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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

[relatos] Hocus Locus

Aquí os dejo un cortapega. Hocus Locus. De Siete Historias Cortas del Correr. Libérate, gorrinín mío.


La vida de Angel discurre entorno a la búsqueda de gente. Mientras fue estudiante cambió su residencia varias veces, siempre tras el cambio contínuo de caras y con la esperanza insatisfecha de saborear los ultimísimos nuevos hormigueros urbanos.
Angel aborrece la soledad por encima de todo. De sus contemporáneos ha heredado la necesidad de estar en eterna compañía. Héctor le proporcionó momentos de juerga en un piso compartido en la calle Fuencarral hasta que sus futuros se hicieron divergentes. Héctor tenía en la cabeza espacio para volar y el ideal de Angel era fotografiar mentalmente la sala de embarque de la mayor terminal de viajeros del mundo. En lugar de neuronas parecía tener millones de caras coleccionadas y decenas de millones de palabras cruzadas durante el día y la noche.
De Fuencarral y aquel segundo sin ascensor pasó a un estudio mínimo donde Eva, estudiante de arte dramático y Santos, un doctorando brasileño, le insistían en vivir de noche y sepultarse de día. Aquel espacio estaba inmejorablemente situado en un opresivo cruce de callejas entre Hortaleza y San Mateo, pero una vez superado el límite de gente por superficie aquello se convertía en un sitio incómodo, por eso pasó a Ibiza 21 y se asomó por primera vez a unas tertulias que se celebraban ruidosamente en un café contiguo, siempre con la idea fija en la cabeza de que la soledad primero abruma para después tragarte.
Angel no tiene una necesidad enfermiza de hablar, afirma siempre, pero siente que la gente tira de él hacia sí. Esto hace que se pregunte sobre ese halo que toda persona lleva consigo. “Parecerá una tontería”, confesó un día a Santos, “pero mi única preocupación es un sueño en el que todos nos quedamos sin ese aura y de repente veo a todo el mundo con una silueta borrosa y rara”.
Angel sale a la calle en un plano y abúlico sábado por la mañana, un comienzo estándar de una zona de la ciudad que no comete excesos de puertas afuera, y en la esquina de Manuel Becerra se pone a mirar hacia derecha e izquierda. El aire tiene cierto peso y la niebla se ha adueñado de Madrid centro. Una persona ni del montón de los mayores ni excesivamente joven atrae su atención e, inconscientemente, va hacia ella. No es la primera vez que se ve empujado a seguir caminando a alguien. El tipo viste un chandal rojo con unas bandas blancas en la manga y corre suavemente hacia la entrada del parque del Retiro. Angel se mete las manos en los bolsillos y encuentra un papel arrugado, una cuartilla mínima de color amarillo que anuncia nuevos prostíbulos en su barrio. Es un gesto automático. Por detrás tiene anotadas unas cifras y recuerda que debería llamar pronto a un cliente. Alza la vista y, por unas décimas, lamenta haber perdido al corredor.
Angel acelera el paso mientras le regresa una pregunta a la cabeza. Qué ocurre con las personas cuando giran una esquina y dejas de verlas. Sale tras el rastro del deportista de chandal rojo y tiras blancas porque le da la impresión que si sigue durante un rato a una persona, sin dejar de tenerla bajo el punto de mira, encontrará algo que le satisfaga. O la oportunidad de preguntárselo. Es eso; al menos durante unas horas de un sábado de invierno, Angel quiere saber si el de rojo le puede desvelar algo, disipar la duda de las estelas humanas. No estaba previsto que captase su atención precisamente hoy y, mucho menos, un tipo haciendo ejercicio.
Angel no es un gran deportista pero esta mañana se había colocado unas zapatillas y un pantalón de mil usos, junto con una sudadera que le hace pasar desapercibido por la zona, se fija en que no es el único con ropa casual y así se mimetiza detrás de su objetivo, cruzando apenas sin mirar y entrando al Retiro donde es complicado escoger. El confort de sentirse arropado es un bálsamo para Angel.
