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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Cruising la Castellana

Recorro con los ojos cerrados el tramo que vamos a trotar. Es la espina dorsal del gran dinero del pais, el eje imperial de aquel dictador enano, la arteria más gorda de la que ha presumido la ciudad. La Castellana, en sus diversos trozos, es un Paseo de Recoletos entre bancos y azaleas, es un Paseo del Prado lleno de japoneses y de arte, es la acera llena de guardias que responden al tacón y no gustan de ser rozados por un tipo que corre con una mochila a la espalda y unas Structure en los pies y camiseta amarilla. Primera mirada amenazante de un agente del orden.

Never afraid to be creative on your radio
Spin my jam when I’m cruisin down the barrio

Los clásicos del conducir despacio, los estadounidenses, han exportado el término cruising al planeta coche, al planeta ciudad. Para ellos, cruise es conducir enseñándose uno, mirando los alrededores buscando quizá algo escondido. Nosotros vamos a hacer cruisin desde Plaza Castilla hasta la redacción de Runners World, al lado del final teórico de ese eje de Madrid que se escurre como una serpiente por cazar, la Glorieta de Atocha.

Es un dia de diario, a las 10.05 arranco desde el intercambiador de autobuses. ¿Qué te propones chaval? Rayar con mi suela de EVA prensado las aceras de los Juzgados, hacer el maratoniano por los carriles del bus, por donde las apuestas entre la EMT y Chema Martínez, pisar los boulevares llenos de terrazas, el Prado, evitando siempre el mayor numero de paradas por semáforos y no tener incidentes.

