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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Biografía irreal. 1877.

El otro día os preguntábais qué podrían llevar en la cabeza aquellos corredores de las décadas pasadas. Aquí, un regalo para las lecturas veraniegas.

Caminar todas las mañanas hasta el borde de la carretera de Avila era, para Deogracias, un entretenimiento fabuloso. Allí despedía a los que salían a la capital, ya fuera tratantes de ganado que arrancaban en la última hornada desde los mesones que guardaba la Benitilla, muchos procedientes de Béjar, Piedrahita, Hervás, ya fuera los que salían a burro o en mula a diversos asuntos. Con el tonto del pueblo se encontraba uno muchos días, ya a la vuelta, tras haberle dicho adiós a padre. Desde bien chico, por ese arcén de grava mantenido por el peón caminero que venía todas las primaveras desde Barco, Emiliano Soria, gaitas de mote, miraba con compasión y los ojos llenos de legañas a Deogracias. Muchas madrugadas helaba, o había que quitar dos cuartas de nieve del corral. Pero incluso en los días más fríos de ese páramo castellano, allí iba el tonto más salao, pensaba él.

“Adiós, maestro”. Era un saludo congelado por el imbecilizado Deogracias en el tiempo. Desde que tenía uso de razón recordaba al tonto salir con su chaqueta de pana verdosa como las botellas almacenadas en la taberna, con esos enganchones y ese polvo de días. Era curioso, parecía que Deogracias vaya montado en botella, pensó muchos dias en esos encuentros matutinos. Emiliano tenía mucho respeto por los que madrugaran, fueran imbéciles o no. Su padre salía siempre antes de la amanecida hacia una cantera de piedra que hay a la salida de Tornadizos, justo donde encontraron un día media docena de toros de piedra que alguien se llevaría a la capital. Casi cuatro leguas que recorría en burro para llegar cuando la piedra ya se templa. Decía que si la intentabas cortar antes de que saliera el sol, luego sonaba al templarse y que le fastidiaba la labor. Así que al gaitas, un crio ni flaco ni muy ancho de hechuras, al que le colgaron el mote que arrastra la familia desde que el tío Luis aprendiera a tocar la dulzaina, el asunto de las medias luces, el alba, y las distancias que daba un valle tan abierto y asartenado como el de Amblés, no le causaban reparo ninguno. Con el tiempo, lograría hacer relativo todo este invento de las medidas.

En algunas ocasiones el asunto de las madrugadas y las distancias marcó la vida entera de su familia, del pueblo entero. Con el terminar del siglo, su tío Benito se fue un día, también con el alba, a por un barco. Dejó en su salida hacia América, como se decía antes, a su mujer y dos hijos. Durante días la gente que los conocía anduvo con la cabeza gacha. Apenas había ánimo para pasar por la calleja de la fuente y girar hacia la plaza, por la puerta del tío molinero, por el miedo a encontrar a alguno de los abandonados y tener que compartir unas palabras amargas. Y no había sido el único que se embarcó en aquellos años del cambio de siglo. Una familia entera de esquiladores que solían vivir medio año en Muñogalindo y otro medio en las cabañas zamoranas, también salió de noche, con los primeros guiños de ese sol que salía indefectiblemente por los rompíos. Argentina se estaba llevando las esperanzas de un campo que moría de hambre, que no tenía visos de cambio salvo los dictados por el dueño del término, y ya iba para 10 familias las que Emiliano recordaba ver cómo se iban deshaciendo. La suya, una de las primeras.

También pasó el tiempo deprisa y pronto se convirtió en un zagal rápido aprendiendo oficios. Era un bala, según don Gabino, el maestro. Y las cuatro reglas y las letras las dominaba desde bien temprano. Este decía que era una pena que el muchacho se perdiera dando al puntero. En el fondo el maestro del pueblo se resistía a que las filosofías y las ciencias que salían de los hombres se quedaran en proyectos. Era un ilustrado de convicciones escasas pero siempre que podía enfatizaba los valores y, en algunos casos, se salía con la suya. En la taberna de Tomasillo decían los otros ilustrados, los de la cepa y la roña, que el maestro tenía trato con los curas para que les surtiera de muchachos sabe Dios para qué. Quizá ambos bandos no se hallaban lejos de la verdad. Para los labradores a sueldo que eran incapaces de preguntarse por el destino de su trabajo, lo desconocido abarcaba demasiadas cosas. Que los curas se llevaban las mejores cabezas era de todos sabido. Pero su brutalidad les impedía pensar que ese mundo desconocido, el de conocer las letras y más allá de los números para ajustar medias fanegas de cebada, o para apuntar las veces que los gurriatos habían picoteado las viñas de los dueños del término, les cercenaba saber que ese mundo contenía el conocimiento, lejos o cerca de Dios, que eso no cuenta cuando estudias con los curas, decía el maestro. La mayoría de las veces era un intento vano, pero algunos habían ido incluso al seminario. Julián había estado a punto de cantar misa. Emiliano pensó un dia, en misa de Domingo, que Julián sabía la misa en latín de una manera diferente a la retahila que cantaban los del pueblo, entre medias del trance que causaba el vino y de una musicalidad que no sabía explicar pero que él asociaba a cosas como el pim-pam de los herreros.

