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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Recuerdos de la Selva de Iguaçu

Fotograma 1. El hall californiano del Hotel San Martín Resort, a escasos 400m de la entrada al parque nacional de las Cataratas de Iguazú, en la parte brasileña, es un húmedo solarium al que la lluvia baña sin dejar de crepitar sobre las hojas de palma, el enlosado hexagonal de la entrada y de la doble elipse de acceso, sobre un mármol excesivo y sobre las yemas de mis dedos. Han pasado 48 horas desde la visita aérea, del paseo por el márgen argentino, con su salto tal y salto cual, imponentes, y 48 horas en las que mi ocioso destino vacacional se reducía a visitar por la mañana, pasmarme, pedir desde el borde de la piscina una caipirinha, comer y follar desahogadamente.

Fotograma 2. La segunda tarde la tormenta arreciaba con gotas aún más gordas que la primera, embarrando los accesos y arcenes de la BR 469, la Avenida das Cataratas, primero en dirección al parque, al aparcamiento, girando para desentumecer y tomar en sentido contrario un arcén que no existe. La 469 en dirección Foz de Iguaçu. Brasil. Spanjaard buscaba oxígeno o cualquier gas respirable entre las partículas de humedad que saturaban el aire de la selva. El arcén, el gigantesco peralte de una carretera abierta a golpe de bulldozer, asfaltada para todoterrenos, autocares y esos camiones que avanzaban de frente a mí. Unas fortalezas encaramadas sobre cuatro ruedas monstruosas y que barrían el ancho útil de una carretera empapada y sobre la que un equilibrista en pantalón corto y sin camiseta deambulaba entre la hierba donde campan los reptiles y el asfalto donde campa el recauchutado.

Fotograma 3. El regreso desde Foz con las piernas destrozadas por los peraltes y los pulmones encharcados por fuera, desde pasada Carmen Gatti con Francisco Nascimento, pasando por la entrada al aeropuerto de Iguazú, es un recto tormento. Las colinas imperceptibles en autobus se convertían en olas de mar montañosa, asfalto al que un gigante daba sacudidas sujetándolo por un extremo y sacudiéndonos como migajas a los camiones madereros, a los autobuses de turistas y al corredor del arcén contrario. ¿Correr en estas condiciones? Vana locura esta de trotar, subir y bajar bajo el agua del cielo del Paraná, a escasos kilómetros de la frontera de Argentina y Paraguay, pero aún tener tiempo para detectar un cartel de “rodizio de peixe” como estandarte de un chiringuito de carretera. Hemos avistado la presa y mañana le daremos un repaso.

Fotograma 4. Teresinha y yo hemos bajado del autobus. Dia tres, Interbairros. Av. Felipe Wandscheer, Av. Iguaçu, Av. Cataratas… ahí está. La entrada es una plataforma de madera, un porche pisoteado que te eleva del aparcamiento de tierra roja, polvorienta por las noches pero ahora húmeda, como todo. Es un chiringuito digno de las road movies de miles de kilómetros más al norte. Pedimos que traigan lo que tengan en pescados y hacemos tiempo mientras miramos hacia fuera, de la mano. Arranca de nuevo a llover, es la hora de comer para nosotros, dentro; es la última oportunidad de llegar a casa seco, fuera. La imponente tormenta deja en unos segundos brevísimos una cortina de agua que se despliega sobre el suelo. Lo rojizo salpica la vista, el barro y los charcos del Octubre brasileño van tomando posiciones sobre la 469 para que los monstruosos tiranosaurios sobre ruedas goodyear de 57 pulgadas chapoteen como cachorros.

La gente se descalza y camina por el arcén de la carretera hacia el centro de Foz. Son figuras que parecen salidas de una ducha gigantesca que, aún, les permite seguir caminando mientras el agua lame sus cuerpos pegándoles los tejidos de la camiseta o el pantalón de telilla. Carne y curvas y un lodo ligero rebozan las siluetas de brasileñas redondas mientras el motorista llega con su cajita de embalado blanco. Del puesto del mercado que sea, del río Paraná o del Iguazu. No importa mientras siga eternamente ese instante del aguacero subtropical sobre la 469, casi en el cruce con Mercosul y Morenitas. Ayer se corrió por un paraje raramente salvaje y hoy podíamos haber repetido y alargado ruta. Pero florecieron el cupay y el palo rosa se irguió casi cuarenta metros, salvaje, sobre mi cabeza y me miró conminándome a volver a besar y a poseer el momento que no se ha repetido todavía. Quien sabe si volveremos a desempolvar el cuerpo sobre Iguaçu.

6 comentarios

  1. Dice ser Mattu

    Que ganas de haber estado allí. No hay nada como el olor de la zona de Iguazú después de una lluvia: si ya el olor a tierra mojada es uno de los mejores aromas conocidos hasta ahora, la tierra misionera (tan cargada de hierro como se aprecia en la foto) tiene todavía un aroma mejor…

    PD: Y Ciudad del Este al otro lado de la frontera. Ciudad sin ley…

    01 Octubre 2008 | 08:56

  2. spanjaard

    Y poder sintonizar la birazzísima televisión paraguaya en el hotel, lujo exclusivo que ya quisieran los estudiosos del kitsch gafapasta. Saludos, Matías.

    01 Octubre 2008 | 08:59

  3. Dice ser Silvano

    Hace un mes estuve alli en Iguazu. Impresionante las cataratas.

    De lo mejor que he visto en 3 anhos en Brasil y he viajado mucho.

    Muy recomendable pasar a Argentina para comer un buen asado, y mucho más barato que los precios en Brasil.

    Yo sigo en São Paulo. Si necesitas cualquier cosa me das un toque al 11 72818976.

    Otro espectaculo es el puente de la amistad con Paraguay, visita necesaria para entender lo que significa la palabra caos.

    Si puedes prueba el açai na tigela, y si tuvieran lo pides mezclado con cupuaçu. Son frutas amazonicas pero ya las tienen en casi qualquier sitio de Brasil.

    01 Octubre 2008 | 16:59

  4. Dice ser Bandoneon

    Decia Garcia Marquez que lo que los europeos llaman realismo magico es el anecdotario basico de cualquier latinoamericano. La magia consiste en que nunca vas a encontrar lo que fuiste a buscar. Hoy viene Iguazu a tu blog y yo mañana voy Buenos Aires. No son el mismo lugar pero son el mismo universo. Te agradezco tus fotos. Ya me habia olvidado de la humedad.

    01 Octubre 2008 | 19:52

  5. Dice ser Garbanzito

    P’os p’a mí que el Spanjaard s’anamorao. Está mu blandico el zagal.
    Espero que siga siendo de la misma o que ella no se entere, porque conociendo a tu santa te saca los’ojicos. ¡Qué mujer más brava!.
    Un saludo para ambos…

    02 Octubre 2008 | 07:16

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