Hay un trío que pasa hacia la puerta del paseo de Coches y otro corredor que fluye solitario hacia la Rosaleda. Es, sin él saberlo, un baile orquestado desde el desconocimiento, decenas de urbanitas, muchos quizá como Angel. Son los minutos de un desayuno tras los ventanales, con el periódico y las tostadas colocadas en abanico como las cartas de un juego de naipe, pero existe un mundo paralelo al que Angel apenas había prestado atención. Es gente activa, piensa, no me vendría mal haber reparado en ellos antes. Tan pronto y tantos grupos que peinan las sendas de este parque, quizá de la ciudad completa.
Apuesta por seguir por donde discurre el solitario de rojo, que le conduce hacia la bajada de la cuesta Moyano. Quizá acuda a comprar alguna referencia de viejo, piensa Angel. No le vendría mal repasar aquellos cajones de esa cuesta, donde antes había un buen puñado de casetas de libreros a modo de cacaroles aparcados, a modo de escuderías de fórmula uno alineadas oliendo a papel viejo. Es muy posible que el hombre del chándal rojo sea un tipo interesante que corre por las mañanas y luego se sienta a escribir. Por qué no, se pregunta Angel. Quizá se duche ya con algún párrafo situado entre otros escritos, en colocar líneas sobre una hoja que ya no está en blanco, desde el momento en que el corredor va ideando frescos pensamientos. Lo mismo el de rojo, que podría llamarse perfectamente Santiago Toboso, es un columnista de un semanal o un fotógrafo que prepara su próximo viaje para una revista de naturaleza. Angel sonrie ante esa gigantesca admiración que el público siente por los aventureros, los fotógrafos de National Geographic o los escritores de librazos de viajes. Él, salvo un par de intentos vacíos de excursión solitaria en su etapa universitaria, ha renunciado a la expedición, la aventura o el viaje. Es un elemento totalmente urbano que necesita el calor de termitero que despiden la calle Preciados en Navidad o las fiestas en plazueas abarrotaras por San Lorenzo o La Paloma. Para él su ciudad ideal debería vivir constantemente a veintiuno de diciembre, preferiblemente sobre mediodía, con centenares de visitantes comprando la útima gran lotería del año en esas filas incómodas de la puerta del Sol. Un campus vacío, un polígono de viviendas o un valle desierto son para Angel como si le arrancaran las tripas y las arrojaran al mar.

La calle por la que baja tiene el aspecto de un helado de dos sabores, el de la sombra escarchada y el sol de primera hora. Angel repara en un hecho que le cruza la mente mientras sigue al supuesto escritor aventurero de rojo: lleva más de quince minutos sin parar. Hasta ahora venía entre los setos y callejas del Retiro casi a ciegas, pero la visión de esos escaparates todavía vacíos de vendedores de guardapolvo gris perlado le trae una cosa a a cabeza. Está corriendo, y lleva una sensación en el pecho de necesidad, como si quisiera detener a alguien y preguntarle simplemente por qué. Inseguro de la conveniencia de interrumpir al escritor del chándal siente que tiene que preguntarle sobre su último libro. Le asalta una duda, varias; si el tipo de rojo utiliza habitualmente el correr por los parques a primera hora como inspiración. Es posible que el escritor tenga en mente dos o tres viajes y necesite, piensa Angel, sacudirse la indecisión. Eh, oiga, le diría, le recomiendo tal o cual ciudad de Asia.