Un día, sin conocimiento de qué estaba haciendo, acompañó un rato a su padre mientras salía hacia la cantería. Era de aquellas madrugadas serenas, secas, en las que la piel se pone de parte del frío, en vez de cobijarle a uno. No levantaba aún el sol por las encinas tuertas y agachadas del monte de Muñochas, cuando su padre, Eutiquio Soria, salía con la bestia camino de Avila, dejando al costado izquierdo los dominios del monte de los Melgar (Don Nicolás era en aquellos días Marqués de San Andrés de Parma). Emiliano decidió sin querer acompañarle y, como quiera que el burro aquel día, o todos quizá, echó a trotar, él arrancó a su par, mirando de reojo a su padre. Se sentía importante porque, por primera vez, nadie había mandado al crío de regreso a casa inmediatamente. El golpeteo de las pezuñas sin herrar de aquel animal contra la grava descarnada pero fija de la carretera era acompasado. Emiliano podía seguir fácilmente el tranco del borrico. Poseía buenas piernas, igual que su padre, a quien nadie porfiaba el primer baile de la virgen cuando se le rondaba en Fiestas. Eutiquio había usado aquella capacidad casi automáta de brincar y correr en tiempos de conseguir buenos ramos por el monte. Cuando tocaba terminar con el proceso de la vid, aunque rácana, porque la habían asentado en bancales de una barranca deprimida entre granitos, aún había lugar para una buena parte de la poda que servía para la lumbre. Los señores daban permiso para recoger una parte de las cepas cortadas, y Eutiquio salía por los senderos monte arriba con agilidad. Con el veneno en el cuerpo, regresaba brincando por la ladera sin apenas esfuerzo, cargado además con un buen haz para dos o tres días.

Emiliano también tenía ese nervio metido en las zancas. Había nacido en el difícil invierno de 1877, en medio de una nevada que aislaba todavía más las aldeas de aquel valle al que los cambios de Martínez Campos o de Alfonso XII le traían demasiado lejos. Creció sin problemas a base de generosos purés de algarrobas y algun que otro garbanzo suelto. Su afilado cuerpo recobraba proporciones de un muchacho mucho mayor cuando estiraba la barbilla en pleno trote. Casi llegaba a la altura de la abarca de su padre, ahora que le miraba sonriente desde lo alto de la alforja. El mocoso estaba transformándose en alguien importante. Llegados al cruce de las casas de Niharra, su padre le mandó de vuelta.

– Tira para casa y ayuda a madre hasta el almuerzo. Te has ganado los torreznillos.

Comenzaba a dibujarse una sombra a sus pies. Era una sombra estrecha
de hombros, encogida, con las manos engarañadas por el relente del alba. Era como una bercea negra que quería escaparse corriendo desde sus pies hacia el pueblo. Emiliano levantó la mano para decir adiós a un padre que ya no miraba, pero al que oia sonreir. Se sintió un digno sucesor de su progenitor y, como un junco al que le molesta parar quieto, brincó camino a casa y recorrió embebido en sus pensamientos la media legua, porque en casa aún se pensaba en leguas, en varas, en millas y en jornadas. No era por afinidad ni por ser gente de ovejas. Eran las mediciones que oía cuando bajaban al parador, a esa cocina donde pastores y tratandes extremeños, jurdanos, salmantinos, hacían hueco entre jubones y mantas. El pueblo era, en boca de todos, la primera o última parada de la ruta al mercado de ganados de Avila. Ni más comer ni más beber hasta Muñogalindo.

Y descubrió que, corriendo de vuelta hacia poniente, con las primeras luces a su espalda y en los ojos del tonto del pueblo, era liviano. Pisaba casi de puntillas con aquellas abarcas llenas de agujeros. Veía que así la ligerísima bajada del camino del Juncar se le hacía como dar saltos en el colchón de lana vareada. Esta vez, sin embargo, no le caía un metro de palo en las costillas. Esta madrugada gélida sentía que los fluidos le iban y venían por las piernas hacia arriba, al corazón, a despejarle la cabeza. Y él levantaba aún más la barbilla para casi volar por encima del saludador enajenado. Adiós, maestro. Emiliano Soria pasaba a ser parte de las leyendas en ese universo volátil de Deogracias, el tonto.

7 comentarios

  1. Dice ser Sylvie

    Pues para ser irreal, lo has dejao más claro que el agua…panda tontos estamos hechos!!!Me ha parecido una historia muy bonita.Besitos.

    02 Agosto 2007 | 10:29

  2. Dice ser Spanjaard

    Gracias, lectora de verano. Que viva el tiempo libre, que vivan las letras negras y que viva ese queso de lonchas en forma de folios que te invita a clavar el cuchillo y decir algo.

    02 Agosto 2007 | 10:38

  3. Dice ser Mix

    Aquí un peñarandino expatriado (Spanier me llaman mis vecinos) que se quita la boina -y el polvo del camino- ante tu relato. Sigue así.

    02 Agosto 2007 | 12:26

  4. Dice ser Spanjaard

    Mix, pues bienvenido. Y que se te haga corto o llevadero o, al menos, rentable ese exilio.

    02 Agosto 2007 | 14:01

  5. Dice ser Wild Runner

    Muy buena la historia 😉 Podría ser perfectamente cierta.Saludos

    02 Agosto 2007 | 19:14

  6. Dice ser Carlos

    Hermoso relato Luis. Claro como un retrato. 😉 🙂

    03 Agosto 2007 | 10:47

  7. Dice ser Anonymous

    Veo que sigue habiendo fans del realismo de Delibes. Que jodíos los castellanos estos… :)Spanj.

    03 Agosto 2007 | 11:26

Los comentarios están cerrados.