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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Batallitas del abuelo cebolleta. Recurso socorridísimo de bloggers.

Como veo que este es el espacio ideal del batalleo, pasantía de diarios y corregido de textos previos para luego empresas mayores, y como además no ocupa espacio, no huele, ni se apolilla, y -qué coño- es lo que hace todo el mundo en la blogosfera, seguiré dando el repaso vislumbrado ayer que se me quedó a medias, en las orillas lorraines.

Recuerdo yo un día que andaba de viajante laboral por ahí por las europas (abuelooooo) y que tuve que echar una semanita o dos por Nantes. Enfrascado en hacer el hatillo pensé que lo mejor para ese Abril de 2000 sería meter la ropa de romano en la susodicha maleta. La ropa de romano incluye en todo trasteo de ultrafondista riñonera, chubasquero y toneladas de etéreo empeño. Con ello me planté en mi querida capital del atlántico bretón y, un jueves, enredando por internet y por la guia visual de los Castillos del Loira pensé que mejor manera de conocer la zona no la iba a tener yo. Empaqueté y un sabado a las 6am estaba saliendo de la estación de Nantes hacia Blois en el primer tren de la matinal. Dos días y 60km más tarde, escribía esto:

Blois es un comienzo perfecto para la aventura: un castillo magnífico corona una ciudad que cuenta con la estación en medio de la misma. De ahí, un mercadillo tira de uno hacia quesos de cabra, pasas del Loira, demasiado tentador todo para la escasez de espacio libre que hay en la riñonera. Una cámara de usar y tirar, dos paquetes de bebida, chubasquero y ropa limpia para el segundo día, la tarjeta de crédito y el pasaporte. Ah, y la reserva del hotel, no sea que tras la zurra tenga que dormir al raso francés. Bajar hacia el puente sobre un majestuoso Loira, río con mil ojos bajo otros mil de piedra, me sirve para calentar las piernas e imaginarme como será todo esto. No hay muchas posibilidades para perderse con un mapa en la mano, pero “siempre sur” es la primera andanada que, en 40 minutos, me lleva a la coqueta hacienda de la Condesa de Beauregard. Los bosques en esta zona se exhiben orgullosos, partes del inmenso patrimonio del valle: castillos, viñedos y ellos mismos, colecciones de sombra que -para qué negarlo- inyectan frescura y adrenalina al corredor. Hay que fastidiarse, qué país tienen estos franceses. En fin, entre dejar alucinado al guardacoches del castillo con mi propósito de correr 60 kilómetros, y encontrar uno de los maravillosos senderos GR. de la zona, se pasa la primera hora de Sábado. La suerte de encontrar un tren que me dejase en Blois por la mañana temprano me permite entretenerme contando ruidos, aspirando olor a chaparrón de Septiembre, excitando el vello de la piel con el frescor de lo desconocido.

Usando con prudencia carreteras locales, avisto de nuevo la ribera del río de los Reyes camino de Chaumont. La guía turística me ponía la miel en los labios sobre un delicioso emplazamiento “mirando sobre el Loira”, o sea, sobre un cerro. Lo siento, me ocurre siempre: correr transforma la poesía en crudos pensamientos. De ello me doy cuenta al transitar por un terreno muy alomado, y pienso que quizá he repartido mal los kilómetros entre ambos días. Pero el hotel está reservado y Amboise figura a unos 30 Km. lo que, tras otros 19 de trotes y descansos, viento del oeste fresco y siendo las 11 de la mañana, me deberían dejar margen para dormir a siesta a medio camino. “Leches, a uno le tiran las costumbres españolas”, pienso mientras llego a Chaumont-sur-Loire, castillo de cuento de hadas, reinas con carácter y abierto a un parque pleno de hierba y pinos. En una boulangerie me aprovisiono de agua y zumo en abundancia, ofrezco la mejor de mis sonrisas como substitutivo del más terrible de mi francés, pongo cara de “que le voy a hacer, señora, llevo mallas largas y sudo como un gorrino” y me tumbo en el césped del castillo para reposar. Nadie me extraña y, pienso para mí, en esta zona llueve como para que un maratoniano estropee siglos de jardinería con una siestecita.

