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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

I'm scared to death, that's why I keep on running (R.Williams)

Ayer comprendí por qué corro. Porque estoy acojonado. Acojonado del mundo y de sus habitantes, esta vez no, no tanto, quiero decir. Ayer tarde no eran los simios violentos los que me hicieron correr, ni el tiempo climatológico (éste me hace correr pero impulsándome a ello, nunca me asusta). Corría sin parar ayer a las 6 porque pensaba que, parando, me deslomaría desmayado. Me iría al suelo como un saco de patatas con esas estrellitas en los ojos que aparecen cuando vas vacío.

El hambre, ocasional, no vamos a engañarnos, me había regresado tras 24 horas de regreso al café de máquina, a la oficina donde uno está sentado y encogido hasta tanto no haya que ir a la impresora a por algo. Toda la tarde de anteayer había tenido un nudo en la boca del estómago con amagos de vomitar, así que postpuse mi retorno a las zapatillas para el jueves: un 4000-3000-2000, dije. Pero todo el día recuperándome y comiendo con algo de hambre atrasada me dejaron en blanco.

Salida con inmejorable temperatura, inmejorable calentamiento, la calle 1 vacía. Arranco demasiado veloz pero al paso por el 400 he regulado para, aún así, bajar de 1.30. Bajo más y encaro el primer mil del ‘cuatro’ en un liviano 3.50. Aflojo pero -ay- noto hambrecilla. Procuro no mirar ni hacer caso a nada, pienso en otras cosas, paso el dos en 7.45, pero ya tengo hambre voraz, canina. Y empiezo a pensar que esto, a aún 12 semanas de Donostia, tampoco lleva a ningún lado. Solo será un 4000 y para casa. Mañana le damos más… pero me asusto un poco más al paso por el 3. Ya cuento las medias vueltas, los cuartos de vuelta. Como me pare, fijo que me desplomo. El tercer mil ha sido normal, 3.52, pero ni levanto las rodillas ni braceo ni… ‘me falta un 600. Mejor porque así luego solo me quedará un 500 y ya he pasado las dos vueltas tras el tresmil y luego ya una vuelta, jodó, se han puesto a trotar por la hierba dos chicas en buen estado y ni me he dado cuenta, claro, miraba al otro lado, a la recta contraria, bueno, la esencia de esto es no caerse, no tropezar con esa manguera que atraviesa la salida del 200 y ya, puf, encaro esa curva.

Fíjate si han pasado años desde que, de cadete, empezaba a entrenar las vallas bajas con Antonio Prieto. Cogíamos 5 vallas y marcábamos los pasos de los últimos 200 que hoy pateo arrastrándome y hacíamos unas cuantas repeticiones… hoy no puedo ni levantar los pies, como para trabajar técnica. Sería el 85, claro, o el 86. En aquellos años en los que salía con Yolanda, cuando a la caída de una valla me torcí el tobillo, dios que chispazos sentía, como esas estrellitas de la retina‘… que estaba viendo, quedaban 60m para esta tortura y ya pensando en si aflojar en la parrilla o no. Habían pasado 15.30 y le daba dos veces al stop del reloj. Susto pasado y escupitajos. Nos vamos a casa a merendar unos tortellini reparadores.

1 comentario

  1. Dice ser cabesc

    Bien traido Spanjaard lo de los simios pero no sé si te refieres a éstos o a la vida en general.En cualquier caso está mejor lo de los tortellini.

    21 Agosto 2006 | 10:17

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