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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Rembrandtpark… [sigue]

El mendigo angloparlante al que todos llamaban La Gallina vivía, por temporadas, bien bajo un ala del puente añejo de Postjesweg sobre el parque, donde las noches de temporada de primavera-verano eran húmedas pero aireadas, bien en alguna casa de acogida en el centro donde el estado del bienestar daba mantas y sopa con tropezones a los dementes y alcohólicos con posibilidades de reinserción, o a antiguos aterrizados en la ciudad de los canales que perdieron la cabeza en las fiestas químicas de los ochenta.
Derrick era un pozo sin fondo y sin cuerda. En la profundidad de su mente de verano se apilaban cuentos que relataba a los otros solitarios de la ciudad, que contaba a turistas drogados en Vondelpark. Pero la cuerda por la que se podía rescatar a La Gallina de su aislamiento mental, de un trance psicotrópico en el que caía cuando iniciaba sus relatos breves, aquella cuerda se había podrido con la humedad de la ciudad, con el ácido de su saliva. Derrick caía al vacío mental de los budistas, de las viejas católicas que se elevan –dicen, ¿no?- centímetros de su reclinatorio al rezar el rosario, del que sólo su mecanismo de reloj interno le rescataba. Cuando pasé por su lado paré.
Young man, han venido dos ambulancias esta tarde al parque, no, ayer – balbuceaba con un inglés podrido por la calle y las latas de cerveza de primera hora de la mañana – han puesto la manta de metal a una chica, lo he visto, joder, young man

Cuenta Derrick con frecuencia la historia de su llegada desde una isla antillana, puede ser, si fuera británico ni el alcohol ni las drogas le habrían arrancado el tableteo de su acento ametrallador, más aun se lo habrían acentuado hasta convertirlo en un Spitting Image de sienes desordenadas, tez roja y abrigo de espiga. Su relato arranca en una llamada de la salvaje Europa de finales de los setenta,donde el nihilismo y el punk etílico evocaban la necesidad vital de sangre y carne frescas en las aún aburridas ciudades del continente de las luces. Cuenta que tuvo que trabajar vendiendo baratijas a los turistas de Nassau, traficar con armas y finalmente matar a un hombre en su escalada por financiarse el billete de avión a Londres, para recaar finalmente en un ferry rodeado de enajenados viajantes del ácido. Tardara mucho o todavía más en reunir sus fondos en la antilla de su origen, homechicken Derrick vió pasar por delante de sus ojos el sepelio del punk y eligió las fiestas del LSD de Amsterdam frente a la sucia heroina. Discutirá contigo sobre si fue antes o después, si más mortal o menos e incluso sobre la variedad de drogas químicas que adornaban aquellas bacanales de individuos mutados en brazos y manos encadenadas bajo las luces y ruido de la Paradiso o de alguna nave industrial. Pero no podrás intentar arrancarle qué pasó después. En ese momento parará su breve relato semibiográfico, anegado por los bordes licuados de su cerebro que se han ido desbordando con mejores y peores etapas. Derrick ha sufrido estos deshielos con más o menos daño y en muchas ocasiones se le terminan los recursos pasando al delirio de cada una de las versiones. Es interesante, si un día te lo encuentras por Amsterdam (es un tipo agachado pero no deforme, va agitando una lata con unas monedas al son de calipso), por el cinturón de los nobles canales, Keizersgracht, Prinsengracht, Herengracht, maldiciendo las remesas de turistas o cantando nauseabundo y alegre a las hileras de japoneses, cerrando estos espontáneos baños de multitudes con el final de su relato.
– Dios sabe, oh sí, lo sabes, cabronazo, que me trajiste paz en el alma pero me jodiste el cerebro.

Derrick también cuenta a sus compañeros de batallón de pescadores en la esquina de Admiralengracht, a la vuelta de la esquina de mi casa, una historia terrible sobre los maltratos a los que es sometido por su casero. Esto le empuja a dormir en el tiempo más benévolo bajo las estrellas – ya ausentes, pongamos diez de cada quince días, ya escondidas tras las nubes- donde dos o tres miserables más sueñan con que son afortunados por conseguir una libertad en una ciudad de figuras de madera, y quizá tengan razón porque han conquistado una terraza con vistas a su dejadez lenta y orinada. Cuenta, o contaba en los días que salí antes para rascar el hielo de la cadena de mi bicicleta, a quien quería oirle, que en el refugio de Brouwersgracht dos monjas como bulldogs con sus manos metidas hacia dentro y una de ellas, al menos, con gafas metálicas, le tiraron sus ropas y su saco robado y gélido a la calle. El aislamiento de los viejos batalladores de las fiestas del ácido es mayor aún cuando lloriquean en momentos de lucidez. El penar de los alcohólicos de perfil bajo, de dos latas de Heineken a las que despunta la luz, en cambio, es más cordial y se limitan a molestar lo justo por los soportales de Kinkerstraat, mientras se montan los primeros puestos del mercado de diario de Ten Kate Markt. Cuando les puede cierta conciencia de marginado detienen todos sus historias y sus peleas y reconocen que necesitan un respiro de la ciudad que les ahoga; un trozo de cielo donde levantar metros y metros su nariz y tomar aire, abrir la garganta reseca y sacudirse el malditismo. Muchos sabemos que, además, no hay ningún albergue en Brouwersgracht. “Ellas me sacaron a patadas”, repite Derrick, en cuya memoria se mezclan otras expulsiones, “son como cuervos, ¿sabes?, entre dos te agarran y te tiran los trastos a un rincón y escarban para robarte”, insiste.

