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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

¡Qué necesidad había de descubrirlo! Vivíamos tan felices…

Tres descubrimientos que tienen en un sin dormir al personal.

1. Collado de la Dehesilla – Morcuera. Tramo sabatino del Gran Trail de Peñalara, en el que todo quisque andará o trotará al filo del mediodia. Con el afán propio de conocer lo desconocido, y porque los madrileños somos en general gente con prisas, pero también más temerosos de los elementos naturales que si hubiéramos nacido en el Golfo de México o en Krakatoa pueblo, está el 50% de los participantes de la prueba reconociendo tramos. Ay, que comentan que la bajada al sol en medio de Julio y su posterior discurrir por la falda sureste de la Morcuera será un matadero. Dicen los mapas que ahí llevaremos escasamente 25km y que muchos se tirarán a morderle minutos al reloj, en previsión de llegar de día a la parte más asesina de la prueba, las cresterías de Peñalara y los Claveles, por encima de los 2.300m.

Cimenta Jorge Pardillete sus reflexiones en el hecho irrefutable número 1. No hay una puñetera sombra en grandes zonas. Apuntala las mismas con el hecho irrefrenable (como las bravas vaquillas con dorsal) número 2. Estaremos relativamente frescos y pensando en que ahí dicen las viejas del lugar que se puede correr. De los pocos tramos en los que aún estaremos corriendo. Y el personal ya ni duerme ni caga. Malo era pensar en cubrir rápidamente el CP1, subir la Maliciosa (jesús qué nombres) y bajar a Canto Cochino sin perder el cierre de control. Pero, ¿es peor aún seguir espitao hacia el CP2? ¿Qué dejaremos para el CP3?

2. La Herradura. La Malvarrosa. ¡Qué tranquilos vivíamos los monos mesetarios sin saber del lugar!. Mira que hará años que el amigo Pepo nos llevó por aquel tramo fronterizo de Alboraia con la Malvarrosa y nos zumbamos un arroz con bogavante y unos pacharanes. Eran años míticos, los críos eran canijines y se quedaban en casa de cualquier abuela, y Pepo era un robusto y tenaz corredor. Mira (insisto) que hay sitios desde que dejas J.J. Dómine, condominio de la falla de Pepo y donde un año en el maratón valenciano tuvimos animación king size. Conduces por donde el adefesio de los karts y demás elementos pro-F.1 de la ciudad resistente a la mala cara, a la derecha hay una hilera de restaurantes, luego puedes dejar el coche al lado de La Murciana, del Bobo, meterte a la parte de dentro del barrio. Pues no, tuvimos que reservar en La Herradura. Chipirones con ajetes tiernos. Sepia de la que sabe a sepia. A banda para cuatro. Viento fresco del este y rostros impávidos ante el sol y el ruido de las bodas de valencianos y las comuniones de valencianos (debería preparar un especial ‘retratos’ un día de estos) y el que se besen.

Qué arroz. Qué vergüenza volver a elaborar un arroz ahora. Es asumir que en casa de uno lo más que se logra es una receta de callejeros, habiendo templos donde el horno encostra esa plaza redonda, vitrubiana, ese circo máximo del comer, la paella.

3. El buen tiempo. Nos habíamos hecho ya a las mujeres abrigadas hasta los ojos. La española friolera ha decidido, una temporada más, mostrar a sus amigas y a sus compañeros de trabajo y a sus novios y maridos que tiene piernas, que posee un acantilado entre sus pechos y que nos vamos a enterar.

Tanto tiempo anhelando que se quitara ropa y ahora temblando que nos hallamos.

1 comentario

  1. Dice ser Elage

    Luis, de acuerdo con los tres descubrimientos, pero en orden inverso.

    01 Junio 2010 | 07:26

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