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Cada vez creo en menos cosas Un foro para pensar en lo divino y en lo humano

Archivo de Junio, 2007

Se busca psicólogo

He oído en la radio que Esperanza Aguirre ha decidido conceder no sé qué medalla de Madrid (lo oí en el coche, no me dio tiempo a apuntar) a los seis soldados españoles muertos en Líbano. Al parecer ha tomado esta decisión espoleada por el diario El Mundo, quien esta mañana amanecía con un titular que marcaba la hoja de ruta de la jornada para la tropa del PP: “El Gobierno niega a los muertos la medalla a caídos en acción bélica”. ¿Cómo es posible semejante desatino?, se habrá dicho la presidenta madrileña, que sabe un huevo de medallas y honras fúnebres. ¿Cómo es posible que Zapatero “sólo” les conceda la Cruz al Mérito Militar con distintivo amarillo destinada a los fallecidos “como consecuencia de actos de servicio que entrañen grave riesgo?” Amarillo, por dios, ¿no hay por ahí un color con mejor fario?

Es uno de los rasgos de su carácter, quizá como entrenamiento hacia su meta inconfesada, tal como las niñas se entrenan a ser madres con las muñecas y los niños aprenden a ser unos cafres con los juegos bélicos: llegar a ser presidenta del gobierno el día de mañana, o de pasado mañana, si es posible. Se ha fabricado para ello una especie de República de Saló, un estado de juguete en el que la niña Espe juega a entregar medallas, como hace papá, a boicotear las leyes antitabaco de sus mayores, a sumarse al boicot contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía, porque ella quiere ser una niña rebelde, porque El Mundo la hizo así, porque nadie la ha tratado con amor…

Su enemigo político más directo, Alberto Ruiz Gallardón, el alcalde de Madrid, también quiere ser presidente de su pequeña república. Así que eso de que sus ministros de juguete sean sólo concejales se va a acabar. Intentó rebautizar sus cargos con el pomposo nombre de “consejeros”, como los ministros de la república de su querida enemiga, para no ser menos, hasta que la cópula del partido (cuando la cúpula jode se llama cópula) tuvo que poner paz en lo que parecía una guerra en ciernes entre las dos repúblicas de juguete. Pues ya no te ajunto, se dijo Gallardón. Ni concejales ni consejeros: “delegados”, que es como se llaman ahora los gobernadores civiles del gobierno central.

Para rematar el panorama del estado psicológico de la tropa popular, su juez de cabecera, Fernando Grande-Marlaska, después de haber prohibido incinerar los cadáveres de los soldados muertos en Líbano, buscando a Yak (¡qué perfume!), tiene que rendirse a una evidencia que ya conocíamos todos menos él: que los cadáveres no estaban confundidos, que no había un brazo de uno en la caja mortuoria del compañero, en fin, que las muestras de ADN estaban correctamente asignadas a sus dueños, y no como ocurrió con aquel fiasco del Yak-42, donde lo único cierto es que el ministro Trillo mintió hasta la náusea a los familiares de los fallecidos y al pueblo soberano. Ya vendrán más días de gloria para este juez mediático, que, al igual que los niños Espe y Albertito, sueña con un aura de juez estrella como Garzón. Pero que no sea ansioso, todo a su tiempo.

Si sabéis de un buen psicólogo que les pueda echar una mano, decidlo ahora o callad para siempre.

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Meditación para hoy: el otro día un piloto de carreras polaco, de Polonia, la mayor reserva de cristianos fundamentalistas de la cristiandad, casi se parte el alma a 280 kilómetros por hora en una curva del circuito de carreras de la fórmula 1 en el GP de Canadá. Son esas velocidades de las que siempre se dijo que si chocas con un muro no te salva ni dios. ¿Ni dios? Al parecer el papa Wojtyla estaba al quite, en vista de que el despistado de dios está desaparecido desde el séptimo día en que se tiró a la Bartola a descansar. El piloto se llama Robert Kubica, y al parecer siempre corre con una foto dedicada por Juan Pablo II entre su mono de trabajo.

Ya sé que el Vaticano busca desesperadamente ese milagro definitivo que catapulte a la santidad a Juan Pablo II. Y pegarse una torta a 280 kilómetros por hora, y salir vivo, es lo más parecido a un milagro. Pero digo yo ¿no hubiese sido más milagroso que el manazas del tal Kubica hubiese conseguido dar la curva a esa velocidad de vértigo sin sufrir daño alguno, y ganar, de paso, la carrera? ¿Por qué los santos milagreros olvidan siempre esos pequeños detalles? ¿Era necesario partirle no sé cuanto huesos al pobre piloto para satisfacer sus ansias desmesuradas de subir a los altares? ¿Así es cómo paga Roma?

Los criminales del 11-M y sus inhibidores

Al final lo hizo. Mariano Rajoy poco menos que ha acusado al gobierno de Rodríguez Zapatero de las muertes de los seis soldados en Líbano. Rajoy reprochó al presidente del gobierno el no haber informado suficientemente que nuestros soldados “van a esas misiones a jugarse la vida”, y que el hecho de que viajasen en un vehículo “sin inhibidores” es “una vergüenza”.

¿Os acordáis de ese diccionario paralelo que está escribiendo el PP? Para un británico, un francés, un italiano, alguien que viva en una democracia, el concepto de “sinvergüenza” encajaría a la perfección en la definición de un jefe de la oposición que culpara a su gobierno de la muerte de sus compatriotas en una emboscada terrorista. Pero, ya veis, en el falso diccionario de los populares, el sinvergüenza es el presidente del gobierno que no supo prever que sus soldados, como los de los demás ejércitos aliados que operaban en la zona, corrían un serio peligro de ataque terrorista.

Bien. Pues ahora, con la bendiciones del nuevo diccionario del PP, al fin ya puedo decir que Aznar, Rajoy y sus secuaces son los criminales responsables de las 192 víctimas mortales del 11-M por haber hecho caso omiso, cuando gobernaban, de los “inhibidores” de los servicios secretos que avisaron de un posible atentado islamista en venganza por haber apoyado la invasión de Irak, inhibidores que podían haber desactivado a tiempo la mayor matanza terrorista de nuestra historia.

