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Un deportista es aquel que sabe que el triunfo del otro es también una recompensa: la de haber encontrado alguien mejor

El gato con botas

Se va Romario: ésa es la noticia del día. Si es que puede considerarse noticia que un hombre de 42 años, que nunca se ha cuidado en exceso, abandone la práctica activa del deporte.

Quizá se marche herido por haber tenido que sumar hasta los goles de juveniles para llegar a la cifra mítica: mil goles. La historia sólo contempla una hazaña semejante, reservada a algo parecido a dios nuestro señor, así con minúsculas para no ofender a nadie: O Rei Pelé. El rey de reyes el mejor futbolista de todos los tiempos, Edson Arantes do Nascimento, el 10 por antonomasia del fútbol.

La maldición de Romario es que nunca fue Pelé: nadie lo fue. Y, sin embargo… Se va un futbolista algo más que genial: un tipo distinto e inimitable. Decía Solari en El País que el mayor delito es no tener identidad, y estoy de acuerdo con él, matizando un poquito: pensar que sólo el Arsenal tiene una identidad futbolística es andar un poco tuerto. Pues bien, Romario ha sido identidad en estado puro: él y sólo él. Bajito y ariete, fue el inventor -o el recreador, que acaso es más importante- de todas las triquiñuelas para batir a un portero: rabonas, vaselinas de vicio, goles de puntera, cambiando la trayectoria del balón cuando parecía que ya no llegaba… Fue toda su vida un jugador imprevisible, y eso es, exactamente, le hizo pertenecer a la aristocracia de su actividad, fuera esta la que fuera. Romario supo siempre que hay instrucciones del entrenador para el resto de los jugadores, cosas que no iban con él, al modo en que los ángeles acaso no le hagan caso al director del coro. En su periplo español eso lo comprendió mejor Cruyff, que perteneció al grupo de los elegidos, que Luis Aragonés, que no en balde recibió el apodo del Zapatones. Entiendo a Luis: es la misma persona que casi le parte la cara a un niñato que hoy le adora, y que es uno de los mejores jugadores del mundo, Samuel Eto´o. Con Romario no tuvo tanta suerte: no pudo meterlo en cintura y lo echó del Valencia.

Valdano dijo de él, en frase memorable, que era n jugador de dibujos animados. Indisciplinado, original, distinto, a mí me recuerda al Gato con Botas: alguien capaz de hacer pasar al equipo al que sirve por el marqués de Carabás. Para los que no creen en los cuentos, como Luis, demasiado: la indisciplina se contagia… Para los que creemos en los cuentos se marcha alguien al que no podremos olvidar: el mismo dolor que sentimos cuando se fue Emilio Butragueño Santos, otro tipo que parecía jugar a otra cosa.

¿Y cómo no vamos a creer en los cuentos si hemos visto jugar a Romario? Que le vaya bonito al brujito brasileiro, al gato que ha colgado las botas, al hombre de los mil goles que nunca fue Pelé…

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