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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Arena en las orejas

No es que no me haya duchado. Me duché por dentro con cervezas, baileyses y alguna copilla de rosado para hacer meter en cintura el picoteo, el bailoteo y el olmailovin’ (nainoninonaa). Por fuera me duché acto seguido en el hotel, y ayer al llegar a casa. Pero aún hoy me rasco los interiores de los pabellones auditivos y salen porciones sueltas, cribadas, de la playa de Zandvoort. 

 

Este chiringuito con nombre de circuito de velocidad (solo para nostálgicos, enlace) ha sido escenario tormentoso, ventoso, borrachuzo y extrañanemte nostálgico del fin de semana. En este sitio nos reunieron a los componentes de la banda laboral de varios países. A este sitio, además, llegamos en autocar atravesando bellas calles de la vecina Haarlem, la que tomó don Fadrique, bordeando el Spaarne y bajando a la zona de dunas por una carretera, una acera, un todo, por el que he estado circulando como escapada desde Amsterdam durante cinco años. Y es que es la salida natural a mar abierto de la capital del diamante y de la maría. Dista aproximadamente 25km, haceos una idea de lo que supone esto para un trotacalles que aterriza en territorio infiel y desconocido y le dicen que tiene la playa a 25km.

Esa carretera hacia la arena /zand+voort en neerlandés) ha caido bajo mis pies en invierno con dos dedos de nieve helada, con un húmedo día de verano con viento en calma, con vientos de 80km/h. Hasta la estación más popular de la costa holandesa hemos ido mil quinientas veces solo o acompañado, con familiares, con niños, míos y ajenos, con mi amor a quien eso no le ha parecido ni playa ni día de playa o hasta con un autobús de colegas de gremio bajo rayos, truenos, viento y – espera, el viento ya ha sido nombrado, ¿no? – a la que, regresar, ha supuesto preguntarme lo siguiente: ¿Qué se siente cuando uno es extranjero de visita en lo que ha sido cotidiano durante años?

Mi vacío en el estómago era parecido a lo que se siente cuando uno grita en sueños. Como si te pasearan tras la muerte por los sitios que fueron tu vida. Debes conformarte con ver y no tocar. Ahora ya no es tu lugar, te dice una voz. Aunque te bajes a tocar, además, te sentirás un profanador de tu ritmo diario. Solo queda prendida una sonrisa y diez cajas de diapositivas que intentas ordenar mientras el viento te las trae a toda velocidad. El retorno a la realidad es un extraño viaje hacia delante. Todavía hoy me rasco la oreja y sale arena finísima del mar del norte. La diferencia es que ahora cae también algun pelo blanco. Esa debe ser la diferencia.

pd. Me he traido un simpático libro, el A. Baantjer Compleet de Appie Baantjer, antiguo detective de la comisaría de Warmoesstraat, ahora convertido en novelista tras recopilar las columnas que escribiera en De Telegraaf y otros. Hay que mantener las facultades idiomáticas vivas.

3 comentarios

  1. Dice ser Juanma

    ya sé que tú dices que no es nada… pero a mí me sigue dando envidia

    Salu2
    Juanma

    02 Junio 2008 | 13:18

  2. Dice ser PabloNSN

    Escribir sigue siendo un remedio contra la melancolía.

    03 Junio 2008 | 07:31

  3. Dice ser Sylvie

    Se me ha cerrao el chiringuito esta mañana a medio comentar…y ya no sé ni por donde iba…joder…sé que me ha gustado mucho lo que has escrito, aunque me ha parecido algo triste…

    Si es que tú eres de costa, no sé qué haces ahí en el centro!!!

    besitos.

    03 Junio 2008 | 15:58

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