Este no es el truco salvo que alguien al otro lado te vaya parando las lucecitas. Con mucha suerte paso por Cuzco, el ministerio de los que manejan la divisa, las macrocifras, la acera de la derecha me sirve suficientemente de calentamiento porque el INE, los reporteros del corazón en Plaza Castilla y las pocas cafeterias que acogen a los desayunantes dejan mucho sitio. La Castellana, asi a secas, es un eje abierto con el paso de los siglos, básicamente en dos épocas: en Madrid imperial de verdad, usado por paseantes y caballeros y el Madrid imperial de geypermanes militares, de desfiles de la Victoria y de crecimiento del sector de oficinas. Encara uno a trote la acera derecha, llena de calles con referencias a generales, a guerras, e instintivamente la mirada cruza el paseo, mas o menos coincidiendo con la clásica llegada de la Vuelta, cerca del estadio Bernabéu. Mucho futbol. Demasiado. Lima, que así se llama esta zona, me acoge con un espantoso tapón de coches a la salida de Azca, el sumum de aquella modernidad llamada rascacielos. Un oasis muerto en referencia al muerto más vivo del pais, nos recuerda que Picasso pintó a las palomas, a los toros, pero por la acera del antiquisimo Bingo, ni rastro de alguno. El asunto es que llegamos a los Nuevos Ministerios sin problemas ni paradas, milagroso intento pienso yo. Y cada minuto que corro me siento más rebelde, más intocable. Los taxistas y los camiones de reparto miran de reojo, me permito macarrear pasando por fuera a algun motero que se detiene, el espíritu hip hop sobre unas zapas. Soy libre en una cárcel de cemento y ruedas.
Un amable kamikaze me deja hueco para cruzar Raimundo Fernandez Villaverde y ahora puedo disfrutar de 400 metros de paz, al borde de la columnata que da sombra a Largo Caballero, antiguo ministro de hacer cosas. La acera hasta San Juan de la Cruz da para mirar a ver si ese turista que busca algo en su mapa no buscará la famosa estatua ecuestre. La quitaron ya, pienso. Cruzo con un brusco cambio de ritmo y entro en las esquinitas de Industriales, del centro de estudios de Defensa. Me salto un semaforo en rojo aun sin venir coche alguno, y segunda miradita de un agente del orden. Que sepas que no soy un peatón, no soy una bici, ni un coche. Corro. Soy libre entre tanto caos. Aprovecharé tu cara de confundido para saltar dos bordillos, la rueda delantera de un ciclomotor aparcado no es obstáculo… miradas.
¿Primera parada? Milagro. Emilio Castelar, ese nudo de asfalto negro nuevo novísimo y nobles esquinazos me abre el semáforo de los coches. ¿Salto de la acera o me convierto en un peatón más que espera 10 segundos de su vida a ver el muñequito en verde?. Ahora soy coche, ahora corredor. Enfilo el carril derecho tras un Corsa verde oliva, no mires por el retrovisor joven ganador de corbata. El grupo de gurús catalanes que sale de la sede de la caja de la palmera, esquina Miguel Angel, rie al sol de las terrazas que presumen de verano madrileño. Bajamos poco a poco a la antigua zona de los palacetes. Dejamos de lado Barbara de Braganza, las casonas del Museo Sorolla, el centro comercial neorománico del ABC Serrano, es un paseo de la Castellana convertido en tapia de sí mismo. No hay portal que no se escude en una tapia, embajadas, mansiones, edificios misteriosos y edificios oficiales que aspiran el sudor de runner que voy dejando. Son los primeros dias de Septiembre y en Madrid aun pega el sol, así que este que escribe también contamina de vida y sudor una avenida que no se repone de un dia de humos para recibir otro de canícula. Rubén Darío, y dos zigzags por el peligrosísimo acceso de los buses, de los veintisietes. Me retiro.
Centro del centro, periferia de la periferia
Pero Madrid no asusta tanto como dice la gente que no es ‘de aquí’. Y es que ‘de aquí’ no es realmente nadie. Paseo arbolado central, lado derecho. Sigo bajando, no tengo la menor intención de mirar el reloj para que la semana que viene intentes mejorar mi tiempo en esta bajada. Estoy jangueando sin más intención de bajar corriendo hasta Atocha. Mírame.
—Wátchale, carnal. ¿En qué andas?
—You know, jangueando, como siempre.
Tras un frenazo de cuadriceps, salto de la acera al interior y de nuevo a un seto. Es la plaza de Colón, esquina a la sombra de la torre gigantesca de cobre y cristal pardo. Pienso que no he llegado a pisarle; además su uniforme de policía incluye recias botas que le habrían salvado de dejarle sin uñero de motero. Pero no oigo silbatos a mi espalda y ni miro atrás. Que mire, se le acaba de colar un corredor con alas en los pies y las suelas quemando. Génova es mia, paso esa subida que desemboca en el corazón del moderno conservadurismo hispano, y que se mira en una bandera gigantesca que alguien plantó en Colón para ondear como un edredón recién lavado. Yo sigo esta vez por la zona de las terrazas del Cristal, del Gijón, de un mercado que hoy acoge pintura y dibujo catalán. Hoy no paro a ver los puestos, teniendo además que esquivar señoronas, pijas y galeristas que compiten por relucir en estos Recoletos. La Castellana se traviste en Recoletos a la historia de los frailes agustinos que regían algunas propiedades por la zona en aquel Madrid de conventos, de Corte y de agujas en los tejados de un barroco que nunca se instaló en España. Intento acordarme de escribir luego una obra para que sepas más del tema; aquí la tienes. La Castellana, escenario de poder. Búscatela.
Para correr es un placer auténtico. La Cibeles aguarda ahí, mojada. Se huele también la zona donde los maratonianos vienen a terminar ahora su gesta cada Abril. La escalinata de Correos y el esquinazo del Banco de España con los militares que montan el portal de Belén cada navidad. Más autobuses, un paseo de cebra demencial, dos guardias (miraditas que comienzo a adorar, las echaba de menos desde Colón) que intentan poner orden en un no se qué, famosos de la prensa del corazón que nos pone del hígado, y semáforo en un
color que no recuerdo que me salto. La sombra del Banco de España es alargada y además se corre muy bien por ella. Y siempre huele a humedad… no se cómo conservan los billetes dentro. Cuando bajes por la zona en tu San Silvestre o en tu Mapoma, date cuenta. Huele a un frescor raro, como si regaran demasiado. ¿Te miento?
Neptuno es un nudo imposible que mejor pasamos andando. Lo que han hecho con la planta baja del hotel Palace, además, es digno de ver. Camino para no matarme ni topar contra los cientos de personas que salen del Starbucks, o del otro garito de cafe y rock and roll… Lo que respiraba aquel esquinazo, la clase, los sombreros de copa de los aparcacoches del Palace, que a ciegas competían con los del Ritz de la acera opuesta del Paseo del Prado, se ha tornado en una marea de turistas que beben cafe de pie en vasos de 1/3, de plástico. Dicen que es la cadena de cafeterias más impresionante del planeta. Me impresiona tanto que salgo por piernas a la acera contraria. Espero mi semáforo (hay que darle unos minutos al lactato) y cruzo a nuestro Museo del Prado. Enésima miradita, esta vez de una señoritinga empingorotada que sin duda es agente del orden de vocación pero que no pudo superar el miedo a presentarse a los exámenes. Pero me recompensan un grupo de japoneses que sonrien cuando ven pasar a un corredor por el mismo medio de su grupo. Cruisin, man. No llevo prisa, pero estás en mi camino amigo asiático. Además se que adoras correr, pero tus vacaciones de 5 dias en Europa te impiden escaparte media hora del hotel. Le digo adiós a la Castellana y a la pija con la mano izquierda. El último rincón entrañable del dia es esa Glorieta de Carlos V, el alemán, el padre del belga (que Felipe II lo era, que tuvimos un rey belga tísico y supersticioso que ahora homenajeamos). El Ayuntamiento me echa una mano cortando el tráfico en la cuesta Moyano. Es la calle donde los libreros de viejo se atrincheran a la espera de tiempos mejores, o peores, quien sabe. Cientos de madrileños caracolean de puesto en puesto, se ceden el sitio en primera fila, cambian las fabulas de Esopo por una edición de viejo de Doré ilustrando el Quijote. Yo sigo hacia Agricultura, de donde quitaron los caballos que coronaban el edificio para tirarlos al lado del rio, allá por Legazpi… y tengo que brincar hacia un inexistente paso de cebra cargándome varias infracciones graves como peatón. Aqui no hay miraditas mientras cruzo para terminar mi ruta hacia la estación de Atocha. Y es que en Atocha ya no hay miraditas, solo un intenso silencio y una memoria permanente a algo que se sigue sin comprender, a los muertos de los atentados del 11-M. Como no quiero saberlo, intento apagar el stop de crono pero la inercia de corredor me hace ver, sin querer, la duración de este viaje. ¿Te dejaré con las ganas?. I’m cruisin the barrio, geeza. Arranca tus zapatillas y atraviesa el corazón de Madrid de norte a sur. Te digo yo que sí se puede.
Roll tight passed the park where I used to play.
Can’t think of a better way to spend my day.
Still growin’, petrol rowin’, move soon showin’.
Just cruisin’ Where, baby, I don’t care.
Just cruisin’ As long as you take me there.

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