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Un deportista es aquel que sabe que el triunfo del otro es también una recompensa: la de haber encontrado alguien mejor

Alemania y otro

Que éste está siendo un gran campeonato de Europa es una evidencia confirmada esta noche en Basilea. Que el partido más rácano haya sido en el mismo el Italia-España sólo se explica por el pavor que inspira la squadra azurra, especialista en sacar petróleo de cualquier situación. De manera que España cumplió honorablemente su papel y se enfrenta en semifinales a los tiburones del Báltico, de los que ya hablamos aquí hace más de un mes.

La dignidad del fútbol, su grandeza, lo que hace que sigamos embobados este juego desde hace tantos años la ha puesto en este campeonato Turquía. Desarbolada por lesiones y tarjetas, sin el portero tirular, sin Nihat y sin Tuncay, plantó cara desde el primer momento al ejército alemán con auténtico espíritu de guerrilleros: marcaje férreo, velocidad en el despliegue, verticalidad y fe. Nadie daba crédito a lo que estábamos viendo: a la lección de fútbol ordenado y agresivo de los turcos, a su profundidad, con un balón escupido por un poste de Lehmann. De pronto se hizo justicia: el segundo balón al poste encontró rematador. estaba ganando el patito feo, y el patito feo era un cisne llegado de Anatolia.

Pero Alemania, desde que yo la conozco, nunca está muerta: me gusta recordar, para los viejos rockeros, el Alemania-Italia de México-70 en semifinales, con un gol agónico de Snellinger, prácticamente cojo, en la prórroga, que tampoco sirvió para nada. Bueno, sí, para demostrar la enorme grandeza de dos competidores únicos, que buscaban una plaza en el patíbulo: que eso significaba enfrentarse a Brasil, a aquel Brasil de Pelé, Gerson, Carlos Alberto, Tostao o Rivelinho, la máquina más perfecta de fútbol que se ha conocido hasta ahora.

Y Alemania empató. repitiendo una jugada que ya habrán estudiado nuestros chicos varias veces, con Podolsky entrando por la izquierda con una velocidad de elegido y Schweinsteiger adelantándose a la defensa en un ramte por bajo. Había merecido más Turquía, pero hay jugadores decisivos, y esos vestían la camisola contraria.

Decisivos de verdad los porteros. Si Turquía pasó la primera ronda fue gracias a un fallo de Cech; y si Alemania ha llegado a la final fue gracias a un fallo clamoroso de Rüstü, cantando en la salida el coro de las Walkirias. Aún hubo reacción: el prodigioso lateral Sabri sacó fuerzas de no se sabe dónde, hizo un regate que firmaría Romario y le puso en bandeja el empate a Sentürk.

Entonces apareció el espíritu alemán, el de siempre, el de los carrileros que van al combate como Snellinger en el setenta. Esta vez fue Lahm, que jugó a pierna cambiada, lo que tiene su mérito, el que hizo una jugada portentosa, como corresponde a uno de los grandes del fútbol mundial. Entrar por la izquierda le dejó el balón en el área sobre su pierna buena. Y no perdonó.

Maravilloso partido. Honor al fútbol turco y a esa nación que quiero tanto. Todo el resto cabe en una sóla palabra: Alemania. Hay que descubrirse.

Y hay que ganarles. Si llegamos.

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