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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Tintes apocalipticos (contrimás bote, más miedo me dais)

En un ejercicio sin precedentes de antropología social, he estudiado las barrabasadas más recientes llegadas a mis oídos como serpientes de cascabel, como trinos de bandurria desafinada, como si ese chirrido que llegaba a mi cerebro no fuera -no podía serlo- real, digno de esta sociedad igualitaria, este estado del bienestar. ‘Yo, desde que han llegado estos sudamericanos, me da miedo hasta salir a la calle’ (teñida de castaño y reflejos rojo, jubilada). ‘Tía, ejque eres una triste que te ha dejao por una mora de mierda’ (teñida de negro tuneado, adolescente). ‘Aquí currando tio como un puto negro en una patera’ (cepillo teñido bacala). ‘Hay unos chicos de por ahí que aparcan en medio de la calle y montan el botellón y no se puede pasar’ (mechas, cincuentona).

No podía ser. No era representativo, había que afinar más. Tomar más muestras. Quizá era un barrio conflictivo (el mío). A lo mejor había en esa calle (la mía) un poso de fascismo fruto de la nobleza de las clases que siempre hemos habitado o, qué se yo, a esas horas la gente moderada estaban de vacaciones en la sierra o en la sombreada quietud de su refugio con aire acondicionado.

Y me fuí a la sierra. Entro en la piscina de la urbanización. ‘Ese negro que parece que con esos morros te va a comer’ (rubio platino requemado, jubilada). ‘Hay dominicanas que se hacen amigas de los viejos para robarles y matarles’ (contertulia rubio limoncello). ‘Yo les ponía una bomba al Zapatero y a esos’ (mechas caoba, madura). Jesús, María y José, columnas de Jimenez Losantos, suplementos de la Razón con portadas hablando de la resurrección de la bestia roja… y yo esperando como agua en Mayo regresar a mi oficina, llena de treintañeras con estudios, el pelo natural, alguna canita…

Decidí postponer la investigación porque estaba cometiendo un error brutal: solo me llegaban patochadas así de boca y labios (hinchados, tintados, reveníos) de mujeres. Quizá sus maridos y novios sean la explicación a tanto racismo. Siguiente parada antropológica del verano: el bar Sanabria.

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