Aunque me lo pedía el cuerpo, llevaba años no queriendo llamarles criminales, por respeto a las víctimas, para no ahondar más en la angustia de los supervivientes. Pero Rajoy acaba de darme el permiso tácito para que de ahora en adelante le considere un criminal, un criminal que, en lugar de estar pidiéndonos perdón humildemente a los españoles por su torpeza e incapacidad demostrada para dirigir un país, intenta cubrir de mierda unos momentos de dolor colectivo en que el sentido de estado debería estar por encima de cualquier razón de partido. Tan insensibilizada tiene su conciencia, tan anestesiada por el rencor, tan acostumbrado está a la manipulación del dolor para provecho de su parroquia, que lo que acaba de hacer ayer en el Parlamento no le parece “una vergüenza” sino un acto más de control a la tarea del gobierno, como el que hace “preguntas estúpidas” sobre la factura de la luz.

Mariano Rajoy sigue buscando desesperadamente el Yak-42 de los socialistas, y yo ya no tengo en mi diccionario, el de verdad, palabras para oponer a tamaña desvergüenza. Os lo dejo a vosotros, y que tengáis un día fructífero.

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Meditación para hoy: hace unas horas asistí a los premios anuales de la Asociación de la Prensa de Madrid. El acto se celebró en la sede oficial de la Presidencia de la Comunidad, y allí estaba, como anfitriona, Esperanza Aguirre. ¿Y sabéis quién se sentaba a su lado? Pues Jesús de Polanco, uno de los premiados, el presidente del Grupo Prisa al que el PP ha decretado un boicot desde hace meses. ¿No es bonito? La más ultraliberal representante de la derechona española tuvo que tragarse durante tres horas el sapo de convivir codo con codo y prodigar sonrisas varias a la encarnación del demonio, al personaje más odiado por su secta ultramontana.

Era un paisaje humano digno de estudio. El premio a toda una vida profesional (el Rodríguez Santamaría”) se le concedía a Antonio Fontán, el que fue promotor del desaparecido diario Madrid, vetado y dinamitado por el régimen de Franco, el símbolo periodístico de la oposición a aquel régimen podrido del que Esperanza Aguirre es alumna aventajada. El premio de mayor prestigio de la noche, el “Víctor de la Serna”, se le concedió a Arsenio Escolar, el director de este diario en el que me leéis, el que acoge, entre otros, este blog tan querido (y leído) por los correligionarios de la presidenta de Madrid. Otro de los premiados (premio “Javier Bueno”) fue Jesús María Zuloaga, subdirector del diario La Razón, un periodista de raza, amenazado por ETA, y uno de los mejores especialistas en la banda terrorista. Y al final, Jesús de Polanco, asfixiando con su aura de azufre infernal a su vecina de silla, agradeció el premio “Miguel Moya”, otorgado al personaje destacado en el campo periodístico pero no específicamente periodista.

Esperanza Aguirre felicitó a todos los premiados y dijo estar muy contenta de presidir el acto. ¿Esto de estar contenta de presidir un acto de entrega de un premio a Polanco querrá decir que da por finalizado el boicot a los medios del grupo Prisa? La solución, mañana. O pasado. O bien, esto no tiene solución.

De aquellos concilios, estos lodos pestilentes

Los inmorales sembradores del odio y de la discordia, travestidos de sotana, capitaneados por el talibán cristiano Antonio Cañizares, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, continúan con la guerra al estado laico. La última ocurrencia de este talibán abunda en ese abismo de hostilidad que pretende abrir entre españoles creyentes y no creyentes. Según él, los colegios religiosos que impartan la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía estarán “colaborando con el mal”, mal identificado como la LOE, la Ley Orgánica de la Educación.

Como ya debatimos por activa y por pasiva, Cañizares y su Iglesia ven peligrar el monopolio práctico que detentan secularmente (RAE. Detentar: Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público). Y como ya lo hemos debatido largamente, y resulta muy difícil descender al nivel racional de la barbarie, quiero poner el debate en su dimensión histórica para que entre todos podamos comprender cómo estos lodos provienen de unos polvos del siglo XIX. A lo que estamos asistiendo no es otra cosa que la resurrección de una doctrina decimonónica que nos la pretenden colar como guía para el siglo XXI.

El inventor e inductor de esta doctrina fue un personaje que, de vivir hoy, dejaría a Cañizares como una hermanita de la caridad: el Papa Pío IX, conocido familiarmente como Pío Nono. Sólo por situar al personaje os diré que fue él quien convocó el Concilio Vaticano I, recordado como el Concilio “de la fe contra la razón”. Y ya puestos, y con la oposición inicial de la mitad de los padres conciliares, este ideólogo de la supremacía de la religión sobre cualquier gobierno democrático, terminó imponiendo nada menos que el dogma de la infalibilidad del Papa, uno de los mayores disparates dogmáticos de la historia de la Iglesia… (y mira que el listón estaba alto después del otro disparate de la virginidad de la madre de dios)… visto, claro está, desde las luces de la razón que tanto odiaba. Ese disparate, del que el Espíritu Santo, si existiese, se descojonaría, le sirvió a aquel Papa para apuntalar su idea de un Papa-Monarca del Vaticano y, por extensión, de la cristiandad. Pío Nono fue enterrado a hurtadillas y con nocturnidad, tal era el odio que concitaba en la Italia republicana, y a punto estuvo de acabar su cadáver en las aguas del Tíber, a manos de una turba enfurecida. Pero esa es otra historia, o el final vergonzoso de un sembrador de odios.

El caso es que el tal Pío Nono (y aquí viene la doctrina que inspira a monseñor Cañizares) se sacó de la manga un texto conocido desde entonces como el Syllabus, cuyo título completo era el de Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores, o sea, Índice de los principales errores de nuestro siglo. Esta pieza, un monumento contra las ciencias sociales y la separación de los poderes de la Iglesia y el estado, denunciaba los ochenta “errores” principales, entre los que se hallaba uno sobre Socialismo, Comunismo, Sociedades secretas, Sociedades bíblicas, Sociedades clérico-liberales, todas ellas corrientes muy perniciosas para la humanidad.

