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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Prologando

Estoy en vías de publicar la versión ebook de mis “Siete Historias Cortas”. Os avanzo la introducción.

 
Vivo rodeado por corredores. Es frecuente que, en mi día a día, mucho de lo oído venga de una monotemática rapsodia: un ser humano sudando durante medianas y largas distancias. Mi correspondencia diaria contiene un alto octanaje runner. Muchos de los paseos y asomadas a los mundos virtuales, blogosferas y páginas especializadas tienen como sustancia temas tan específicos como si es bueno o no ponerse a correr un maratón a los cuarenta. En casa no es raro someter a debate asuntos como qué pensamos de que mi hermana haya terminado una prueba de cien kilómetros en diecisiete horas. Yo mismo corro, no a diario ni siquiera tres o cuatro veces a la semana, pero salgo a correr. Y en ello llevo décadas. Como consecuencia, me resulta más cómodo desarrollar escritos con esta cantinela de fondo. Y escribo convencido de que algún día podré dejar de escribir sobre correr. Quiero que haya testigos de este testamento.

El de correr no es un mundo hermético. Es monstruosamente dinámico y alegre. Reina un expansivo buen ambiente. Está en constante expansión y nada se puede hacer al respecto, lo inunda casi todo. De una manera callada y más clandestina que el gran enemigo futbolístico. Al contrario que en el eterno referente del balón, nadie opina sobre correr sin practicarlo. Incluso la retirada de deportistas como el maratoniano Haile Gebreselassie son suficientes para ocupar momentos de noticias. Correr está más de moda que nunca, es saludable, incluso ahora levanta más pasiones que en el boom posterior a 1974.
Ahora bien, basar una historia escrita en este tema tiene innumerables riesgos.
Cuando uno se lanza de boca por una obra encauzada hacia la soledad del corredor de fondo, nota con el paso de las páginas que el correr es un tema marmóreo para una novela. Obviamente, quien practica el pedestrismo, corre maratones, trota, camina deprisa o se pasea durante cientos de kilómetros – que los hay – piensa que es una existencia un tanto romántica. Que es un deporte noble, con un alto contenido de drama personal, no exento de un punto de épica literaria. Es incluso solución cósmica a muchas preguntas.
Uno se rodea, sin querer, de notables propagadores del saludable ejercicio de correr, como dijo Vargas Llosa. Hay gente que piensa mientras corre, o canta, o se psicoanaliza o planea cómo huir de su trabajo. Pero, fuera del mundo runner, entregar un relato así a un no corredor es exponerse a ser recibido como un mendo que cuenta cosas barnizadas de un zapateo monotemático.
Y para dejar de escribir sobre el correr necesito sacarlo todo fuera. De ello que esta recopilación de historias cortas anuncian ya de antemano esa afinidad con el citado grupo. Son historias, casi, de y para corredores. Ellos serán, prácticamente, los que mejor aprecien el esfuerzo de levantarse a las cuatro de la mañana para otra cosa que no sea ir a urgencias o tomar un vuelo sino, en su lugar, desayunar malamente un café probablemente frío y colocarse unos pantalones y unas zapatillas.
Son cortas por si las moscas. Si un no-corredor – la inmensa mayoría planetaria- se atreve con la lectura de este conjunto de historias, espero que no se le haga interminable y me dé la oportunidad de presentarle el desenlace y comienzo de otra de ellas. En una de ellas, omitiré cual, empecé con notas demasiado clásicas y explícitas. Aquello era una glosa horrible, un relato casi epopéyico sobre la gente en pantalón corto. Había demasiado olor a pedestrismo. A duras penas encontraría excusas porque yo mismo atravesaba en aquellos días una segunda juventud en la que me apetecía volver a contar mis carreras, volvía a correr más o menos rápido. Creo que este fenómeno lo experimenta todo varón que descubre su retorno al animal cazador cuando progresa rápidamente en las carreras, en los entrenamientos. Con este triste equipaje comenzó a desarrollarse dentro de mi cabeza el primer relato sobre alguien cuyos pasos por la vida venían lastrados por unas zapatillas. Y era un adoquín fragmentario.
Pero no quiero que se aborrezca a este libro ni se acuse al mundo del corredor a pie de propagar el aburrimiento. De hecho, ya digo, intento abandonar tanto cuanto puedo este hilo conductor. Creo que la epopeya de quien nos calzamos unas zapatillas, vestimos según qué moda se lleve en las tiendas especializadas y salimos a hacer diez, doce o sesenta kilómetros es un asunto que no da más de sí. Posiblemente la profusión haya agotado todo lo que se podía contar sobre el correr. Por añadidura, correr es sustancial y básicamente un asunto lineal y que contamos a nuestros semejantes o quienes nos quieren más de lo que nos merecemos.
Así, en esta pequeña obra y con el paso del tiempo, los personajes y mi motivación van alejándose de un modo variable del asunto la carrera a pie. Los comportamientos de los personajes no son específicos de un corredor. Son un todo, un alienígena global y ajeno a grupos o modos de vida. Es esta mi primera coartada para que estos sean mis últimos relatos sobre el tema deportivo.