Perdone, sin querer, le está gritando. El corredor de rojo gira la cabeza y Angel siente como todo va tomando un sentido inesperado pero en el quel encaja con facilidad. Ah, hola. Le gusta la conversación. Se acerca los escasos veinte pasos que le separaban con una sonrisa amable. Angel quiere causar la impresión de que no interrumpe a la gente por diversión. No quiere parecer un demente ni un loco peligroso. Aumenta la sonrisa mientras deja de trotar y llega a su lado, y ve que el escritor de rojo no es reacio a responder a su llamada de atención. Qué tal, le ataja. Es un tono de voz aún acelerado pero franco. Angel se discupa, una cosa, le veía bajar por aquí y me he preguntado si es un habitual de los puestos de libros. Sí, bueno, suelo venir por aquí. No, sigue Angel, es que le veía mirar a las casetas y, eso, que también bajaba corriendo y he pensado, mira, otro corredor que le tira la literatura. Se había incuído involuntariamente en un gremio del que pocas veces tenía referencias. Esto le sorprendió. Durante un lapso de segundos dudó si estaba escuchando la respuesta del hombre al que acababa de detener. El escritor de rojo empezaba a parecer a Angel cada vez más un mero corredor de rojo. Carecía de misterio sobre pasados viajes al Annapurna o libros sobre autoayuda o columnas de economía en El Mundo y dejó a Angel bloqueado con una sonrisa ausente. ¿Ya no le valía? ¿Era antes un tipo interesante y ahora él también?, ¿o se estaba desvaneciendo por haber perdido el halo misterioso, o porque Angel había subido los escalones que le separaban de la figura literaria? Estaba tratando de tú a tú con el de rojo de puma. Esto significaba que uno de los dos no era lo imaginado, se planteó en mitad de una sensación de fiasco que amenazaba con durar segundos o incómodos minutos si nadie lo solucionaba.
Está o parcialmente loco o perdidamente loco, parece pensar el de rojo. Bueno, adiós, la cortesía del otro acude en su rescate involuntariamente. Angel se ha quedado con los brazos en jarra y, a lo lejos, ve que cada vez más parejas van saliendo a tomar el aperitivo y las mira desde su perspectiva de la acera norte de Agricutura, hacia la nueva estación de Atocha. Ya no escucha y es que un tipo con camiseta verde fluoresecente baja hacia el paseo de las Delicias. Echa a trotar detrás suyo.
A la hora de las cañas y las tapas variadas la ciudad va tomando otro aspecto mucho menos circunstancial, con un mayor sentido. Todo huele a normalidad y la anormalidad, o sea, un tipo que corre detrás de otro, ya no está asociada a una persecución de un delincuente, nadie grita, nadie jadea ni leva los ojos inyectados en pánico porque ambos van vestidos de activistas del correr, de la fiebre del milenio. Finalizaron en Madrid los ochenta de la rareza y los noventa de la incultura. Angel todavía viene musitando cosas y pensamientos del frustrado escritor de rojo y mangas blancas que no lo eran, que apenas eran un puma blanco en una chaqueta de uno que no era escritor.
El dueto de uno verde chillón y otro de gris llega sorteando semáforos y pasos de cebra hasta un río en obras por el que unos cuantos sortean paseantes y gente con carritos. El de verde, que lleva un número seriegrafiado en la manga, como un dorsal de una carrera que se ha convertido en una identificación de un campo de concentración, un Buchenwald deportivo, piensa Angel, corre muchisimo más despacio que el de rojo y blanco con lo que se puede permitir el lujo de mirar qué tipo de ciudad le rodea. La ve desescombrada, mal hecha. Sin querer pero con facilidad llega a la altura de Benito, el de verde fluorescente con el número de los campos de concentración de la San Silvestre Vallecana –desconoce Angel, que lleva seriegrafiadas tres letras, GAP, en negro. Qué tal, se preguntan casi a unísono, cosa que sorprende a Angel. Traía en la cabeza la idea de aproximarse de una manera diferente, escarmentado de la experiencia con el no-fotógrafo no-escritor. Mira, te he visto bajar desde Atocha y yo también venía al río a correr un rato, se oyó mentir.
