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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Cuanto más duro, más suave

[Segundas partes nunca fueron buenas, La Cró-ni-ca-2]

Lo sentí nada más ponerme en pie. El pisar con mi talón izquierdo era absolutamente normal dentro de la anormalidad extrema de nuestras vidas de corredores. El sábado 17, a las 05.50am, un sensible tendón de aquiles pedía atención exclusiva, como un crío pequeño mal habituado. Iba a tener una respuesta acorde con la sensibilidad de un padre moderno: te vas a tirar no menos de treinta horas en danza, sin parar. Amiguete.

Un calzado suave como las Kayano de aquel test de Asics via Trnd. Calcetines de no.combate, o sea, lo contrario de lo que me surto para las pruebas de montaña duras. Pantalón corto de atletismo, camiseta de las ranas, la del pijama horrendo, como se dice por casa. Todos, toditos, los componentes para que una previsible lesión se acreciente o rasgue. ¿Y esta predisposición? Chulería. Sí, pollos. Uno es chulo hasta para despreciar su físico. Espero que os valga como convincente explicación, deseosos como estamos de propuestas avant-garde y de echarle bolas al asunto del ocio. Que sí.

Esa mañanita se iban a desvelar los enigmas del corredor suficiente, sobrado y que va por la vida provocando a la distancia. El sopapo que todos esperaban en silencio pero con fría sensación de merecida revancha. Madrid se despedía con fulgente sol -de hecho aún no se ha despedido- y nos mandaba a la obra, al tajo. Risas, despreocupada alegría para los que componíamos el último tercio del pelotón, cháchara. Joder, qué bien. En Tres Cantos seguíamos indemnes por fuera, controlando el ritmo (qué es una crónica sin datos técnicos, runners míos), pero el calor y la sudoración nos iba minando por dentro, hasta el punto de empezar a notar parpadeos involuntarios en los gemelos apenas llegados a Colmenar Viejo. Con setenta y ocho kilómetros por delante, las sales y el agua habían desaparecido de mi cuerpo serrano. El mejor panorama, sin duda. Menos mal que la compañía de mi Bandoneón, de un japonés londinense y de … esperad, esto empieza a desbarrar por sí solo. Dejadlo en que la charla y los suaves trotes y caminatas lijaban las asperezas por las que una mente homicida nos enviaron, con una circunvalación por las nuevas áreas residenciales de Colmenar, avenidas yermas pero llenas de metros de acera, los non-places definidos por Stefan Metaal en sus tesis. Los no lugares. La no ciudad. Y, en ruta, los no corredores.

Dos de la tarde. Bandoneón, nick que corresponde a un grillo que devora de modo habitual las hojas de los libros, como la filoxera pero con barba blanca y ojos de vidrio triste (Andrés, tienes los ojos tristes, ¿nadie te lo había dicho?), me dice: hace un calor del cagarse, pero prefiero hacer la parada larga a las tres mejor que a las dos. Esto nos supone salir por la cañada brutal hacia las zonas altas de Manzanares aún con el sol dándonos en los cogotes. Un trozo de pista recto como el recto y ano como el ano. Intento corretear un momento para soltar los músculos y llega el primer calambre. No es ni el kilómetro 38. Excelente panorama. Eso sí. El aquiles, callado como una concejala imputada. Aquí debería hacer una glosa de los mimos de las personas de la organización, de la alegre visita de Rita la Pelos en su coulotte, de que la batería de un Samsung Galaxy es breve como un estornudo y de que mi familia pasaba el día despreocupada, ajena a todo, en el zoo. os lo merecéis, pero …

… pero la tarde cae. Yo caigo. Mis piernas caen y me arrastro a setenta y dos metros por hora hacia la falda de la sierra. De la falda de la sierra me tiro rodando a las faldas de Cercedilla, madre y esposa y cocinera. Y ya está. Lo dije. Un ultra de 100 es un ultra de 63. Es el paso por las cocinas donde Paco Jódar hizo una paella de la que se podía repetir y extraer sales e hidratos y cachos de pollo cojonudos. Se podía repetir plátano, así que pasé por caja consciente de que me podrían regañar pero sé que los españoles ahora coméis más lácteos que fruta. Y ahí se terminó todo. El drama y el no drama. Mi noche constituyó muchas noches a la vez, la de chico de la cruz roja con un compañero con el estómago revuelto, la del charlas que pega la hebra con todos, la del compañero de club que ríe con una compañera aterida de frío en un avituallamiento a 1800m de altitud.

Duró hasta que nos repatriaron, como a cadáveres ya descansados de la guerra, que es un paseo hacia la muerte pero menos. Cundo desperté en el autocar estábamos entrando en Madrid y ya no me dolían las piernas ni los pies. Cuanto más duro, más suave, pensé. Pero también pensé que era un título un poco tonto para una crónica de estas tan megadistancia y tan supertodo. Ahora veo que no es tan tonto. Es soso, nada más.

Para los fans de los blogs llenos de monigotes y fotos, adjunto unas cuantas bonitas imágenes. Espero que sepáis apreciarlas.

4 comentarios

  1. Dice ser garbanzito

    ¿Veinte horas?. Tendrías que haberte retirado a 10 cm de la línea de meta y así tu caché no hubiera sufrido ese revés. ¡Cuanta envidia os tuve ese día?.

    22 Septiembre 2011 | 13:05

  2. Dice ser Bandoneon

    No es que tenga los ojos tristes, es que se me nota en la mirada que soy conciente de mi mismo.

    Garbancito: yo decidí abandonar a apenas 2 kms de la meta sólo para seguir con mi tradición de no acabar nunca lo que empiezo pero esa vocación de torpe que siempre me acompañó hizo que me equivocara el camino al polideportivo y pasara por meta. Termine la carrera por accidente.

    22 Septiembre 2011 | 13:50

  3. Dice ser Guishe

    Precioso, muy bonito, el de los ojos tristes y el del ojo de mordor.

    23 Septiembre 2011 | 15:56

  4. Dice ser mayayo

    Estábamos en duda si saldría o no, y así por esto como porque algunos dicen: “Nunca segundas partes fueron buenas”.
    Más hete aquí que al cabo salió y gustamos mucho de ella.
    Agradecimientos, Maese Spanjaard. 😉

    23 Septiembre 2011 | 17:11

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