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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

El guionista de Tintoretto

Me regalo un Prado. De casualidad. Un Tintoretto. Vengo de, y voy a; y desde el autobús detecto que no hay colas. Siempre hay colas; hoy, menos. Parada solicitada.

Hay un momento en el museo, atravesado de idiomas, que me hace sentir turista en mi propia ciudad. Fuera de casa. Fuera de las urgencias. Cuando se puede. De casualidad.

De Tintoretto han escrito Sartre o Henry James, Eugenio D`Ors o Thomas Bernhard, así que, mejor mudo. O lo mínimo: el despliegue narrativo, la conjunción de dibujo y color; la obsesión por el oficio, la dedicación, la apuesta por mancillar la perfección y un halo intangible que le hace parecer mejor -mejor aún- director de escena que pintor.

De la excelente selección recogida y ambientada (un amigo al que encuentro, un cascarrabias con criterio, dicta: se ve todo, todo esta perfectamente iluminado, esta vez, sí) me pierdo en la zona de penumbra en la que se muestran algunos trabajos previos, bocetos, radiografías, huellas, pentimenti. Y ahí descubro a Andrea Calmo. Su nombres está al pie de las pruebas de un cuadro, de El Lavatorio, y una pista: amigo y escritor.

Calmo, del que no tenía noticia, fue comediógrafo y formaba parte de los Polígrafi, un grupo de escritores venecianos empeñados en hacer temblar los modos de la épica sacrosanta y oficial de la época y colocar en su sitio, en los textos y en los escenarios la parodia, la sátira y lo popular. Lo real. Rasgos ácidos, contrastados, personajes superiores y humildes, actitudes aristocráticas y callejeras, mezcladas.

Algo de todo eso, y un cierto desprejuicio respecto al poder y a las grandes mitologías, una vocación de humanidad realista y cercana en los asuntos religiosos y una buscada imperfección final, se puede encontrar en Tintoretto: lo que más le criticaron sus contemporáneos; lo que más ha perdurado.

Calmo ayudaba a Tintoretto a colocar en situación a los personajes – modelos, maniquíes–, a buscar la mejor postura, el gesto adecuado, la emoción justa, hasta encontrar el lugar exacto de cada personaje en el cuadro. Escribían el cuadro. Hacían teatro. Cine. Y Calmo era su guionista.

Rastreo algo más de Andrea Calmo. Manejaba la lengua como instrumento para dibujar a sus personajes y mezclaba lengua y dialecto, registro culto y vulgar. Con esos elementos reescribía argumentos clásicos, aportaba color y perfil hasta conseguir tipos y antecedentes de la Comedia del Arte.En una de sus obras, Il travaglia, hizo hablar a sus dintintos personajes en italiano, veneciano del campo y veneciano de la ciudad, paduano, bergamesco, dálmara, greco-véneto y un par de párrafos en turco. Todos los idiomas y los acentos en el mismo escenario, tan cosmopolita como la propia ciudad de Venecia en el siglo XVI. Y se entendía.

Y, seguramente, así se entiende mejor a Tintoretto.

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