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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Juan María, autor de Macondo

De los meticulosos, obsesivos, paganos seguidores de Cien años de Soledad, nadie más entregado y febril que Juan María Ulacia Olmedo, de cepa navarra y leonesa, espeso de torso, bigotudo y compañero y amigo hace muchos años, en Barcelona, siendo los dos universitarios. Ahora que cumplen aniversario Gabriel García Márquez y también su libro seminal, después de la resaca de su lectura pública que llega de tantos lados, me he acordado de aquel tipo y de la mesa de la cocina de la casa que alquilábamos sobre la que escribía sometido más de noche que de día páginas y páginas inspiradas, dictadas, aconsejadas y hasta transportadas única y religiosamente de Cien años de Soledad.

Yo había leído el libro años antes debajo de una mesa, a escondidas, sin saber lo que había descubierto, robándoselo a una hermana de mi madre que luego tuvo once hijos, estuvo de misiones cerca de Aracataca y jamás entendió aquella novela. Pero en Barcelona, la vieja edición de Editorial Sudamericana que compartimos tanto y tantos se habìa convertido en la biblia y la bitácora de Juan María, en su brújula, su espejo, su medida, su norma y su cadencia. Y, por contagio, en la del resto de los vecinos de la casa. Todos los días y todas las noches Juan leía y anotaba sus páginas, hacía fichas, buscaba rimas, sacaba conclusiones. Y nos los hacía saber a los demás, tanto si sí como si no, que la volvíamos a leer en sus palabras, con puntos, comas y adjetivos, cada vez que le escuchábamos.

Andaba Ulacia Olmedo, Juan María, enredado por lo que contaba desde hacía años en hacer su propia novela con el aroma de las aventuras de Zalacaín en el meollo de las Guerras Carlistas. Lo sabía todo del asunto, pero su reto era trufar el tema de Baroja con los delirios fascinantes de Macondo, realismo mágico en el Bidasoa, hasta conseguir la mezcla perfecta, la carambola que buscaba y buscaba y que, para desesperación de su novia de la época, una larguirucha de sobresalientes y matrículas, pecho abundante y conversación de telegrama, la primera y última que escuchaba todas las versiones, jamás le satisfacía.

Nos perdimos la pista. Nada sé de él desde hace mucho. Y ahora lo vuelvo a recordar enfangado en la enésima variación de su novela, con el martilleo de la máquina de escribir salpicando a cualquier hora los silencios de la casa, sin darse cuenta de que el influjo de Garcìa Márquez era tan mareante, tan de horma y paradigma que, como el mítico Menard de Borges y su Quijote, estaba empezado a ejecutar fatalmente envenenado la involuntaria posibilidad de producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de los Buendía. Zalacaìan era Aureliano, Urbía era Macondo y Bautista y Caspitún empezaban a tener cola de cerdo.

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3 comentarios

  1. Dice ser Cronopio Urbano

    Muy bueno. Creo que tú también sacas un poco del García Márquez que cada uno llevamos dentro.Saludos

    06 Marzo 2007 | 9:25

  2. Dice ser irene

    sin duda uno de los mejores libros que he leido en mi vida, de hecho, cuando lei la casa de los espiritus me pareció una burda y mala imitacion de cien años de soledad mezclada con Agua para el Chocolate…Garcia Marquez es un maestro y este libro es una biblia en si misma.mi personaje favorito es amaranta, por su fuerza y su genio…y vi por primera vez la palabra Dagerrotipo…fue todo un descubrimiento del misticismo y de lo que significa estar enganchado a un libro…casi lloro cuando acabosaludos

    06 Marzo 2007 | 18:39

  3. Dice ser Soledad

    ¡Uff!, pues yo sólo vengo a refugiarme y en busca de un poco de PAZ. Cómo están las cosas fuera J.A., es que ni te asomes.G. Márquez es un genio. LLenar las páginas en blanco como él lo hace es un Don, reservado a muy pocos.

    07 Marzo 2007 | 1:25

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