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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Amsterdam; fragmento 'biopic'

Conservo, en cambio, lo tangible y cruel que se me hizo todo cuando conocí este país por primera vez. Un aeropuerto que te recibe a oscuras, en pleno Enero, filtrado por una ventanilla de un avión que se moja, ese caleidoscópio construido que solo deja ver gotas brillantes sobre las que estallan las luces de la pista, de la terminal. Recuerdos inhóspitos buscando un transporte adecuado en medio de carteles amarillos con consonantes imposibles, olor a Burger King concentrado y gente kilométrica. Unas indicaciones y un sistema de transporte y una moneda nueva, ya vieja.

Aankomst. Het laatste nieuws en actuele vluchtinformatie via uw mobiele device bekijken?

Más y más información ilegible en amarillo. La gente parece cansada y es que, a las 20.48 en Enero y en Holanda, es de noche y parece más de noche aún. Viajeros blancos y negros y marroquíes con aspecto quemado, de regreso a sus casas, blancas, negras y marroquíes. Circulamos al mismo tiempo por las mismas escaleras mecánicas. A ellos les puede el desgaste de la rutina. Yo bajo al andén del aeropuerto de Schiphol desgastado por un pánico y aturdido por un zumbido en la cabeza. Vamos juntos pero separados por telas conceptuales. No tenemos nada que ver ni que contarnos pero a todos nuestros hilos los manejan las mismas manos.

Por esa misma razón, la de haber perdido la esencia bajo los hilos de los marionetistas de la élite científica, busqué con ansia un simulador literario. O cualquier cosa. Un diario en la red, los blogs que odia mi personaje, lo que fuera. Igual de desesperadamente busqué un club. Dí con unos que corrían dando vueltas a una pista de tierra, casi centenaria, en funcionamiento desde los años veinte y donde se intuía el rayado de las zapatillas de clavos de aquellos atletas que fueron olímpicos en 1928. Dí con gente sosa y gente buena, dí con Lukas, compañero de rodajes, ilustrado y loca perdida con una barba rizada que se había sacado de un grabado de Rubens. Dí con Jack, judío amsterdamita sesentón y responsable y con su alter ego, Jan, taxista ludópata y aficionado a los coches descapotables. Me acogieron como se acoge a la gente en el noroeste europeo; con una calvinista y amable frialdad. Ellos dieron, quizá, con un desagradecido solitario al que le cuesta admitir que todo vale.

De unos aprendí a entender –algo- de la honestidad holandesa. Con otros ví en directo el segundo avión que se iba, irremisiblemente, contra la segunda de las torres gemelas de Nueva York. Supe de inmediato que Al Qaeda estaba detrás, porque me lo dijo el judío. Pero no sabía mucho más. De vez en cuando me escapaba en el Saab descapotable de Jan, el entrenador con cara de loco que guardaba botellas de Möet Chandon en la guantera y que abríamos cuando volvíamos de trotar por los pinares y arenales de Aardenhout.

-Anoche conocí a una chica en el Paradiso…

Yo no hacía más que preguntarme cómo podía ser que aquel espárrago con la nariz partida y apagada voz de sordina pudiera ser mi compañero de trotes. El entorno favorecía haber buscado un alegre grupo de corredores novatos, de ambos sexos, haber subido y bajado por las pistas adoquinadas que recorren en todas direcciones la costa holandesa desde Den Helder hasta Den Haag. No, era demasiado fácil. Lo cómico superaba lo deseado. Era escolta y casi celador de psiquiátrico de un sempiterno lesionado que juraba haber rodado en pelotón durante horas en una ultracarrera ciclista por Dinamarca, hasta entrar en un trance aeróbico, casi dormido.

-… estuvimos de cena y luego nos terminamos acercando a Leidseplein a por dos amigas suyas…

De mentalidad infantil, de dos ojos encajados a escasos milímetros le surgían llamaradas de irrealidad. El taxista del champagne vivía su realidad a golpes. Sólo mantenía su pulso firme para acelerar o frenar el cabriolet o para encerrarse en un piso lindando con Brouwersgracht, el canal de los destiladores, guarida pagada íntegramente con dinero negro, en cuyo interior se apelotonaban diplomas y fotos viejas y folletos de viajes exóticos. He preguntado por ahí y nadie recuerda haberle oído previamente esa expedición por las llanuras de Jutland. No mentía; Jan tenía el vicio de navegar a deshoras.

-… y aún me ha sobrado una botella de Möet.

Que tuve que descorchar yo; en pantalón corto y camiseta de algodón de la Leiden Marathon, al lado de un descapotable negro. Fue una de las primeras veces en cinco años en las que me sentí terriblemente fuera de lugar.

[fin sección; fragmento a conectar con esta entrada]

1 comentario

  1. Dice ser Elmorea

    En aquella y esta entradas he sido el primero en comentar.
    Ratifico todo lo que dije en aquella. Sin quitar ni una coma de esas que no me acostumbro a colocar como es debido.
    Saludos.

    09 Diciembre 2007 | 19:16

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