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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Avisamos a nuestra distinguida clientela

“Avisamos a nuestra distinguida clientela que cerraremos sabados y domingos por la tarde”, reza más o menos el papel que relumbra en el bar de la esquina de mi casa. La distinguida clientela no se había dado cuenta y el garito donde crece Felisín y abollece el caldero a diario, donde se reúnen el Neng de la tienda de recambios, el chino de enfrente, la yonqui integrada en el rebaño de madres de chandal del parque y el ferroviario que se cuela, dia sí dia no, en el metro, chapa las tardes de modorra de todo Julio y Agosto.

Es tan distinguida que me costó un mes y pico recuperar una antena para el coche. Me había sido distraída en el barrio, por pardillo y por dejarla puesta sin superglú, y mira que eché viajes en busca de la nocturnidad. Nada, coño con la clientela de alcurnia y que anteayer veía desde la distancia de la otra acera como un camionero medio agitanado intentaba solventar a golpes un quítame allá ese sitio para aparcar, parapetados en la misma distancia que el novillero malo pone, dos carriles y una fila de coches. Tan distinguida es que ni duerme ni descansa. No es que esté siempre trabajando sino que a cualquier hora sale gente del bar. Así ¿cómo voy yo a distraerme una antena nueva para el coche?, ¿como va a escuchar mi santa Radio 3 por las mañanas?. Luego toca escuchar CDs de canciones infantiles, de la Raquel Winchester o de los US3. Y terminamos convertidos todos en distinguida clientela del barrio.

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