Según este guía espiritual, cuyas enseñanzas, al parecer, son infinitamente más propias para el estudio de nuestros niños que la asignatura de Educación para la Ciudadanía, no se podía estudiar la filosofía “sin mirar a la sobrenatural revelación”. Ni el hombre puede ser libre “para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera”. Ni se le puede negar a la Iglesia que “tiene la potestad de emplear la fuerza” para extender su credo. Ni, ¡atención! puede prevalecer el derecho civil “en caso de colisión entre las leyes de una y otra potestad”. Y en cuanto a que la Iglesia pudiera estar separada del Estado y el Estado de la Iglesia, no es más que “una pestilencia”.

Os dejo para el final el mejor error, el que resume el ideario del régimen talibán cristiano que con mucho gusto acabaría imponiendo el señor Cañizares en la sociedad española, si le dejáramos. Es el último error, el que según los enemigos de la Iglesia pretende que “el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización”. ¿Os suena? ¿Cómo va a admitir, entonces, la Conferencia Episcopal que las escuelas sean centro de educación y enseñanza para el “progreso, el liberalismo y la moderna civilización”?

Y ahora la gran pregunta: ¿Podemos dejar en manos de esta gente la educación de las generaciones futuras de españoles para caminar por el siglo XXI?

De aquel gran Papa, monarca orgulloso, desdeñoso con el progreso y la supremacía de la razón, que exigía permanecer de rodillas a sus visitas en audiencia papal, sólo me queda, sin embargo, un sabor dulce: el de los piononos de mi niñez, unos pastelitos empalagosos que, al parecer, eran muy de su gusto mundano. Aunque sólo sea por ello, por prestar su nombre a un dulce, se merecería que su dios lo tuviese en la gloria y no en las turbias aguas del Tíber.

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Meditación para hoy: lo de Grande Marlaska apesta. Apenas han pasado unos días desde sobreseyó parte del caso del Yak-42 que peligrosamente estuvo a punto de salpicar a Federico Trillo, cuando abre de oficio, sin que nadie se lo pida, una investigación sobre el atentado de Líbano en el que murieron seis soldados españoles. Es el mismo grande Marlaska que con tanta dedicación y ahínco atizó las ascuas de ETA al brasero del PP en el último año. ¿No huele algo a podrido en las cloacas de la judicatura?

Hay como un intento desesperado de los populares por ver en la legislatura de Zapatero la imagen especular del mandato de Aznar. Buscan ver en ese espejo la repetición de la guerra de Irak en el conflicto del Líbano, y se frotan los ojos a la espera de ver aparecer en cualquier momento un Yak-42 entre los cadáveres de los seis caballeros legionarios. ¡Toda una legislatura malgastada en un intento vano de justificar los errores del último gobierno del Partido Popular! Eso se llama Sentido de Estado, en su diccionario secreto del que hablábamos ayer.

El pacifismo es absurdo. O sea

Ayer, cuando estaba escribiendo el post sobre el síndrome del capataz, y ante la tardanza del Partido Popular en utilizar el asunto de los militares españoles muertos en Líbano para provecho propio, dejando en manos de los capataces de la derechona la guerra sucia, mi desconfianza congénita me había dictado al oído algo así: “Rajoy todavía no ha culpado de las muertes a Zapatero porque los asesores que le confeccionan los guiones están aún en el limbo del fin de semana. Pero no desesperéis, tienen toda la semana por delante para corregir el tiro”.

Pero tras un rato de meditación, me dije: ¿por qué jugar a profeta del desastre, si esa es una profesión que ellos dominan mejor que tú? ¿Quién le impide a Mariano, ahora que huele que apesta a elecciones generales, presentarse como un hombrecito de estado y más centrado que un centro de mesa, y decir solemnemente aquello de “apoyamos sin fisuras al gobierno de España y a nuestras Fuerzas Armadas en su misión humanitaria en Líbano”? ¿A que, en lugar de dar rienda suelta a sus deseos de venganza contra Zapatero por haber retirado de Irak las tropas que había enviado Aznar, sale con un golpe de efecto elegante, sólo por llevarme la contraria, y me jode la profecía?, me dije a mí mismo mismamente. Y lo borré, porque en el fondo soy un profeta cobarde.

Pues no. Apenas habían transcurrido doce horas (doce horas, ¡el tiempo en ese partido se les está haciendo eterno, las horas les parecen meses!) desde aquella ponderada declaración, aunque de Perogrullo, de que el Gobierno debe tomar “las máximas medidas de seguridad para proteger” a las tropas españolas al hecho incontestable de que el gobierno nos está mintiendo, pues los españoles estamos en Líbano en misión de guerra: «Es absurdo ocultarlo para presumir de pacifismo».

De la miseria intelectual que encierra esta declaración ya darán cuenta las urnas el día de mañana (supongo). Pero ahora quiero resaltar, calientes todavía los cadáveres de los soldados españoles, cómo nuevamente las palabras adquieren un sentido moral distinto en ese diccionario particular que está escribiendo la derecha.

En él, el pacifismo, lejos de tener entrada como virtud, como mansedumbre del alma, se define, cuando menos, como un estorbo, si no como un defecto. Cuando se trata de descalificar esa peligrosa tendencia de un presidente del gobierno a la bondad, se le acusa de padecer “buenismo”, término inexistente que, lejos de significar lo que el sentido común presupone, adquiere en sus bocas la acepción popular de «es tan bueno que parece tonto». Porque, buscando el antónimo adecuado, los alumnos de Aznar tienen interiorizado que es más virtuoso, más patriota y más inteligente practicar desde el gobierno el “malismo”, es decir, ser lo más desagradable posible y llevar la contraria a cuanta más gente mejor, aunque sea invadiendo Irak.