Finalmente, son historias cortas porque no soy un escritor de oficio. No hay carretillos de horas detrás. Confesaré algo: detrás de muchas de las situaciones que describo hay una especie de idea subyacente y es la rabia que uno siente al no saber escribir. Echarle horas es la técnica, por supuesto. Es un panorama contradictorio en una época de incertidumbre social y laboral para todos. ¿Dejar todo para escribir sobre lo liviano que uno se siente mientras cruza una montaña? Esta es la segunda excusa, probablemente, para no volver a escribir más con este paisaje de fondo, con este sentir la vida como un corredor de largas distancias, cosa que abunda en nuestro entorno y de lo que huyo progresivamente. El reposado maratoniano asume su existencia como una paciente construcción, un modulado que nace y crece.
Yo no tengo tanta paciencia ni tiempo. Para no perder la perspectiva, porque en esta maldita ciudad parece que nadie la tiene ya, como decía el monumental diálogo del crítico culinario y el maitre, intentaré contentarme con producir desde la realidad. Mi tiempo da para una columna de un francotirador que corre. Apenas arrojar cuatro líneas esporádicas desde el ático de mi blog. Dos flechas envenenadas cuando surja la conversación en el restaurante o en casa del amigo.
Si tiene lugar una segunda publicación en un futuro, aseguro que no será sobre corredores ni espero que este tema me haga reconocible en los ámbitos de las letras.

Concluyo. Agradezco profundamente a cada lector que se asome desde cualquiera de los grupos mencionados. A todos: dejaré a partir de la finalización de este libro de escribir sobre maratonianos, pronadores o sendas polvorientas sin límite. Seguiré corriendo por necesidad hormonal, por adicción. Pero no habrá más sudor en lo literario aunque de todo esto los lectores tendrán la última palabra.
Y la oportunidad de demostrar que yo no la tengo.

Desde un edredón de cuadros de colores, un 22 de Enero de 2011.

5 comentarios

  1. Dice ser Atalanta

    Tengo ganas de leerlo. Tus trazas prometen. Además tienes un amplio y creciente colectivo de potenciales lectores. Mucha suerte.

    25 Enero 2011 | 15:01

  2. spanjaard

    Verás, va a ser el bombazo editorial más tocho desde Mi Gorrina Elena, de Tobiasz Mazowiewski (1992).

    25 Enero 2011 | 15:17

  3. Dice ser celeming

    Si tu no sabes escribir, yo no se ni las letras. Tu eres un maestro de lo que te propongas y seguro que es divertido leer tus relatos aunque sean de un mundo que abandoné hace tiempo y que no puedo recuperar aunque quisiera.

    Espero con avidez tus escritos.

    Salud, sudor y lágrimas

    25 Enero 2011 | 19:09

  4. Dice ser spanjaard

    Dios, necesito un road manager.

    Aupa Celemin, the burgales who does not like tinto wine.

    25 Enero 2011 | 19:43

  5. Dice ser celeming

    No, if you like, I like. But it makes me dizzy.

    26 Enero 2011 | 08:14

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