Inopinadamente, Angel siempre había sostenido que la mentira de quien busca no herir es una falsa capa de espinas. Le había ido muy bien diciendo siempre lo que pensaba; se lo había enseñado su madre, protestante alemana de rígida moral. En realidad lo que pretendía evitar era el bloqueo de una situación similar a la del corredor de rojo. Comenzó con una frase que no hacía mal a nadie. También pensó que ir hecho un cristo, sudando, le confería un aspecto más amable a ojos de los otros corredores. Pues vienes de darte una buena paliza ya, siguió el de verde fluorescente. Angel pensaba demasiado pero sus suposiciones eran ciertas. En realidad no salgo casi nunca a correr pero hoy me he animado, a lo tonto. Y es que se ha quedado un día estupendo, argumentó.
Al paso de las zancadas fueron soltando la incomodidad del encuentro hacia una suave camaradería. Por ejemplo a Benito siempre le había preocupado no tener una vejez llena de seres queridos, de compañía. Hacerse viejo y estar solo le parecía un final horrendo. Eran temas a los que cada vez dedicaba más tiempo. También pensaba mucho en cómo se quedó viudo tras un horrible fin de semana en que perdió a su esposa en un accidente de tráfico. Sabía que tenía que remontar el vuelo como fuera, de hecho los amigos del mundo de las carreras eran un apoyo fundamental. Ahora tenía dos hijas, una de ellas vivía relativamente cerca y podían verse a menudo. La otra, bueno, tenía un poco de su carácter y otro poco de Elena, su difunta mujer. Siempre organizando cosas lejos. Era más difícil verse con ella.
Pero todo esto quedó guardado entre sus pensamientos más lejanos porque de nada de esto hablaron los cinco o diez minutos que compartieron. Angel comprendía que el de verde de los números de presidiario fuera un franco y paciente conversador aunque poco o nada dijera. En su cara enrojecida llevaba impreso un sufrimiento silencioso y, por una vez, sintió cómo le recorría el espinazo una especie de compasión. Ayudar a aquel gesto cansado con una muerte rápida o una borrachera que le hiciera recuperar la lozanía previa a demasiados años de duelo.

Por encima de ellos va un juez astral que templa la parte baja de Madrid, la que una vez fue lavadero, con huertas, chabolas llenas de pulgas y que en estos días es casi una cinta de gimnasio en la que se olía de lejos, en vez de sudor, a churrería. Rio arriba están los bordes de la ciudad que se detiene unas horas a tomar una cerveza. En primavera el corredor de verde fluorescente suele pasar días en la playa de Alicante y desaparece del río de los cascotes y las verjas que constantemente interrumpen el correr, el pasear, el vivir.
– A Elena le encantaba bajar a Alicante. Las chicas ya sabes como son. Antes venían con nosotros pero, mira, otra vez que nos hemos quedado como cuando se nos murió mi mujer.
– Vaya, es duro.
– Y da gusto, oye. Sales a rodar por el paseo marítimo en pantalón corto todo el año. Pero a mi mujer le daba la cosa tonta que bajara tan pronto. Ella era más de levantarse tarde. Antes, bueno, cuando las chicas vivían con nosotros, al menos una de ellas me esperaba en el balcón y me tiraba una bolsita del pan, de esas de tela, para subir el desayuno para los cuatro. Uno se pierde en lo más insulso de la vida mientras lo importante se te va yendo. Éramos muy felices aunque a la pequeña no le emocionara mucho bajar a apartamento.
– Benito, venga, ánimo. Yo me quedo.