Al igual que la noble palabra «progresista» -amante del progreso- es utilizada como un insulto por estos conservadores que no saben ni conservar el significado real de las palabras. O de la misma manera en que han incluido la voz “diálogo” como sinónimo de venta al mejor postor, de rendición, de cobardía.

¡Progresista, bueno, pacifista, dialogante…! ¿Serán malvados? ¿En qué diccionario aprenderán las palabras estos rojos de mierda?

El síndrome del capataz

Cuando oí la noticia de que seis militares españoles habían muerto en Líbano como consecuencia de una bomba que estalló al paso del convoy militar, lo primero que me pregunté, antes de que me diera tiempo a pensar en las circunstancias personales de los fallecidos y de sus familiares, fue: ¿cuánto tardará la derecha en utilizar estas muertes contra Zapatero? Para mi sorpresa, cuando esto os escribo, una nota oficial del PP se limitaba a lamentar las muertes y solicitar lo evidente: que el Gobierno debe tomar “las máximas medidas de seguridad para proteger” a las tropas españolas, como si el Gobierno pudiese hacer lo contrario, o irse de caza como hicieron algunos del gobierno de Aznar cuando estalló la tragedia del Prestige.

Y sin embargo, no había pasado una hora cuando nuestros contertulios más significados de esa derecha, presas del “síndrome del capataz”, siempre más cruel que el amo, se adelantaban a la versión oficial que tardaba en llegar. ¿Cuándo dimitirá Zapatero por esto? El argumento es muy simple: si el 90% de la población española, según las encuestas, estuvo en contra de nuestra participación en la guerra de Irak, y muchos de esos, entre los que me cuento, exigimos el regreso inmediato de las tropas, ¿por qué no lo exigimos ahora? La pregunta, incluso, puede ser más retorcida: ¿por qué ahora no hay ningún 90% de población que esté en contra de nuestra permanencia en Líbano?

No hay nada que me produzca más fatiga que tener que discutir lo obvio. Pero ante argumentos simples, respuestas sencillas (que no simples).

-Porque el ejército español está en Líbano, con gorra y cascos azules del uniforme de la ONU, con un mandato “legal”, en este caso sí, de Naciones Unidas, y como fuerza de interposición, es decir, de pacificación, y no como fuerza atacante al servicio de una de las facciones. Tan es así, que Hezbolá, una de las milicias contendientes, y a la única de las tres –con israelíes y gobierno libanés- que presuntamente se le podría aplicar el principio de cui prodest, a quién aprovecha, ha negado rotundamente tener nada que ver con el atentado. Todo parece indicar que es un atentado terrorista islamista, inspirado por Al Qaeda. Terrorista, como ETA.

Bueno, pues algo que es tan fácil de entender, como que del terrorismo etarra sólo es culpable la propia ETA, se convierte por un encantamiento en que la culpa es de un tal Rodríguez Zapatero. Ayer, nuestro querido Pepe Polémico os lanzaba una apuesta, nada más conocer la noticia del atentado: “Espero ansioso la reflexión que mañana hará Manolo sobre la trágica noticia (….) De seguro, trate de lo que trate, los culpables serán la iglesia o la derechona. ¿Apostamos?”

Pues Pepe Polémico, al que leo siempre con interés, no iba muy desencaminado. Si se confirma que se trata de un atentado islamista… la culpa sería de una iglesia, otra iglesia, esa iglesia del Islam fundamentalista que anima a asesinar a los infieles, siguiendo el razonamiento del “derecho divino” instaurado por el Papa Urbano II, quien con su grito de “Dios lo quiere” invitó un buen día a la cristiandad a eliminar físicamente a sus infieles en la primera Cruzada e invadir, sin mandato de ninguna ONU de entonces, los santos lugares. Al fin y al cabo, estos fundamentalistas del Islam sólo son alumnos aventajados de los papas predecesores que les impartieron la lección magistral del odio contra el que no milita en su iglesia. A matar infieles porque dios lo quiere, y de paso, violar hasta la muerte a sus mujeres.

¡Ay va!, ahora que lo pienso, la misma orden que Bush recibió de dios al oído antes de invadir Irak.

Ya ves, Pepe Polémico, has ganado la apuesta. Hay un número inmenso de probabilidades de que detrás de una guerra injusta se encuentre siempre una iglesia o una derecha montaraz. Una de las dos, o las dos en fértil alianza. Casi nunca falla. Así que te la has ganado, aunque jugabas con ventaja, bribón: para ti la perra chica.

¿Pedirán perdón ahora Esperanza Aguirre y Manuel Lamela?

El titular del Juzgado de Instrucción número 7 de Leganés acaba de sobreseer el caso de las presuntas sedaciones irregulares en el hospital Severo Ochoa de Madrid. El ex responsable del servicio de Urgencias de ese hospital de Leganés, Luis Montes, tras casi dos años y medio de calvario, durante los cuales la derecha cavernaria lo presentó, a él y a sus compañeros implicados en el sumario, casi como asesinos, queda libre de cargos, pero con un daño moral del que tardará en curar, si algún día lo consigue.

Una denuncia anónima había acusado a los médicos de urgencias de ese hospital de haber practicado una “eutanasia masiva”, con hasta 400 supuestos casos de homicidio, teoría a la que se apuntó inmediatamente el consejero de sanidad de Madrid, Manuel Lamela y la cohorte de la extrema derecha que gobierna la comunidad de Madrid.

Desde el primer día, como se comprobó a lo largo de la instrucción, el hecho de que la denuncia fuese anónima ya viciaba el caso con segundas intenciones inconfesables, ajenas a la buena o mala práctica médica llevada a cabo en aquel servicio de urgencias. Una vez más (¡como decíamos ayer!), las creencias y prejuicios religiosos contra la ciencia. Otra vez los designios de dios que no pueden ser violentados por ningún tipo de eutanasia, pues es privilegio del creador fijar el día y la hora de la muerte de sus criaturas y torturarlas en agonía como le venga en gana.

