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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Cuento de navidad. Demasiado frío para correr.

Le eché la culpa a salir de noche todavía, con ocho grados bajo cero. Seguramente tenía las retinas escarchadas. O quizá era que a esas horas de la madrugada el cerebro no puede desperdiciar recursos. Ya sabes, o caminar erguido, o fijarte en detalles de un rostro femenino. Aquella cara parecía demasiado ancha para ser natural, era verdad. Me lo había avisado mi mujer pero esta vez el efecto era exagerado. Los paneles medio iluminados de la ciudad contenían aquí y allá un anuncio de Dejour, el perfume de alta gama, me fuí fijando con el paso de dos cruces más y media docena de giros a izquierda o derecha. Siempre el mismo. Un cuarto de torso semidesnudo que apenas destacaba. Encima un cuello femenino ni excesivamente largo ni pretendidamente corto. Tampoco llamaba la atención. Pero sobre una mandíbula triangular había montada una cabeza desmesurada, ancha.

No era el gesto que mi mujer asoció a un truco de fotografía digital. ‘Lo han retocado para que destaque, a lo ancho, no es una facción natural’, apostilló mientras esperábamos el semáforo de peatones que queda enfrente de la tienda de muebles y del kiosko de horchata. Era otra cosa. Esto lo deduje al ver el anuncio por tercera vez. Sin luz, escasamente tres minutos más tarde que al ver el primero, con más frío aún en las mejillas, en la frente, que apenas podía cubrir con el buff. Con las retinas escociéndome y todo era capaz de reconocer que aquellos anuncios querían decir algo. Era como una secuencia. Me iba indicando algún mensaje. Lo extraño es que estaban acompañando sin querer mi ruta de trote. El camino lo traía determinado de casa. Lo normal es que las coincidencias terminasen desde el momento en que nadie podía diseñar una serie publicitaria para un ciudadano, habiendo miles de personas con cientos de rutas peatonales. Caminar bajo un patrón, revivir el Show de Truman, todo eso parecía completamente paranoico. Pero estaba sucediendo. La publicidad estaba dominando el golpeteo de mis pies sobre el asfalto. La cara del anuncio de Dejour iba ensanchándose hasta una deformidad evidente. Los pómulos no asomaban en exceso. Era la proporción completa de la cara, una cosa cuadrangular, como una señal de stop octogonal a la que maquillan y empalan sobre un cuello y unas vértebras humanas.

Era demasiado pronto. Hacía demasiado frío. Yo había salido a correr apurando el tiempo. Dejé el café en la encimera de la cocina por no perder dos o tres minutos más y no tener que pasar por el peaje del excusado. O sea que no se le podía echar la culpa a una sobredosis de café a las seis y media de la mañana. Solo podía ser el frío y algún tipo de horrible efecto psicológico sobre la maldita percepción de mis doloridos ojos con el frío siberiano de Madrid. Se me pasó por encima el nauseabundo argumento de Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, la novela de la que apenas pude deglutir 40 páginas. Quedarse ciego era horrendo. Alucinar por el frío era una patología dolorosa. Pero todo era mejor que aceptar que algo extraño estaba ocurriendo. Mira, no. Fenómenos paranormales no. En Alcobendas, en pleno 2010, no. Cambié súbitamente la ruta.

En un cruce que hace descender hacia la comisaría de policía varié repentinamente mi trote. Total, iba a llegar tarde a la hora habitual de quedada. Total, con este frío lo más probable era que nadie asomase por la rotonda del polideportivo. Giré hacia la izquierda más de cien grados y mi corazón se aceleró, mi estómago se encogió con el único ácido del miedo. A los cuarenta metros buscaba con la vista, como un loco, un panel de publicidad de esos de mobiliario urbano a la francesa, de marco color marrón grisáceo, suave y esquinas redondeadas, propiedad como siempre de JcDecaux. Finalmente aparecía uno en el horizonte. No había lógica ninguna que indicase que aquel anuncio del puto perfume siguiera con el patrón de las caras deformadas. Había sido, con toda seguridad, objeto de una burla de mis sistemas de percepción. Tras una zona comercial ahora transitaba a ciento ochenta pulsaciones por una tranquila calle en plena reforma. Ni por asomo era una zona similar. Ni el target de los publicistas era llevar la campaña a inundar todos los soportes de la ciudad.

A riesgo de tropezar pasé corriendo con la vista clavada en el cristal que tapaba el anuncio. La cara de la chica morena estaba ahí. Había acentuado su sonrisa. Me detuve para no ser atropellado en pleno cruce. Tomé aire. Tomé  más aire. El anuncio de Dejour era desesperadamente grotesco. Habían convertido la cara en un mentón cuadrado, como el de una parodia. Era como la cara del padre de American Dad. Pero no había aparentes señales de deformidad o de retocado de la fotografía. Lo puedo asegurar porque estaba tan cerca del panel que podía sentir el frío que expelía la sonrisa de la chica. En las fotos anteriores no sonreía. El gesto había sido expandido de tal forma que empecé a dudar sobre si no sería un soporte unos centímetros más anchos. ¿Quién estaba detrás de esto? La secuencia me helaba la sangre y decidí, en ese momento, volver a los dos primeros paneles. Algo me decía que no podía ir hacia otro lado.