Me siento con fuerzas como para tirar hacia delante, y un cálculo rápido me asegura un colchón de tiempo como para llegar a Amboise antes de las 6 de la tarde. Segunda tanda: más o menos media maratón y sin síntomas de ampollas o agujetas a destacar. La tarde es maravillosa, se suceden Rilly-sur-Loire, la Godiniére, les Hautes Noyers, como maravillas de otra época, del campo francés, del orleanismo monárquico y de… carreteras infames. Empiezo a estar harto de tanto repecho por viñedos y bosques, además de comenzar a notar rozaduras, sobrecarga en las caderas y mala hidratación. Total, que cometo el infantil error del maratoniano: contar cuánto va quedando hasta Amboise, el hotel, la ducha, la cama y, sobre todo, un pueblo donde poder comprar bebida. Para más chiste, un inusual sol de otoño me castiga, cayendo de poniente, en los ojos. Mirar al asfalto, pensar en llegar, ignorar las molestias, la sed. Me imagino lo bien que quedaría toda esta paliza en un artículo, lo graciosas que salen las fotos que voy haciendo, pero parece que no llega nunca la hora en que me den el descabello, o que aparezca el final de la somanta. Pero no hay sábado por la tarde que dure toda la vida, y redondeo el día con 49 kilómetros en las piernas y la sensación de que el recepcionista del hotel llamará inmediatamente a la policía. Afortunadamente es un emigrante español, cosa que me hace ganar puntos al mostrarle mi reserva. Le juro que no estoy loco y que vengo empapado de sudor y sin equipaje (porque la riñonera no le parece equipaje, ¿querrá que encima acarree una maleta?), por que hago la ruta de los Reyes a pata.

El domingo me amanece soleado. Troto hasta la fortaleza de Amboise dignamente recuperado de ayer, y me recreo pensando que el siguiente castillo y su estación de tren están a escasos 15 kilómetros. Me enseñan como a otro turista cualquiera esta maravilla del renacimiento francés, almenado hasta las orejas y que todavía pertenece a la nobleza parisina. Pero, ¡ay!, las mallas o quizá las piernas que van dentro de las mallas causan mucho alboroto entre un grupo de japoneses y japonesas. No es que posea unas columnas comparables a las de Andrés Díaz sino que, en Japón, un corredor es casi un semidiós (que se lo pregunten a Martín Fiz). Avergonzado, soy incapaz de escapar a sus cámaras y troto cual cochinillo escaleras abajo, dirección Chenonceaux.

Superado del pavo, me recibe una cuesta recta y larga como el alma, y veo que este domingo no tocan ni relax ni tapeo: al contrario, me quedan 14 kilómetros ondulados que se hacen por los márgenes apestosos de una carretera casi sin tráfico. Me juego el pescuezo cada veinte minutos cuando cambio de lado del arcén, porque está demasiado peraltado para unos pies que comienzan a preguntarme si nos queda mucho. Aún así, Chenonceaux se encuentra al final de una bajada muy amorosa para el corredor. Cruce a la izquierda, y señal que indica hacia el castillo más bello que podía imaginar. Las fotos de los libros se quedan cortas, y desde lejos ya intuyo la majestuosidad de mi destino final. Es más, había decidido trotar hasta otro castillo dirección Tours, pero decido empaparme de parterres y magnificas vistas en una de las joyas del rey Francisco I, con una historia cargadísima que me paro a leer bajo un árbol de los miles que pueblan sus jardines.

Me río para mis adentros al oír un paso a nivel a mis espaldas. En efecto, Chenonceaux me permite enlazar con Tours en tren y esto se ha acabado. Al final se me ha ido la mano, han sido 62 kilómetros para un fin de semana. Bueno; también me decían que hay que alquilar un coche para ver esta zona. En cualquier caso el mal ya está hecho, así que, celebrando las bondades de la tarjeta de crédito (como ironiza mi bu
en Mario, el dinero “di plástica” de los italianos), me aprieto las tuercas con un platazo de pollo á la Chenonceau y un buen litro de agua mineral. El corredor es un ser que se relame con placeres y torturas: una salsa de vino blanco me da energías para empezar a dar vueltas a otra aventura. Corriendo.

4 comentarios

  1. Dice ser cabesc

    ¡¡las fotos, las fotos , las fotos!! queremos las fotos de tochoforzaseboman’00.Pues sí, sponjarr, queda bien para un artículo, muy bien, ¿por qué no?

    19 Diciembre 2006 | 16:16

  2. Dice ser Spanjaard

    Tendría que escanear alguna….

    19 Diciembre 2006 | 16:22

  3. Dice ser Sergio

    Tras leer ese relato mi santa y yo nos animamos a viajar a la zona y pasar una de las semanas vacacionales que con más cariño recordamos.

    19 Diciembre 2006 | 18:57

  4. Dice ser magopepo

    Luis, bonito valle el del Loira, sí señor. Ahora, lo del litro de agua al terminar el rodaje, en fin, que quieres que te diga que tú no sepas…En el Loira, precisamente en el Loira, joder, agua…

    19 Diciembre 2006 | 21:37

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