El siniestro y muy cristiano Consejero Lamela ha recibido el varapalo, ¡oh casualidad!, a las pocas horas de que la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, lo hubiese cambiado de sillón y, en pago a su desastrosa gestión de la sanidad madrileña, le nombrara consejero de Transportes e Infraestructuras. Teniendo en cuenta que el Metro de Madrid es el medio de transporte que más se estropea a diario (a veces con tres líneas simultáneamente, cortadas durante horas por avería), el que menos inversiones en mantenimiento ha recibido de, posiblemente, toda la red de transportes del estado español, ¿de qué no será capaz el nuevo consejero en los próximos años, cuando acabe de aplicar su contrastada ineptitud al deteriorado Metro de Madrid al que dice venir a salvar?

Y una última pregunta: ¿Serán capaces, tanto Lamela como Esperanza Aguirre, de pedir perdón a esos médicos, a los que durantes dos años y medio trataron como delincuentes?

Ya es hora de denunciar el Concordato con la Santa Sede

No he de callar, por más que con el dedo,

ya señalando el purgatorio, o ya el infierno,

silencio avisen o amenacen miedo.

Los obispos españoles han oficializado la batalla frontal contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía, y llaman a la rebelión universal de padres y escuelas. Su miedo a perder el monopolio secular de la propagación de su particular sentido de la moral les ha llevado a acusar al Gobierno de apropiarse de “un papel de educador moral que no es propio de un estado democrático de derecho”. La Iglesia insiste en que está en cuestión un derecho “tan fundamental” como el de la libertad de conciencia y de enseñanza.

Nuevamente pretenden construir un edificio filosófico sobre un argumento falaz, que no es otro que los padres tengan un supuesto derecho sagrado de elegir para sus hijos el modelo de educación que les venga en gana. Pues no. Basta ya. Los padres no tienen el derecho a elegir “cualquier” forma de educación, porque sus hijos no son suyos en propiedad, no son un objeto, como la casa o el coche, a los que pueden pintar y “tunear” a su antojo. Los padres tienen el “deber” de educar a sus vástagos, pero no el “derecho” a enseñarles estupideces, a torturarles psicológicamente con el infierno y su tortura eterna. De la misma manera que los padres pederastas no tienen derecho a abusar de sus hijos, de la misma manera que niego el derecho a los padres de favorecer la ablación del clítoris de sus hijas. Los padres no tienen derecho a elegir que en la escuela se les enseñe a sus hijos que la Tierra es plana, que el universo sólo tiene 6.000 años de edad porque las Sagradas Escrituras avalan semejante necedad, que dos y dos son siete, y que el agua es H2S3. Ni el Estado puede consentir que un padre ignorante impida que sus hijos asistan a la escuela “porque es una pérdida de tiempo”.

Lo que los curas reunidos en conferencia pretenden es que se perpetúe la fábrica de creyentes que van a engrosar su industria y contribuir con sus impuestos y diezmos a forrar sus riñones, y no importa que para ello nuestro niños deban aprender pasajes tan edificantes como los que abundan en el Génesis y el resto del libro sagrado, y que hablan de un dios sanguinario que aplica los castigos más caprichosos que la mente más retorcida pueda imaginar por el pecado más banal. O la particular visión de santo Tomás de Aquino sobre la mujer: “La mujer es incompleta y mal dispuesta; la fuerza activa contenida en la semilla masculina tiende a la producción de una semejanza perfecta en el sexo masculino; mientras la producción de la mujer proviene de un defecto en la fuerza activa o de alguna indisposición material, o incluso de una cierta influencia externa.”

Este santo varón es, para más señas, ¡el patrón de los estudiantes!, el santo al que deben encomendarse para salir airosos de los exámenes. Vamos, el espejo de la sabiduría. ¿Y qué les podría enseñar Santo Tomás? Pues entre otras cosas que existe un infierno al que van a ir de cabeza como sigan haciéndose pajas. Y se lo contará, como Aznar, sin complejos y de forma retorcida, como buen cristiano que goza con el sufrimiento del enemigo. Y si no, pasen y vean. Esto decía el patrón de los estudiantes en la Summa Theologica: “Para que los Santos puedan disfrutar más abundantemente de su beatitud y de la gracia de Dios, se les permite ver el castigo de los malditos en el infierno”, o sea, nuestros hijos. ¡Dios les premiará con el espectáculo de ver cómo arden eternamente, cómo se retuercen de dolor, cómo los diablos arriman ascuas sádicamente para avivar el fuego, mientras ellos están tan calentitos a la derecha de dios padre contemplando el mal ajeno! Como decía Voltaire, y perdonad por tanta cita: “Quienes pueden hacer que creas cosas absurdas pueden hacer que cometas atrocidades”. Así nos va por el mundo.

La Conferencia Episcopal Española, la que pretende cortar el paso a la asignatura de Educación para la Ciudadanía porque viene a educar en valores cívicos reales, y no inventados como su religión, se parece en cierto modo a la FAES de Aznar: está formada por un colectivo de sesudos, estudiosos y agudísimos analistas de una sociedad que no existe. Por eso el resultado de sus análisis roza tan a menudo el disparate. Expertos en la naturaleza de la nada, capaces de dedicar toda una carrera universitaria de Teología y toda una vida de estudio a una materia inventada, es decir dios, tampoco les duelen prendas a la hora de analizar una sociedad que sólo existe en su imaginación.

Dios (lo escribo ahora con mayúscula porque, al estar al inicio de la oración, lo exigen las normas gramaticales, que me parecen mucho más dignas de respeto que las de la Iglesia) tiene los mismos visos de existir que el Ratoncito Pérez. Y aunque la simple creencia en uno u otro no parece dañina en principio, en ambos credos subyace el peligro fundamentalista que es el germen de la destrucción del ser humano.

