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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

El espejo que refleja el blues

En los últimos años setenta yo pasaba mucho frío. Mucho. De noche, sobre todo; y en la calle, más que en ningún otro lugar. Pero, claro, quién decidía irse a casa, quién era el cobarde, quien se rendía, quién se atrevía a aceptar que no tenía nada mas que decir definitivamente. Apoyados en una pared, a la sombra de un monumento – en mi ciudad, las herencias arquitectónicas tienen siglos las más jóvenes- arreglábamos el mundo encogidos bajo una estatua a tiro de piedra de la orilla del río y, ahora estoy seguro, si no terminamos de cambiar la historia fue porque el frío polar, el viento de cuchillo de casi todo el año, nos vencía en la página anterior al amanecer, y nos condenaba a volver a casa con las orejas rojas, los hombros artríticos de puro encogimiento y la certeza de haber estado a punto de encontrar la ecuación perfecta, a un minuto o mucho menos de haber tocado la solución a todos los males mayores del universos, pero sin conseguirla, en particular, a los nuestros más pequeños, a los nuestros, Martita.

Fue entonces cuando lo imaginamos. Arreciaban las noticias aquellos días sobre la gran presa que los chinos querían construir. En realidad llevaban como poco décadas y décadas hablando del invento, pero nosotros justo entonces nos enterábamos del cuento, y de refilón, no exageremos. Todo lo que sabíamos era que los chinos quería unir dos montañas, soldarlas con otra falsa montana artificial intercalada, y tener entonces una pared enorme, un farallón en plena estepa, otra muralla, la prensa más grande, desorbitada, de gigantes, tan grande como el continente y el país que la albergaba. Lo hicieron, han tardado casi treinta años y todavía no la tienen rematada, pero ahí está: la presa de las Tres Gargantas, una mole de cemento de 2,3 kilómetros de largo, 115 metros de ancho en su base y 185 metros de alto.

Una faja inmensa en medio de la nada. Nosotros nos quedábamos con eso. Entonces nuestra imaginación no podía llegar a los detalles, ni a los kilowatios de la presa, ni a la navegación del río Yangtsé, ni por supuesto a los cientos de miles de personas que tenían que morir obligatoriamente en otro lugar al que nacieron; nosotros nos quedamos con la idea madre, que hacía mucho frío: una presa, una pared, una faja para cambiar el curso de la historia, del agua, del clima, del viento. De eso se trataba. Nosotros necesitábamos una pared como la que los chinos inventaban, una pared que cerrara la puerta norte por la que a la ciudad entraba el viento asesino que duraba todo el año, entera nuestra vida. Una faja que nos cambiara la vida y nos permitiera tocar la felicidad antes de que el amanecer nos desterrara al condenado dormitorio adolescente.

Así que una noche cualquiera comenzamos a pensar con la ventilación ártica de cada madrugada por supuesto a nuestro lado : se trataba de construir una pared que uniera las dos mesetas que cercaban la ciudad. Cerrarla por septentrión. Matar el cierzo. Acogotarlo. Ahí, en la pared enorme, golpearía el aire y ahí el relente dominado en el frontón ya no sería un enemigo, que se fuera por dónde había venido, que nos dejara estar un poco más juntos, esa última hora, ese minuto final. Si los chinos lo habían hecho… un momento, ¿por qué despreciar tanta energía? ¿por qué consentir que el viento se dé obligatoriamente media vuelta? Aprovechemos su empuje, exprimámosle. Qué idea, zumo de viento, amigo Sancho.

Ese viento que se lleva las nubes, que erosiona nuestra tierra, que agita las olas, que levanta las semillas, que hace volar a los aviones, que a nosotros nos lija la existencia, ese viento haciendo girar las aspas de mil molinos como nidos encima de la faja enorme. Míralos, como dan vueltas, ellos no sienten el frío, no tienen alma ni deseos, Martita, obedecen, giran y obedecen y producen energía. Son felices. Esclavos felices, por supuesto que nos salvan del aire que congela nuestra vida. Qué invento la faja gigantesca. Espera. Un momento. ¿Qué hacemos con esa energía? ¿A quién se la enviamos? Somos nosotros los que la necesitamos. Lo tengo. Esa electricidad calienta el aire. Tiene que calentarlo. ¿Te imaginas? Grandes cantidades de viento gélido grandes molinos grandes turbinas grandes acumuladores de electricidad que calientan grandes resistencias generosas que templan el aire, que calientan el viento y nos lo envían retocado de calefacción, tibio, tropical si así lo quieres.

¿Te imaginas?: esta corriente de friura que nos pinza el cuello convertida en una brisa que nos acaricie: un abrazo templado a todas horas. Y, oye, si sopla para nosotros esta noche, suspira para todos; y en lugar de traer desapego y prisa tonta como siempre, en lugar de cruzarnos con gente áspera y encogida cada día, el nuevo aire acogedor nos relaja y nos viste de colores, camisetas de colores y sonrisas, y alimenta las cosechas, por ejemplo, y dónde sólo crecen empeñadas las patatas, puede aparecer yo que sé café, claro, y tabaco, chirimoyas, mangos y guayabas. Y algodón, y si hay algodón, hay blues, fíjate, inventaríamos el blues en vez de tamboriles y dulzainas apretadas y Muddy Waters, quién lo niega, sería de este pueblo, y nosotros todos negros, chinos y negros, recogiendo el algodón, cantando, por supuesto, fuera las cadenas, nos harían películas, ya no somos esclavos, ya no existe la enorme sombra gótica, ni el tifón de nieve, ni las sotanas revoleras, ni el caqui, ni el para qué te empeñas, ahora hay cabañas y palmeras que se mecen con el viento delicado, las ves, Martita, las veis, eh, vosotros, escuchad, ahora la noche es un poco más perfecta, dura más y aquí se está muy bien, se está perfectamente con el calorcito que llega de la faja, ya podemos arreglar el mundo, Marta, ya podemos estar juntos un poquito más, en camiseta, casi treinta años hace, pero si en Italia, en el centro de los Alpes, han inventado un espejo que les lleva el sol dónde en meses no lo sienten, si los viejos del lugar desfilan con gafas de sol en lo más hondo del valle, nosotros podemos poner la faja en la meseta y dejar de vivir para siempre en los setenta y mucho, mucho antes.

Qué frío. Que airón.

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