El domingo, Angel seguía corriendo río arriba y abajo. Ha cambiado y en su cara hay arrugas que vienen de sus horas pensando al sol y una barba que sale amenazante. Ha pensado sobre los años pasados por Benito. Ha pensado si éste sentiría el acoso de la soledad o si el no-escritor de rojo volvería a esquivar a más gente que le interrumpiese en sus pensamientos. Angel ha seguido trotando durante toda la tarde y la noche mientras se cruzaba con cientos de gentes y unas le saludaban y, las más, no. Incluso parte del paseo del río ha cambiado del sábado al domingo y las grúas han parado en su transformación de bloques y mover toneladas de cemento sorteando al corredor de diario. El final de la semana, el festivo santo en el que todo se para y da paso al movimiento familiar, estaba trayéndole oscuros pensamientos. Pensó en alguna ocasión, además, subir a su apartamento para comer o cambiarse de ropa. En plena noche se había preguntado si, deteniendo su absurda galopada, todo pasaría de golpe. El frío y la humedad de las calles que festonean el Manzanares le habían forzado a apretar los puños. Le habían sacado una inquietud hacia fuera.
Hoy la ciudad está mucho más silenciosa y esto le produce una difícil sensación. Sus pisadas suenan cortas, sintéticas, sobre la baldosa fúnebre y la tierra apisonada del ajardinado de derechas. Llega a un puente en el que la gente se da la vuelta y, desde ese momento, todo le parece una estupidez. Ya le parece una estupidez suficiente estar corriendo y Angel, apenas se lo plantea, siente que una cuerda tira violentamente de él hacia una señora del pelo blanco y corto y que corre una sudadera blanca y corta.
Hola, corta Angel, que ahora parece un descargador de bultos más agachado y más cansado. Ella anda por los bordes, los márgenes de ese paseo arbolado de pinos escuálidos hacia el Puente del Rey donde el rey bajaba cuando le salía de los mismísimos a los cazaderos reales. Hola, mozo. Tenía una voz cristalina, como si hubiera sido toda la vida una maestra de niños pequeños. Angel tardó en reaccionar porque habría querido explicarle el porqué de lo que estaba haciendo pero, ayer, todo era más cristalino y corría sin saber por qué. Ahora había comprendido que perseguía a la gente de una manera más opaca. Como caer a un pozo. En la caída Angel sentía que iba rozando contra unas paredes húmedas y sufría. Era culpa de la gente ¿Por eso los seguía?.
Atajó tirando de la conversación del mira tú qué frío. Todo el frío que hizo ayer y mira qué Domingo más reluciente. La corredora tenía un paso cortito y llevaba los brazos casi inmóviles, como si estuviera agarrando un monedero imaginario. Es una maravilla, cedió, reconfortada por el tono amable aunque agotado de Angel que, a estas alturas del fin de semana, no tenía aspecto de criminal que interrogaba a su víctima, que podía llegar a serlo o no. Tenía aspecto de otro exhausto sufridor más de caminos y carreteras. Para un deportista podía ser un colega de entrenamientos. Para un capataz, una cosa entre medias de pastor antiguo y obrero adormilado por un turno de noche asesino que le acababa de quitar los tuétanos. Para una víctima todavía no tenía pinta de nada. Las víctimas no suelen percibir el peligro a primera vista.
¿Subes hacia el Lago? Yo voy hacia allí. Me vendrá bien no ir sola. Aquello sigue lleno de babosos y de mirones hijos de perra. Estupendo, soy Angel. Si aflojas un pelo podré seguirte mejor y te serviré de algo, también para la conversación. Yo Nati, ya veo que vienes bien zurrado. Había algo indudable que le intrigaba aquella corredora de pelo entre plateado y blanco artificial que apenas levantaba los pies del suelo, unos pies rematados con unas zapatillas blancas y azules. Ese aspecto de ser de las nieves no podía ser algo fruto del azar. Nati debía tener una adoración por el color blanco, un manto que debía decir de ella cosas que no le importaría saber a Angel pero que, quizá, encerraban algo muy íntimo. ¿Qué hacer? Su cabeza le iba disparando ráfagas eléctricas en las que se leía en un código primitivo la orden de arrancar la piel, comerse la carne de la presa. No. De nuevo ¿Qué hacer? Preguntar. Oye, Nati, vas conjuntadísima, tan de blanco. El blanco que le hacía daño en los ojos.