Ya sé que os vienen a la mente en tropel montañas de ejemplos de los millones de personas que a lo largo de la Historia han muerto cruelmente a manos de los que manipulan los designios presuntamente divinos, bajo tortura, asesinato, hogueras de purificación y odio sin fin en nombre de los dioses. ¿Y el Ratoncito Pérez qué pinta aquí? ¡Ah, queridos e ignorantes niños! Imaginaos que por cada diente que se os cae, el sacerdote-papá os promete que por la noche vuestro dios ratoncito os deja un billete de cinco euros. ¿Os imagináis al niño fundamentalista (y amante compulsivo del dinero) arrancándose cada noche un diente hasta llegar a ser rico (el cielo prometido) a costa de quedar desdentado de por vida? ¿Pero es que hay alguna razón para creer en dios y no en el Ratoncito Pérez? ¿Ha atendido dios alguna de vuestras oraciones? ¿Y acaso el Ratoncito Pérez no os deja puntualmente todas las noches un billete de cinco euros? ¿Por qué no hacemos una liga en defensa de los principios morales del Ratoncito Pérez?

“La religión es considerada cierta por la gente normal, falsa por el sabio y útil por los gobernantes”, dijo ya Séneca el Joven, contemporáneo de Cristo. Quizá esto explique por qué un gobierno como el socialista, que dice ser laico hasta las cachas, agacha la cabeza ante la amenaza del fundamentalismo cristiano, y sigue manteniendo en vigor el Concordato con el Vaticano, uno de los tratados más indignos de cuantos tenemos firmados con un estado soberano.

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Meditación para hoy, por si era poco: Zaplana sigue malmetiendo con el asunto de la negociación con ETA. Ayer mismo volvió a exigir que el gobierno dé explicaciones sobre lo que publican el diario Gara y el diario El Mundo (¡qué Santa Alianza!, ¡cómo recuerda la famosa pinza entre Julio Anguita y Aznar!) sobre la continuación de las negociaciones. Y todo ello el mismo día en que aparece un coche de ETA cargado con 105 kilos de explosivos, presuntamente destinados a los comandos operativos desperdigados por el sur de España. ¿Quizá Acebes esté pensando que Zaplana es un “miserable”?

Gente ruda y con carácter

Con frecuencia tropezamos en nuestra vidas con gente despistada que confunde el “carácter fuerte” con el mal carácter, como si el comportamiento agresivo fuese una manifestación inequívoca de liderazgo. Algunos personajes dignos de estudio te dan un apretón de manos de esos que te crujen los huesos porque en un cursillo de autoafirmación pagado por la empresa les enseñaron que el apretón de manos era como una tarjeta de visita del estado de su virilidad o el nivel de reserva de seguridad en sí mismos.

La derecha, por ejemplo, tiene pasión por ese modelo de “carácter”, por los desfiles, por el concepto de autoridad en el sentido de ordeno y mando, hasta el punto de que impregnan hasta sus himnos con él: “Prietas las filas, recias, marciales, nuestras escuadras van”. A veces alcanza tintes cómicos, como cuando Fraga llegó a quitarse la chaqueta y arremangarse la camisa con la intención de liarse a hostias tabernarias contra un grupo numeroso de reventadores de su conferencia.

Su alumno Mariano Rajoy tiene tan interiorizado ese papel, que a menudo parece ese padre gruñón, perennemente enfadado, que tiene aterrorizada a su familia con las disculpas más nimias, si la comida está fría, la camisa a cuadros sin planchar o el niño no le deja oír la tele con sus llantos. Nunca una palabra amable, porque la amabilidad y el diálogo son leídos como debilidad y, en consecuencia, como falta de carácter. Y a lo mejor este buen hombre es un tipo encantador en la intimidad de su casa y entre el círculo de amigos, como la vida oculta del violador asesino que tenía fama de simpático y amable entre sus asombrados vecinos antes de que la policía descubriera sus desmanes.

El jefe de la oposición nos estuvo regañando con el asunto de ETA en todas sus variantes durante meses hasta los límites de la grosería y el desprecio contra el presidente del Gobierno y el resto de la Cámara. Cada vez que abría la boca era para anunciarnos que el Estado estaba a punto de rendirse. Arrepentíos, pecadores: fuera de la iglesia del PP no hay salvación. De tal manera tensó la cuerda de la regañina semanal en sus preguntas parlamentarias que cuando por razones estratégicas hubo que cambiar el paso debido a la ruptura de la tregua de ETA, cualquiera que fuese el sentido de la pregunta se presentaba con el mismo tono apocalíptico, como si lo importante fuese mantener el volumen estridente de la música, y no la letra.

Así que, sea porque las camisas no están planchadas o la comida fría, el caso es que hay que mantener el tipo del carácter, del mal carácter, se entiende, y pegar con el puño en la mesa ya sea porque el PSOE quiere negociar con ANV o porque ¡santo cielo! el recibo de la luz ha subido más que el IPC. El mantener a toda costa ese tono de víspera del fin del mundo tiene el inconveniente de que si el tema del día no está a la altura de la gravedad de la bronca haces el ridículo. Mariano ya no sabe hablar de otra manera, como si tuviera miedo a que descubriéramos que en el fondo es un tío simpático y amable, y no el violador que se empeña en aparentar, y no el actor grosero que, tal como hizo ayer, es capaz de dirigirse a Zapatero con frases irrespetuosas como éstas: “El gobierno de España que, que se sepa, usted preside…” Siempre desagradable, sin vacilar, como un valor que se le supone sólo a los buenos guerreros de la palabra.

Como una consigna seguida por todos los miembros de la camada de la extrema derecha que dirige al PP. También ayer mismo, Esperanza Aguirre, la que se postula para sustituirle en el liderazgo del partido, en una actuación memorable (¿) en el curso de su toma de posesión de la presidencia de Madrid, después de alabar públicamente y entre lágrimas las virtudes de su marido Fernando (la alta política está alcanzando las más elevadas cotas de salsa rosa), como la inteligencia y su sentido del humor, puntualizaba que “nunca tendré palabras para agradecer (en él) lo que para mí es más importante, su patriotismo”. Mi Fernando es muy listo y tiene una coña que te cagas, pero lo más importante es que es un patriota. ¿Vais pillando, queridos niños?