Sin control salí en estampida por una bocacalle que me haria atajar hacia mi casa. En mi pecho había una opresión que me rodeaba por los hombros. Me sentía corriendo desbocado, con los brazos agarrotados. Como si discurriese por el corredor que me llevaba hacia el patíbulo. El resto del cuerpo… no sentía el resto de mi cuerpo. Todo lo que percibía era la lentitud de no poder correr más rápido. Las piernas no estaban, como borradas del esfuerzo. El pecho con la angustia de saber que los paneles que iba a volver a mirar me dirían algo. La cabeza tirando del cuerpo hacia arriba de una manera absolutamente rígida, como el tronco de un árbol que arrancan y que arrastra las raíces a la superficie. Recorrí sin noción del tiempo los setecientos metros escasos hasta la plaza del ayuntamiento. Sólo sabía que hacía igual de frío. Que todavía no había arrancado a amanecer. ¿Por qué razón iba a hacerlo? El tiempo tenía por fuerza que estar detenido. Su avance habría solucionado el enigma. Todos habrían visto lo que yo veía. Todos los ciudadanos se harían alguna pregunta pero seguirían su caminar ocupado, de domingo. Mirarían quizá uno o dos paneles para regresar a rastrear el enlosado de las aceras, pensando que si había algo raro sería una imaginación suya. El día debía esperar hasta que yo cruzara la avenida que desemboca en la plaza mayor.

Seguí corriendo durante horas. El frío no remitía. La noche se había instalado. Estoy convencido que, a pesar de no sentir dolor alguno en mi cuerpo, llevaba horas, días empaquetados en un tiempo paralelo, en una noche eterna. Todos los anuncios que había visto hasta entonces no hacían sino prepararme para algo que debía haber imaginado. Las chicas iban ensanchando sus facciones. Aumentaban una sonrisa gélida hasta casi salirse del marco de los paneles de Dejour. Una cuarta cara sonreía tanto que contagiaba una felicidad fría pero que en seguida me pareció familiar. Como si se tratase de un ángel o de un rostro maternal que abría desmesuradamente las comisuras de los labios hacia las orejas. Como queriendo arrancar a decir algo. Una quinta cara tenía algo borradas las facciones. Definitivamente me estaban dando a entender un mensaje, un patrón. Sólo tenía que seguir corriendo, minutos, horas, con el dolor instalado en las mejillas, con un escozor salvaje en los párpados, quizá estaríamos a ocho o diez bajo cero. Efectivamente, llegué a un anuncio en que las facciones de nuevo se hacían familiares. Excesivamente familiares. Era mi rostro, rodeado de una blancura neblinosa, de un spray de muerte.

***

Los efectivos del SAMUR, efectivamente, encontraron mi cadáver. Había muerto por hipotermia mientras pasaba una noche más en la esquina del banco y los contenedores. A mi lado encontraron los últimos orines de la noche, unas zapatillas llenas de agujeros, recortes de revistas de atletismo de los años ochenta, y una botella vacía de anís La Castellana. Restos del último sueño de un viejo corredor de maratones que vagabundeaba tras los ajustes en el gremio de las artes gráficas.

10 comentarios

  1. Dice ser mayayo

    Papá Dickens estaría orgulloso de usted, Mister Louis. 😉

    26 Diciembre 2010 | 18:55

  2. spanjaard

    Mierda, creí que me tocaría Berlanga.
    De Duero.

    26 Diciembre 2010 | 20:01

  3. Dice ser Anónimo

    Cucha paisano en círculo de lectores dan un premio al relato corto de ciencia ficción, lo que no se, si se habrá pasado el plazo. Un placer leerte, feliz navidad.

    26 Diciembre 2010 | 20:53

  4. Dice ser Carlos

    Por un momento creí que en ese último párrafo me echaría a reír por alguna salida de las tuyas, pero tal como lo has dejado te ha quedado bordado.

    Fdo. Tu otro paisano. 😉

    26 Diciembre 2010 | 23:57

  5. Dice ser antoñito

    plas, plas, plas, plas.

    27 Diciembre 2010 | 08:42

  6. Dice ser Josito

    Te ha quedado redondo y frío, muy frío…

    27 Diciembre 2010 | 09:17

  7. spanjaard

    antoñito, en las Ventas cuando se decia de palabra ‘plas plaaas plas’ no siempre era buena señal.
    No se como tomarlo.

    27 Diciembre 2010 | 09:30

  8. Dice ser antoñito

    En esta ocasión, sí: es buena señal.
    Me gustas mucho (niano, niano, naaaaa)……

    27 Diciembre 2010 | 10:32

  9. Dice ser Santi Palillo

    Yo también pensaba que tú eras el berlanguiano, tendremos que intercambiarnos la personalidad, pero solo un ratito que te temo 😉

    27 Diciembre 2010 | 11:56

  10. Dice ser celeming

    Joder Luis, al que le has dejado helado es a mi.

    Da gusto leerte, amigo.

    27 Diciembre 2010 | 11:57

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