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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

La invasión de los morros amenazantes

No sabía yo que me daría tanto de sí comentar lo que me sucedió el otro día con la visita a los cardiólogos. Resulta que viví en mis carnes, y ahora que lo pienso me da más respeto que la próxima tirada larga, una invasión de zombies clónicos hinchados de morros. Bótox por aquí, bótox por allá. Una enfermeda iba con un rubio discreto peinado y recogido con diadema, de blanco ella, con dos morritos calientes sacados de una charcutería.

Que tamaña beldad hipercalórica se hubiera hecho lo que se había hecho no era, en sí, un insulto a la vista ni al buen gusto. Que la mujer quería parecer juvenil a sus largos cincuenta, pues bueno. Que además, de rubia y con diadema, o con pañuelito de snoopy o con uñas pintadas de rosa adolescente, ole por ella. Pero es que la hija de su madre no podía reirse. Vamos a ver, no es que su trabajo sea como para troncharse cuando le llega a radiología un señor achacoso o una mujer con la cadera partida. Es que la cosa de la sonrisa, esa amabilidad y familiaridad que las enfermeras tienen con todo el mundo que llega (vulgo, pacientes), se le quedaba en una mueca congelada como esos dibujos de un mero con los belfos hinchados. ¡Qué horror!, pensé.

Como la fábula de Samaniego, cuál no sería mi sorpresa cuando ví que otros recogían, las migas que él arrojó. Y es que otra compañera de gremio pero con 15 años menos se había hecho otro cristo similar. Pero en moreno. Y llego a casa y enchufo la televisión y salen las reas de Alhaurín, las marbellíes como la Zaldívar, las presas del Consistorio, y todas están embutidas como el morcón prieto.

Y en esto me entretuve el rato en que ayer subía corriendo con la mochila, en sesión de tarde de un día de doble entrenamiento. Y recordaba cuando hacíamos matanza, y mi padre y yo metíamos el magro en aquella tripa de cerdo lavada y tersa. Y … había que pinchar lo embutido con unos alfileres con bola de nácar que conservaba mi abuela Julia porque, si no, la cosa embutida reventaba. Asociaciones sin más.

3 comentarios

  1. Dice ser Shoogle

    A los chorizos y morcillas se les pincha para que les salga el aire que sobra y el embutido no se pudra. En las no enferemeras que mencionas parece que ya están completamente podridas por lo que los alfileres no serían solución. PD:¿En tu pueblo embutían los hombres? En el mío es labor de mujeres, foco y altavoz constante de cotilleos y habladurías, como un “tomate” anterior al televisivo. Otra muestra de la circularidad de la vida o como dicen los de allí “que tó está inventao”….

    16 Septiembre 2006 | 23:27

  2. Dice ser Spanjaard

    Shoogle, en mi pueblo se embute y se raspa la sangre de los cantos. Sólo una cosa está prohibida en tiempo de matanza a los hombres: entrar en la cocina cuando se está echando la mezcla y proporciones del pimentón, oregano e ingredientes secretos al mondongo.

    18 Septiembre 2006 | 11:42

  3. Dice ser Shoogle

    Pues vosotros os lo perdéis, a mi desde pequeñajo me pillaron las abuelas para “revolver el mondongo” por los brazos fuertes y la boca cerrada. Así pude escuchar los rezos bisbeados mientras agitaban el orégano o cuando soltaban las pimientas ente los dedos, talmente como si pasaran cuentas de rosario… Qué lástima si los enanos de 4 años no lo conocen (felicitaciones para ellos y gracias por volver a colgar la “escalada” a la Paz de aquel día, a mí me tocó un poco después y allí mismo recordaba ese relato.

    20 Septiembre 2006 | 20:55

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