Así que, con semejante marcaje, con el aliento de la sucesora en el cogote, cualquiera pacta ni siquiera los buenos días con el proetarra y elevador de precios de la luz Rodríguez Zapatero.

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Meditación para hoy: Según el proyecto de la Ley del Vino, en su enésima redacción, los vinos no podrán anunciar en su publicidad que, tomados en dosis moderadas, producen efectos muy beneficiosos para el organismo, gracias a componentes como el resveratrol. Y sin embrago, ¡oh misterios de la alta política!, otro proyecto de Ley, el de Bienestar Animal ¡deja fuera de su normativa la fiesta de los toros como ejemplo de maltrato a los animales! Ya sé que, como no sois del gobierno, no lo entendéis. Así que, como castigo, escribidlo cien veces en la pizarra, por tontos de capirote.

Cuidado con lo que te echas a la boca, chaval

He asistido ayer como espectador a la discusión que habéis mantenido en el blog, a tenor del asunto de la “fiesta” de los toros (a los toros seguro que no les parece una fiesta), que derivó en la “moralidad” de nuestros hábitos alimenticios : taurinos contra antitaurinos, omnívoros contra vegetarianos.

Ya decíamos que rondábamos cuestiones de fe, de las que no es fácil apearnos, esa fe que más parece un acantilado contra el que se precipitan las olas de la razón. Me vino a la memoria, según leía vuestras fintas argumentales sobre proteínas animales y vegetales, que las religiones han hecho de las costumbres alimenticias de sus fieles un signo distintivo, con normalizaciones que rozan el ridículo. Bueno, como ya quedamos, sólo son ridículas si les aplicamos el sentido común.

La religión católica, por ejemplo, obligaba a sus fieles (no sé si permanece hoy la norma tan estricta) a ayunar durante los denominados días penitenciales, los viernes de todo el año y durante la Cuaresma, un período de cuarenta días que va desde el miércoles de ceniza hasta el jueves santo. La ley del ayuno consistía en no hacer más de una comida al día, aunque se permitía un ligero desayuno y un tentempié antes de acostarse. Sin embargo, la norma más estricta era la de la abstinencia de comer carne cada viernes del año, los de Cuaresma y algún otro como el miércoles de Ceniza, creo recordar. ¡Ah! Pero la España católica, por su entusiasmo en la defensa del Papa de Roma, recibió una dispensa especial: se trataba de la denominada Bula de la Santa Cruzada, un privilegio pontificio que concedía a los españoles gracias especiales, y les dispensaba del ayuno y de la abstinencia en ciertos días del año. Costaba dos reales antes de la guerra de España con Napoleón, a principios del siglo XIX, y mis hermanos mayores recuerdan que en nuestra postguerra incivil mi padre se permitía el lujo de comprar alguna que otra bula para hacer más llevadero el rigor del ayuno y la abstinencia.

Las bulas papales fueron una fuente inagotable de ingresos para las arcas del Vaticano, fuente de corrupción que hoy no dudaríamos en calificar como cohecho divino, y cuya utilización abusiva y fraudulenta fue una de las espoletas para la Reforma de Lutero. Pero las otras religiones del libro no se casan con nadie, son mucho más rigurosas y fundamentalistas en su aplicación. Los musulmanes no pueden comer animales muertos que no hayan sufrido la matanza ritual (antes hay que pronunciar las palabras rituales de Alá es grande antes de rebanarles la garganta). No pueden comer su sangre. No pueden probar el cerdo. Ni alcohol ni líquidos fermentados.

Lo de los judíos es ya más complicado. Pueden comer rumiantes, pero no el cerdo, el conejo, el caballo y el camello. Aunque se permite la carne de vaca, cabra y oveja, no pueden ingerir los cuartos traseros si previamente no se quitan los tendones y nervios ciáticos. No pueden comer aves de rapiña o de presa ni las que se alimentan de carroña.

Y no se puede matar de cualquier manera, como hacen los toreros malos: un técnico entrenado en el proceso, mata el animal lo más rápido posible cortándole la yugular. Tampoco, como los musulmanes, pueden tomar la sangre, así que debe ser eliminada del animal antes de cocinarlo. Además hay que remojar la carne en agua salada durante una hora y aclararla en agua tibia. En cuanto a los pescados, pueden hartarse tan sólo de los que tengan escamas y aleta. Así que, por ejemplo, no pueden comer carne de ballena. Y lo que es peor, y por lo que doy gracias al dios que no existe por no haberme nacido judío: se prohíbe el consumo de toda clase de mariscos. Para complicarlo más, también está prohibida la combinación de carne y leche en el mismo plato.

No sé si os servirá para centrar la discusión de lo que es moralmente aceptable en el plato de los seres humanos. A mí sólo me sirve para preguntarme qué rayos les puede importar a los dioses el contenido de nuestra dieta, si luego les importa un bledo que dos mil millones de personas en el planeta pasen a diario un hambre de muerte. O los dioses están majaretas, o son de una crueldad que no hay dios que la aguante.

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Otra meditación para hoy: El Vaticano ha lanzado los diez mandamientos de la carretera. Los he leído y me parecen mucho más razonables que los otros Diez Mandamientos. Y si no, aquí os los dejo para que podáis comparar.

LOS X MANDAMIENTOS DE LA CARRETERA

1. No matarás.

2. La carretera sea para ti un instrumento de comunión entre las personas y no de daño mortal.

3. Cortesía, corrección y prudencia te ayuden a superar los imprevistos.

4. Sé caritativo y ayuda al prójimo en la necesidad, especialmente si es víctima de un accidente.

5. El automóvil no sea para ti expresión de poder y dominio y ocasión de pecado.

6. Convence con caridad a los jóvenes y a los que ya no lo son a que no se pongan al volante cuando no están en condiciones de hacerlo.

7. Brinda apoyo a las familias de las víctimas de los accidentes.

8. Reúne a la víctima con un automovilista agresor en un momento oportuno para que puedan vivir la experiencia liberadora del perdón.

