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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Jack Daniels y testosterona, oh yeah.

Niegan ahora los abogados del muchacho este que ha ganado el Tour de Francia, al que han cazado con niveles prohibidos de hormonas en la sangre, que no estuvo celebrando con Jack Daniels su victoria en la etapa alpina de Morzine (como habían publicado algunos medios) ni que eso debió disparar los niveles de testosterona en la sangre. Pues vaya, nos jode la coartada. Pensabamos algunos que quizá ya venía barruntándose la celebración desde kilómetros antes y se relamía el tio. A lo mejor tenía en mente que alguien le había pasado el teléfono de una agencia de tías a la carta, y el mero hecho de verse con una jamelga subida cabalgando sobre su pelvis le estaba sacando de sus casillas, la testosterona de sus líquidos, el culo del sillín y la cabeza del casco. Síntomas similares fueron aducidos por un velocista estadounidense en los 90 cuando fue pillado como ‘no negativo’.

‘Mi cuerpo se comporta así desde mi época de juvenil’, dice el gachó. Normal. Criado en una comunidad estrictamente religiosa de ese paraíso mental que es el medio oeste de los USA, cualquier ser humano masculino que tenga en la cabeza dos tetas, un buen culo, una botella de Jack Daniels, la gloria, el triunfo deportivo, empieza a segregar testosterona como para llenar los botijos de la obra de al lado de mi casa.

Que no, que no nos lo creemos.

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