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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Tap, tap, tap, pasos en la oscuridad

Tap, tap, tappatap. Era como un palmeteo suave de zapato bajo contra la acera y que, a mis espaldas y en la casi plena oscuridad, hacía girar la vista casi sin querer. De todas maneras, lo cercano del paso de cebra, dos farolas y el abundante tráfico de la periferia que regresa tardía a casa me retenían mirando al frente. Tap, tap, tap. Podía ser, tanto un mocasín lleno de horas de discoteca como un zapato bajo que se ha currado decenas de subidas y bajadas de escalera. Lo mismo venía a mis espaldas una reina de los aparcamientos y poseedora de ese magnetismo que pone rabiosamente cachondo a Bigas Luna, que podía ser una peruana bajita de ascendente budista que venía, con prisas, camino de su último recado doméstico.

En el peor de los casos, alguien que huía. En el mejor, un trote animado por mi presencia, moreno, muslos torneados, mallas grises y naranjas abrazando unas piernas doloridas pero bonitas. Entre medias, todo. Cualquier cosa.

El asunto del tap tap tap era que no se detenía. No me malinterpretes, no es ese recurso literario del garrafón que hace que a uno le martilleen cosas en el cerebro. Era que no paraba. Así de prosaico. Al paso de cebra se llegaba en diez segundos más uno, once, los que me llevaron en girar a ver la fuente sonora de la tarde. El segundo doce, par, rojo, para pensar para mí en que esa sombra con una bolsa de cordel en la mano para la comida, chaquetón de cuero tres cuartos y pelo revuelto contra dos recogidos como queriendo abusar quizá hubiera pensado en qué fácil es esto de correr, qué oxigenante y qué rápido se llega al autobus que se acerca por Manuel de Falla. Trece segundos después de oir el pisoteo del castor contra el dique, el tap tap se convierte en un horrendo pitido de ZX gris metalizado.

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