En mi cobarde reconocimiento del parque, paré bajo el puente donde recolocaba su vida, como si preparara una pira funeraria temporal, por si a Derrick le pillaba esa noche la muerte a la intemperie. Como el altar de todas las vigilias, para que nada quedara al azar en caso que un infarto cerebral o una paliza o agresiones de las frecuentes entre indigentes, le supusiera a nadie más trabajo que el de levantar un cadáver por quien nadie respondería. Derrick contaba (y al terminar siempre lloraba en búsqueda del reconocimiento de sus diversas almas vagando tras varias muertes en vidas anteriores, decía) cómo vivía allí para no molestar. Había encontrado refugio en las zonas verdes de la ciudad de los canales después de residir temporalmente en la cárcel y en un hospital y, contaba, no quería causar más preocupaciones como si una redención en las aceras le acercase a los corazones de quienes ofendió.
– ¿Qué quieres, young man? Ya te dije que pusieron una sábana de aluminio encima de la chica. La corredora. Les digo cuando pasan que tengan cuidado – se lanzaba nervioso hacia su versión mientras enrollaba nervioso un trapo gris deshilachado.
– ¿Corría sola?
– Hey, yo no la toqué. Sola, claro que corría sola, este parque sólo gusta a los solitarios. Amsterdam es un gran centro comercial rodeado de grandes aparcamientos de almas, man, el Señor sabe que yo soy incapaz de molestar, la ciudad está lleeeena de los que hacen el mal, por el día van todos al Barrio Rojo a acercarse y tentar a los japoneses, a los hooligans, young man, pero sal hacia el barrio, Satanás se lleva a la gente después de las cinco de la tarde y deja todo lleno de arena, de skunk liado por los mochileros que se tambalean después de dos días de movida, ¿sabes que puedes recoger hasta cien pavos del suelo si no hay otro cabrón que te lo quite o te peguen?; no, el Señor me guía y yo no tocaría a una joven que corre sola, hermano.

Aquel pobre tenía razón. A su manera, los mendigos y toxicómanos de la ciudad vagaban paralelos a la realidad. Para Derrick era Satanás, para los hijos de la emigración de los setenta y los ochenta era el guetto, para mí era encontrar un punto donde apoyarme y decidir qué hacer con mis próximos diez años, para una generación completa de jóvenes de toda Europa era transformar una energía enorme en una recompensa moral, en evitar la sensación de haber fracasado después de años en las universidades, aprender de grandes gurús oxidados que terminaban la clase levantándose la montura de sus gafas sobre el caballete de la nariz y conducían hasta pisos prohibidos para sus alumnos, se cambiaban el traje por unas bermudas mal escogidas y un polo Ralph Lauren para disfrutar de su jardín trasero; o cruzar Luchana y acercarse al VIPS a comprar el periódico y ojear una o dos guías de viaje contemplando ese decorado maravilloso de casas estrechas, canales, alimentar la ilusión urgente de hacer algo con unos estudios a punto de terminar. Abandonarlo todo o aprovechar una última bala en el tambor de la ruleta rusa de la juventud. Y ni siquiera éramos parte de la generación X; éramos sus hermanos mayores, a los que se cercenaba la posibilidad rebelde y obligaba a heredar, mejorada, la responsabilidad de sostener el país.
Demasiado jóvenes para competir y demasiado viejos para rebelarnos. Aún así, varios centenares convergimos en la ciudad donde Satanás se llevaba a los holandeses a casa y acababan de asesinar a Eva. Como telarañas aisladas que cuelgan de los esquinazos, vivimos el paso del milenio avistando desde lejos a nuestros semejantes, haciendo de la distancia un nudo en el estómago.

– Mira, se le cayó esto un poco más atrás – me tendió con su mano marrón amarillenta – te juro que no lo he leído, te lo doy porque te conozco, porque vienes a correr mucho por aquí, hermano… además no es bueno que a un mendigo le encuentren papeles.
– ¿Pasó por aquí, por delante tuyo?
– Pasaba sieeeeempre, man, entraba en el parque desde allí a la izquierda – dijo bajando la voz para que el eco del puente no desvelase más de lo que deseaba, y señalando hacia la comisaría de Surinameplein – tu entras por estas escaleras, ¿nunca la has visto?, parecía una bonita española, Señor. Qué raro que no la conocieras.

No, los españoles no nos conocemos. Nos sorprendemos constantemente pensando y actuando.

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