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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Dios tiene toda la pinta de báscula

Hay una obsesión declarada que lleva a montoneras de cuerpos a confesarse directamente con su dios. Qué coño, Dios, y con mayúsculas. Ese monoteismo les pone. Son capaces de dejar de comer tal o cual cosa con tal de que los dígitos rojillos sobre fondo metálico nos alegren la jornada. El mérito de esa religiosidad es, me parece, seguir con ella cuando uno ha pasado del sedentarismo a la actividad total. Aunque tiene tanto de mérito como de inconsciencia y se sustenta en una ciega creencia: si como menos, peso menos. He visto de todo durante este cuarto de siglo montado en zapatillas: corredores a dieta de caldo de verdura que creían en sus beneficios un mes antes de un maraton, corredores que no probaban el azucar y se echaban sacarina, corredores que se purgan semana si semana no (en la que no, no pueden más y se abandonan a la bollería), algunos incluso a dieta de no-sexo. Y todo por ese minuto.

El hombre, esa especie débil de entendederas e influenciable por un espejo cóncavo deformante: su ojo.

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