Ella rió dejando marcas por toda su cara, signos de haber transcurrido por la vida anteponiendo el bien a la conveniencia. Angel sintió un nudo en el estómago y unos deseos impuros, peligrosos. No estaba a gusto rodeado de tanta bondad. Quizá ayer sí, antes de romper a sudar abundantemente. Vió un punto de vulnerabilidad en aquella ninfa blanca y madura que le volvió a poner los pelos de punta ¿Somos más vulnerables cuando ponemos nuestra sangre a circular? Es más, ¿encuentra el hombre momentos de escape en el ejercicio? ¿Es más fácil buscar en las entrañas del ser humano cuando se está torturando y amaestrando el cansancio físico, superando esa especie de alfombra de piedra y espinas que es el primer dolor? Si es así, si van surgiendo retazos de charla, a ratos íntima y a ratos genérica, siente ganas de terminarla bruscamente. Angel sufre durante unos minutos, intentando centrarse en la conversación, sin saber que nada obliga a seguir charlando mientras hay que ocuparse de llenar los pulmones de oxígeno. Tiene que ocuparse de desechar locuras de su cabeza.

A cada hora que pasa cambian las gentes, las luces, él ve como las sombras y los rayos de sol van acompasando su paso bajo los árboles del paseo de los que pasan el día por la Casa de Campo. Nati desapareció en el curvón que asciende desde la estación de Metro hacia el Paseo de Extremadura. Él dudó si parar; tuvo que entrelazar sus brazos sobre el pecho para despedirse y poder ir con sus pensamientos un tramo más arriba. A la altura del albergue Eben Haezer bajan unos y suben otros. Es como un nudo del que aparecen a cuatro calles los deportistas de la ciudad. Un cuarentón bastante similar a él y su aspecto, su trote, le subsume en una nueva compañía. Lleva una melenita cortada y anudada sobre las orejas y tira hacia los bloques amarillos de Aluche. Le ha devuelto el saludo levantando la mano. Aunque va con música en los oídos se convierte en un circunstancial aliado de zancadas. De su aparente e individual indiferencia Angel huye incomodado ya que, hacia la calle Illescas, se encuentra con unas chicas y las sigue hacia arriba para bajar acto seguido detrás de un canoso de pelo rizado, casi hebreo. Por momentos siente como el tiempo se encoge y desaparece como detrás de unas arrugas en la ciudad, dobleces enfrente de sus ojos.
Por lo que ve y puede entender, el agotamiento ha transformado el modo de escoger cada una de sus víctimas. Ahora sí se puede hablar de ellas de esa manera. De la curiosidad del sábado por la mañana, al interés de las primeras horas del domingo, y a la automática selección por extraños parámetros de la tarde. Quién no tiene raras maneras de establecer conexiones para sus hechos, piensa Angel. Ahora lo entiende todo: el agotamiento ha ido limpiando de convenciones sociales su cuerpo y su cabeza. Era necesario explotar el límite físico para vagar al trote y comprender por qué siempre ha ido detrás de sentirse arropado por gente.

Es domingo por la tarde y Madrid va regresando a ensamblarse en sí mismo. Angel siente el cansancio en la cabeza, la rigidez en las piernas. Su lado razonable le empuja a volver a su estado normal, a su sociable pasión por las personas, pero está preso de un vagar. Es un holandés errante que discurre maldito durante las horas, sin parar. Al paso por un escaparate intenta fijarse qué ha cambiado en él y solo ve una sombra borrosa que trota, sin permiso para detenerse en un banco, en una cafetería para cenar. Empieza a preguntarse si lo que únicamente le produce placer es perseguir vidas ajenas. En puridad no quiere saber mucho de las vidas de los demás. Si acaso, contemplarlas durante un rato, en movimiento. Es como si le bastase con un resumen breve y en ropa deportiva para emitir un fatal juicio.
