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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Lo que no hicieron 204km, lo hacen zapatos nuevos

Se queja mi santa, con razón como siempre, de lo absurdo de la situación. Se ha tirado caminando desde Ponferrada hasta Santiago de Compostela, al sol, domando el puente romano de sus pies a base de simple vaselina y botando sobre una delicada rodilla en esas bajadas asesinas al valle del Miño, de Palas de Rei, de Triacastela. Ha puesto a hervir el material en las subidas pedregosas de Cebreiro, en los arcenes molestos que nos conducian a Samos y a su monasterio donde todo es de mentira (otro día lo contaré), ha cocido el kevlar energetizado de su calzado de caminata mientras rodeábamos Lavacolla y lo ha maltratado con el polvo que levantaba cada paso y cada traspiés de su pareja -servidor- bajo un inusual sol por los polígonos de San Lázaro o de Camponaraya.

Pies que sujetaron más de veinte kilos extra durante embarazos, únicamente acariciados por las sandalias veraniegas. Es piel que ha reventado unas Chiruca sin pisar la montaña (caso del que solo conozco uno en la historia). Que han corrido, caminado, subido y bajado cuatro pisos cargados como mulas, con críos, bolsas de la compra, tablones del Ikea como en la última demostración de burrez y lo que les queda por hacer.

Pues el otro día salimos 3 horas a tomarla por el centro de Madrid, se pone unos zapatos medio nuevos, alto tacón y horma de sandalia, y termina con una ampolla criminal en la parte anterior del dedo gordo de su lindo pie. Si lo cuento por ahí, nadie me lo cree. Ya es pasto de blog, pues.

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