9. En la carretera tutela al más débil.

10. Siéntete tú mismo responsable de los demás.

LOS (CLÁSICOS) X MANDAMIENTOS DE LA LEY DE DIOS

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

2. No tomarás el nombre de Dios en vano.

3. Santificarás el día del Señor.

4. Honrarás a tu padre y a tu madre.

5. No matarás.

6. No cometerás actos impuros.

7. No robarás.

8. No levantarás falsos testimonios ni mentirás.

9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

10. No codiciarás los bienes ajenos.

Estoy de acuerdo con todos los Mandamientos de la Carretera (quizá, excepto esa insinuación de que el automóvil es “ocasión de pecado”. Si estamos pensando en el mismo pecado, que seguro que sí, pues el Vaticano y yo no pensamos en otra cosa, el coche es a menudo el sustituto del lugar de encuentro para los jóvenes que no pueden pagarse un apartamento, ni un alquiler). En cambio, a excepción del quinto, el séptimo y el octavo mandamientos, el resto de los mandamientos de la Ley del dios de Israel no son más que ganas de meterse donde no le llaman.

Es cuestión de fe

La celebración madridista ha terminado con un baño de patriotismo casposo, ese nacionalismo inventado de chotis madrileño, en las sedes respectivas de la presidencia de la comunidad -donde aguardaba una Esperanza Aguirre exultante- y el ayuntamiento, donde un Ruiz Gallardón sorbía la felicidad como un niño según se acercaban los jugadores. ¿Y dónde terminó el jolgorio patriotero? Pues en la catedral de Madrid. Allí acudieron los jugadores y directivos a ofrecer la copa a la Virgen de la Almudena, sin que nadie tenga claro si la virgen prefería que hubiese ganado el Barcelona o el Sevilla.

Sé que para un forofo es muy difícil ver la realidad desde este lado de la razón. Pero ni me imagino cuántas neuronas hay que dejar aparcadas para acudir como la cosa más natural, sin morirte de vergüenza, a dar gracias a la virgen de la Almudena… por haber ganado un título de Liga. A pie de altar esperaba el gran talibán arzobispo de Madrid, Antonio Rouco Varela, quien inexplicablemente, en lugar de liarse a hostias con semejante pandilla de multimillonarios que invadían el lugar sagrado para celebrar un nuevo éxito empresarial, les bendijo y dio gracias al Cielo, un Cielo que, como todo el mundo sabe, estaba muy pendiente últimamente sobre cómo coño iba a terminar la Liga de fútbol española. El talibán Rouco, por si alguno de vosotros acaba de venir de Marte y no se había enterado, es el mismo que días atrás amenazó a los curas rojos de la pobre, obrera y marginada parroquia de San Carlos de Borromeo, iglesia cutre que debe tener menos dios y menos virgen que toda una catedral.

Hubo ayer otra resaca, pero esta entre los miembros del gobierno, en torno a otro asunto no menor y cuestión tan de fe como el fútbol: los toros, a raíz de la corrida de Barcelona liderada por la vuelta a los ruedos de José Tomás. La ministra de cultura, Carmen Calvo, defendió la fiesta del toreo, pues para eso le pagan, para que sostenga contra viento y marea que “eso” es cultura; y la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, volvió a recordar su tesis de que ya es hora de ir haciendo reformas legales para acabar con “la fiesta”, quizá empezando por prohibir la muerte a sablazos del toro, como ocurre en las corridas en Portugal.

El debate sobre los toros ya lo hemos tenido largamente. Es cuestión de fe, y poco podemos avanzar nuestras trincheras. Pero permitidme una reflexión muy personal. Sólo sé que, como en el caso de las creencias religiosas, me sorprende, me descoloca y me desasosiega el ver cómo gente a la que admiro intelectualmente puede estar empleando la capacidad de razonar de manera tan opuesta a la mía, cuando se supone que utilizamos el mismo instrumento de medir la realidad. Entre ellos están Serrat y Sabina, a los que vi por televisión entusiasmados con el arte de José Tomás, cuando mi herramienta de razonar me dice que lo que estaban disfrutando en aquella plaza no era otra cosa que una extraña y sanguinaria forma de tortura animal legalizada.

Y entre ellos están también mis padres, hermanos, amigos a los que quiero y respeto, cuyas inteligencias claudican cuando llegan al abismo de las creencias, sin cuestionarse, por poner un ejemplo, la existencia de los demonios que antes eran ángeles pero que por culpa de su soberbia perdieron una batalla contra un dios que acabó regalándoles una finca en el infierno para que coleccionaran almas malas y se entretuvieran en torturarlas eternamente, almas como la mía y la tuya. Son los mismos, en cambio, que cuando suscitas una discusión sobre Verdi, Picasso, Gabriel García Márquez, el automóvil, los impuestos, las carreras de caballos o el arte de hacer punto de cruz, sorprendentemente reconoces en ellos el mismo código de razonamiento implantado en el mismo instrumento de pensar, aunque discrepes de sus puntos de vista. Todo un misterio.

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En el 20 Minutos de papel he dejado para hoy esta columna. Ya sabéis que yo, además de bloguero, soy del partido columnista.

¿Será sangre o vino?

La lucha secular de los campesinos contra los intermediarios que se enriquecen a su costa está teniendo estos días tintes revolucionarios en el Languedoc francés. Una autodenominada Unión para la Acción Vitícola está poniendo en el primer aprieto serio al gobierno de Sarkozy. Hartos de que les paguen una miseria por sus uvas, cuando ellos son el primer eslabón del milagro del vino francés, han lanzado su primera advertencia: o suben los precios de las uvas o «correrá sangre». ¿Sangre o vino? Me recuerda la historia de aquel noble que ordena a su criado que le suba de la bodega la única botella que le queda de una añada mítica de la Romanée Conti (12.000 euros la botella). Al cabo de un rato se oye un estrépito de cristales. Cuando baja, alarmado, y ve que un líquido rojo mana por debajo de la puerta de la bodega, levanta los ojos al cielo y reza: «Que sea sangre, Señor, que sea sangre».