Se ha sorprendido pensando en el juego de ser Dios. Durante su aprendizaje ha aprendido a otorgar la salvación. Primero el imbécil de rojo y después Benito el de la camiseta de la sansilvestre verde. Nati escapó por los pelos a pesar del pavor que le producía el blanco de su aura. Luego el cuarentón y posteriormente las chicas de la calle Illescas. Angel, el dios terrible de las muertes, estaba entendiendo el proceso por completo, el otorgar los derechos de tránsito por esta ciudad y sus parques. La siguiente víctima sería una rápida ejecución, una vez desanudado todo.
El sol se va ocultando y Angel se detiene un momento. Baja las manos a apoyarlas en las rodillas mientras intenta reordenar su cabeza. En ella ha tomado ya peligrosa forma la semilla de terminar con la vida del corredor que está persiguiendo, el canoso del pelo rizado que corre calle abajo en dirección al parque de Aluche. Se agacha y mira de reojo, guiñando parcialmente los párpados del ojo derecho hacia un escaparate.
No está. Angel no aparece. Sencillamente, no se refleja en la luna del bar. Le aterra la idea de haber perdido algo en las diez horas de noche que ha pasado trotando arriba y abajo por las aceras de la Casa del Reloj, del Matadero de Lavapiés, de las obras homicidas del río. Su ser, quizá.
Mira más de frente, para asegurarse ante la complejidad de los juegos de espejo. El gran ventanal de una cafetería tiene un mundo intermedio, sí, pero en el que Angel no se ve y otro, un mundo correcto, que es como un escenario de una obra de teatro. Detrás, en ese escenario, están los nuevos camareros de la ciudad. Hay ecuatorianos que sustituyeron a la generación de castellanos jubilados y que pasaban los días de camisa blanca y pajarita, peinados con fijador y machacando las vitrinas de las tapas, las aceitunas, con aquel trapo atemporal que todo lo fregaba. Las paredes de azulejos y de placas de aluminio y espejo, y calendarios y las tramoyas de los barrios donde se cocían las desventuras, se calentaban las manos poniéndolas en las tazas de los primeros cortados del dia. Delante está ese cristal enorme donde se refleja la acera y la fila de coches y el paso del treinta y uno. Pero él no está, no se refleja.
Oye que le dicen, ¿estás bien? Mira hacia la voz que le llama, con una expresión de miedo en la cara y ve un tipo igual a él que le pregunta. Llevo siguiéndote un rato, también venía hacia aquí y me he dicho, va, así no voy solo.
Todavía apoyado sobre las rodillas ha dejado de mirar al escaparate, horrorizado por su ausencia, y fija la vista en otro Angel que le mira de arriba abajo. Seguramente, o no, otro Angel que ha estado dos días completos yendo detrás de gente. Es posible que tampoco hayan pasado dos días. Es enormemente difícil calcuar en días y horas la vida de una invención, sobre todo cuando recaen las sospechas de que esa invención eres tu mismo.

Esa misma tarde Angel anotaría en un cuaderno con una tapa montada con una ilustración asiática lo inquietante que había sido ir al azar, compartiendo la mañana de domingo, detrás de esa fauna por descubrir que son los corredores de la ciudad, sin rumbo, en una especie de aventura donde la exploración se iba haciendo sin previo aviso, a la carta, sólo obedeciendo al capricho de tomar una ruta ajena, prestada, hasta que su cuerpo dijo basta y fue tragado por la red de transporte para escupirlo a la superficie pasado un tiempo sin determinar. También a la caída de la noche del domingo ocurrió el primero de los sucesos que inquietarían en Madrid durante una larga temporada. Una sombra sin identificar, un ente desconocido, parecía acechar y perseguir corredores por diversas zonas de la ciudad en las horas de poca luz.

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