero tenían una especia predilección por complicarse la situación, además de un serio problema con su administración.

El consulado está en Friederiksplein 34. Queda marginado del centro y de los circuitos de visita y no pocas veces los españoles se pierden a la hora de bajarse en la parada de tranvía correcta. Es una plaza arbolada; es un búnker verde; vió como se prendía la maravilla del Palacio de Cristal en 1929, aquella visión del filántropo Samuel Sarphati; vió como celebramos un día una despedida de soltero tan alcohólica que casi perdemos dos componentes en el rio Amstel; es un búnker de dos capas, la verde que esconde las fachadas y la blanca que salpican los marcos de las ventanas sobre el marrón del ladrillo del Oosteinde o de los despachos de abogados de Sarphatistraat. La oficina consular ocupa doble planta y sótano y desde la entrada, para los ojos de un holandés metódico y de padre frisón, daba una impresión de secretaría desatendida de cualquier ONG, de consulta de pediatría de barrio, sin saber por qué (nunca había viajado a España), y Dijkstra percibió un cambio de país desde el momento de cruzar bajo la engalanada jamba de la puerta. Ocurría con la mayor parte de las embajadas.
-Quiero reportar un incidente con un natural de su país – notificó al portero, que era una figura silente, sosegada, que filtraba los golpes y las visitas bien hacia el sótano donde se apegotonaban carteles de terroristas buscados, de ejemplares de Atalaya que sabe dios quién había dejado y quién era incapaz de mover el culo para retirarlos, y las funciones administrativas mecanografiadas a dos dedos y tras un cristal esmerilado de rancio diseño patrio, o bien hacia las plantas nobles donde los funcionarios de carrera elevaban los ojos cada vez que alguien planteaba un incidente serio. “Señor”, parecían implorar, “¿tengo que llevar sobre mis espaldas la misión garante hacia mi país?”, y gesticulaban solemnes con los ojos entrecerrados conscientes de que el agente de policía no comprendería la carga mesiánica del funcionario consular.
A Geert Dijkstra le repateaba esa teatralidad mediterránea. Su procedimiento habitual era informar y acudir con rapidez a programar las siguientes 12 horas con sus superiores. Sentado frente al funcionario en un butacón de orejas rojas, esta vez la cosa no sería distinta, calculaba de cabeza mientras respondía automáticamente las preguntas de proceder. Todavía tenía que organizar el turno de noche en la comisaría de Jan van Galenstraat, cenar algo, fichar y conducir los escasos 30 kilómetros que le separaban de su moderna casa adosada en Almere. De este modo, Eva iría conectando, camino de Almere y sus hileras de viviendas blancas, amarillas, grises, con las tazas de café de los turnos de día y noche de Jan van Galenstraat, con los senderos del parque, con los empleados de las tiendas del aeropuerto de allí y de aquí, dejaría cosidos varios mundos durante una semana; mundos que podían haberse alejado sin conocerse pero que se cruzarían y chocarían como sedas y linos, taftanes y alambres, como pescado y carne. Simplemente no estaban hechos para mezclarse, no tenían las densidades precisas. Aquelos mundos paralelos se acercaron por mor de un asesinato. Lo complejo vendría a la hora de comprender los motores de esos mundos.

– Va a darnos mucho trabajo esta chica, ¿no? -preguntó el secretario mordisqueando la capucha de una pluma estilográfica.
– Siento que sea así – “para tu disgusto de funcionario embotado”, se respondía por dentro Dijkstra.
– ¿Por donde van las investigaciones?
– Nada anormal – masticó el policía pensando sobre cada punto del protocolo – a menos que se meta la prensa; es el segundo cadáver encontrado en Rembrandtpark y éste responde también a…
– Una chica joven que hace deporte – se adelantó el funcionario, acostumbrado a atajar insolente en las reuniones de café, en la frutería de Rinus en Albert Cuypmarkt, en las comidillas del comisariado político español, veteranos emigrados blindados que solían conspirar jerárquicamente entre sorbo y sorbo de oporto; y el secretario del consulado poseía uno de los rangos más altos de las reuniones: oposición y destino en 1966, había visto más mundo (según su caleidoscopio provinciano y azoriniano) en cuarenta años que dos generaciones de mercaderes judíos.
– Si pudiera abrirme el paso a los ciudadanos de su país que se registraron aquí…
– Sabe que no abarcamos ni al 60%. La gente joven entra y sale del país alojándose en pisos compartidos, y Amsterdam funciona como un crisol de cristal ahumado. Se sabe su peso y capacidad, pero no su contenido. Es posible que tengan más datos en la Vreemdelingpolitie o en su universidad, porque era estudiante, ¿cierto?
– Sí, pero de todas maneras haga el favor de mantenerme informado – finalizó Dijkstra mirando su reloj de esfera clásica en el que incidían ya unos últimos rayos de la tarde del Sabado 22 de Abril, reflejados en el acristalado de la calle.
– Lo mismo le digo. Gracias por informar con tanta rapidez.

El agente de uniforme cruzó los dos vestíbulos y se encaminó a las escaleras de bajada anotando marcas y líneas que tachaban tareas pendientes en su agenda. Dijkstra era el opuesto del ser humano que había dejado efectuando llamadas rutinarias en el despacho consular. Se podía escuchar al funcionario haciendo las primeras llamadas a sus amistades. Las correspondencias oficiales y llamadas a Exteriores podían esperar unos minutos. Mandaban los cotilleos.

3 comentarios

  1. spanjaard

    El que busque más información sobre por dónde pueden ir los tiros, tiene el hilo iniciado en el post ‘Rembrandtpark’: http://spanjaard.wordpress.com/2009/05/28/rembrandtpark/

    08 Julio 2009 | 09:14

  2. Dice ser Celemin

    Ahora si que me he perdido…

    Lo de ayer me gustó, lo de hoy, ni la mitad.

    Saludos

    09 Julio 2009 | 10:49

  3. spanjaard

    La clave, Celemin, está en el enlace que detallo en el primer comentario. Una de las últimas frases:

    “Pasó una corredora en diagonal por esa senda al lado de la que nos solíamos poner en tiempo soleado. Por un camino trazado por paseantes y reciclado por las bicicletas. Un día me dí cuenta que en Holanda la gente sale a hacer ejercicio sola. No quise saber por qué”.

    Pero mi caos cerebral y perrería anarquista bloguera me impiden numerar como dios manda los posts de este relatillo.

    1. Rembrandtpark.
    2. Eva
    3. Eva (II)
    4. Sale mañana…
    5 y 6, ya están en el horno.

    09 Julio 2009 | 10:52

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