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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Hace cuatro años escribí esto:

Salgo sin intenciones de escalar mucho. No es una salida a la sierra madrileña ni un paseo pirenaico. Es todo pero a la vez es un todo aún sin definir. El desnivel me quemará las piernas, y más aún porque voy sin estirar, ni calentar. El cerebro le grita a las piernas y estas no tienen tiempo de discernir que quiere decir esta última hora, esta urgencia. Además estoy bajísimo de forma, y tendré que apremiar a cuantos vasos y fibras pueblan mi cuerpo agitado y aceleradísimo. Subidos los primeros pasos, escalones artificiales, se pone en marcha la máquina de dispendiar energia. El piso 3 es un oscuro altillo donde se apilan cajas sin orden. El 5 da el nivel de láctico justo para separar un paseo de un entrenamiento. A pesar de todo, las piernas solo saben que el entrenamiento casual de hoy es una escalada urbana. Algo asi como la del Empire State building. Pero sin himnos ni banderitas de barras y estrellas y sin corredores orensanos ansiosos de hacer algo grande.

Subo y según quemo oxigeno voy viendo menos ambiente. Los fumadores, en cambio, dejan rastro en cada uno de los rellanos. Nada les impide, porque uno puede entrenar usando los ascensores, llenar el suelo de colillas y el aire de algo raro. Tengo los alveolos de los pulmones totalmente abiertos y me trago todo ese poso de humo de varios dias. Menudo entrenamiento. El cartel del piso 6 me lleva al anunciado mareo, las vueltas hacia el interior de mi pie izquierdo han puesto un dolor en mi nuca. Es ya el piso 7. Los cuadriceps y los tendones de Aquiles están mandando tímidos avisos que mi cerebro se encarga de rechazar. Quizá esté más alto de lo que he subido en varias semanas (salvo escapadas por la sierra, qué contra, pero esto es otra cosa). Pero he perdido desde el mismo comienzo corredores o subidores que me mantenga el ritmo. De hecho voy solo. Desbocado.

El piso 9 tiene no se qué de una secta que celebra algo. Una copa de Europa o no se qué de un equipo real. Mientras mi corteza cerebral retiene los hemisferios que golpean y amenazan con salirse -llevo mas de 240 escalones y ya no compito contra nadie. Bueno, los espectadores (casuales, itero) miran y se extrañan que este popular suba a tan buen ritmo, sude, y todo eso, pero no lleve las camisetas técnicas ni las zapatillas adecuadas. El 11, homenaje irónico a todos los edificios altos y a todos los 11s del mundo, es un renovado espacio donde han/he instalado la meta. Cojo aire y entro a por el más preciado premio. No hay camiseta. No hay avituallamiento. Ahí está el hermoso premio de ver en la planta 11 de Maternidad a mis recién nacidos hijos. Y rompo a sudar. Y lloro.

[Una trepada al encuentro de la vida, 14/09/02, Hospital Univ. La Paz, Madrid]

5 comentarios

  1. Dice ser Sergio

    Y parece que fue ayer. Cómo pasa el tiempo.Felicidades a los enanos y progenitores.

    12 Septiembre 2006 | 08:48

  2. Dice ser cabesc

    Muy bonito spanjaard, en mi opinión has ganado con el tiempo…..y tus hijos también. felicidades a la que más sufrió por aguantar todo éso.

    12 Septiembre 2006 | 15:08

  3. Dice ser Santi Palillo

    Felicita a los hermanos de nuestra parte.

    12 Septiembre 2006 | 20:41

  4. Dice ser Spanjaard

    Además fue una sorpresa y chafarle el plan a Pepo, que me había dedicado un km de su maratón de Valencia por ‘el crío de Spanjaard’. Aún le falta otro. Je.

    13 Septiembre 2006 | 07:56

  5. Dice ser La ReinaRepublicana

    Ya recuerdo bien esos escalones, ya, lo mejor cuando sobre el séptimo alguna cabrona estaba fumando en el descansillo ahhh!! m´ahogo (y eso que fumo pardiez), y es verdad en el cartel que anunciaba el piso por el que ibas alguien había dejado una pintadita.Y al coronar la planta, efectivamente el mejor premio, dos muñequitos recién nacidos.Lo que me sorprende es que tú no eres claustrofóbico, y yo si!!!!

    15 Septiembre 2006 | 14:26

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