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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Berlin

Berlín ha pintado sus calles de azul. Las ha redondeado y sobre ellas vuelan unos tipos que pisan con la parte de delante de las zapatillas. Anteriormente pisaron por ellas las bailarinas, pintores, prusianos de cuando Prusia se llamaba Prusia, cabareteros y yo mismo, recorriendo como conté hará meses las avenidas de un lado y del otro de su costura, de su cicatriz estúpida.

Nota bene. Este es el típico post conmemorativo de un campeonato internacional de atletismo. Por cieto, cuenta Ignacio Romo que la cosa va de correr a velocidades inexplicables. Pero Nacho dice que todo es por que

Bolt es ilógico. El relámpago de Trelawny ignora cuáles son sus límites. Por eso los traspasa. Hace 31 años , cuando Bob Beamon saltó 8,90 metros en el Olímpico de México, un entrenador inglés comentó: “Lo ha logrado porque no sabía que era imposible”.

Quizá. Yo ví que en Berlín se corría mucho porque había unas ansias inexplicables de okupar en Prenzlauer Berg, de tomar el desayuno dominical en una placita, la de la Zionskirche, de rellenar los millones de metros cuadrados que dejó un crecimiento urbano esponjadísimo (esponja rima con spanjaard). Lo mismo Bolt quería llegar a tiempo a tomarla con su colega Powell a la Pigasus de Thorstrasse o a las naves ocupadas de Tacheles, en Oranienburgstrasse 54. En cualquiera de los casos, Berlin ha cambiado del gris ceniza de las pistas que pisaba Jesse Owens en 1936 y de las aceras de Pankow y de Mitte, por el azul cielo de las pantallas celestiales y de las canchas de Kienbaum en Berlín o del O’Brien Stadium de la Universidad de Illinois.

Tengamos cuidado, de todos modos. Muchas veces se ha creído que el azul cielo deportivo ha conllevado cambios al gris espectro de la sociedad; el propio Jesse Owens relataría tras sus gestas y miles de líneas de los JJOO de 1936:

Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente.

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