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Y después de Cospedal, el diluvio

La alargada sombra de la corrupción sigue persiguiendo al Partido Popular. Y nada parece indicar que tal persecución concluya sin que la Justicia intente alcanzar la meta que muchos adivinan al final del camino. Todos los grandes partidos políticos han tenido un ‘señor X’ en algún momento de su historia y el PP no iba a ser menos. La imputación de María Dolores de Cospedal –ex secretaria general de los populares, ex ministra de Defensa y ex presidenta de Castilla La Mancha– por la llamada ‘operación Kitchen’, eleva un escalón más las responsabilidades de la cúpula conservadora en la trama corrupta que durante años ha sobrevolado Génova 13.  Hay muchos que piensan que tras la caída de Cospedal ya sólo queda el diluvio.

Y el diluvio no lo va a detener Pablo Casado esquivando realidades, ocultando vergüenzas y echando a la plebe encima de los periodistas que se limitan a preguntar; ni tampoco acusando al Gobierno central –que bastante tiene con lo suyo– de su propia porqueriza; ni mintiéndose con que todo esto es para tapar el tema de los indultos y la unidad de España, porque mucho antes del referéndum ilegal del 1-O de 2017 al PP ya le llegaba el agua al cuello por culpa de la corrupción. Si nada tiene que temer el actual líder conservador, lo mejor es que dé la cara antes de que se la partan por dejación de funciones. Anclarse en que todo esto forma parte del pasado puede volverse contra él porque la ahora imputada, no hay que olvidarlo, le apoyó sin fisuras para alcanzar la presidencia del partido.

Un partido que sigue temblando cada vez que Luis Bárcenas –condenado el pasado mes de octubre a 29 años y un mes de prisión por blanqueo, falsedad documental y delito fiscal– abre y cierra su caja de Pandora. Su salida por la puerta de atrás de la formación conservadora en 2013, obligado por la entonces secretaria general del partido, marca un antes y un después en la historia más oscura de los populares.

Cospedal quiso acabar con el tesorero desde el mismo día que llegó a la planta noble de Génova en junio de 2008. No se fiaba de él, le parecía muy turbio en lo económico –y algo de razón debía tener porque se le han encontrado hasta el momento 69 millones de euros en paraísos fiscales de Suiza, Estados Unidos y Canadá– y misógino, machista y despótico en el trato personal. Y no paró hasta que, después de un sinfín de enfrentamientos y ante la pasividad del siempre pasivo Mariano Rajoy, llegó el famoso despido ‘en simulación y en diferido’ del antiguo jefe de finanzas y guardián de todos los secretos del Partido Popular. Nadie sospechó entonces que tal desencuentro iba a poner patas arriba a la formación conservadora, sin disimular y en directo. Pero eso fue exactamente lo que pasó cuando el despedido decidió filtrar a la prensa los famosos ‘papeles’ que llevan su nombre.

Papeles que no solo destaparon la existencia de la ‘caja b’ de la formación, los sobresueldos, los buenos habanos y las bolsas repletas de billetes con donaciones opacas –procedentes todas ellas de un buen número de empresarios que pasaban por Génova a la caza de contratos y favores– con las que el PP se dopó en numerosos procesos electorales, sino que dejaron también al descubierto la cadena de responsabilidades de todo esto dentro de la dirección del partido. Desde entonces, averiguar todo lo que sabía Bárcenas sobre cada uno de ellos se convirtió en prioritario y necesario para la cúpula del PP.

Y fruto de esta necesidad nació la ‘Kitchen’: la operación parapolicial financiada con fondos reservados para espiar a Luis Bárcenas, que investiga el juez de la Audiencia Nacional Manuel García Castellón.  Según el sumario, dicho espionaje fue organizado por el entonces jefe de la Policía Nacional, el ya imputado Eugenio Pino, que utilizó a hombres de su confianza para llevarlo a cabo. Pretendían hacerse con todo el material altamente sensible en posesión del ex tesorero que pudiera poner en peligro a los máximos dirigentes del partido presidido por Mariano Rajoy, que por aquel entonces también era jefe del Gobierno de España.

En esta película de espías no falta de nada: ni el entonces ministro del Interior Jorge Fernández Díaz –ya imputado–; ni su segundo, el también investigado Francisco Martínez; ni tan siquiera el comisario jubilado José Manuel Villarejo, nexo de unión entre los policías que llevaban a cabo el ‘trabajo’ y María Dolores de Cospedal, la entonces ‘numero 2’ del PP. También hay que meter en el guión a Ignacio López del Hierro, marido de la ex secretaria general y amigo del policía; al chófer del ex tesorero que acabó engañando a su jefe a cambio de dinero; a un falso cura que asaltó el domicilio de Bárcenas y quiso ‘secuestrar’ a su familia, sin olvidarnos de un sinfín de encuentros clandestinos –algunos de ellos en la planta más noble de la sede popular, sin pasar por recepción– del ex comisario que todo lo grababa con la ex secretaria general que de todo hablaba.

El cerco sobre la ‘era Rajoy’ se estrecha. La presunta participación de su ministro de Interior y de la secretaria general de su partido en el espionaje a Luis Bárcenas, para tratar de poner a salvo lo mucho y comprometido que almacenaba el hombre que manejaba los dineros del Partido Popular, deja al que fuera presidente en La Moncloa y también en Génova 13 en una posición comprometida, y sin flotador, ante el diluvio que viene.

María Dolores de Cospedal el 19 de julio de 2018, un día antes de despedirse de la secretaría general del PP. (GTRES)

El barranco de Aaron Sorkin

Estamos condenados al indulto sin juicio previo. De nada parece servir la Ley con mayúscula, el Tribunal Supremo y la Fiscalía General del Estado; de nada tampoco la dignidad y el sentido común; de nada que el autoindulto sea, además de ilegal, una farsa y un insulto colectivo; de nada resaltar que no se puede indultar porque sí a un familiar, a un amigo o al principal dirigente del partido que te mantiene como presidente del Gobierno. Que no puede el gobernante perdonarse a sí mismo y que no se puede perdonar, además, a quien no quiere ser perdonado ni tampoco a quién no cree que haya cometido ninguna ilegalidad y por lo tanto está predispuesto para volver a intentarlo a la mínima oportunidad; que no se puede llamar a la justicia venganza y que hacer que se cumplan las penas por el delito cometido nunca puede ser considerado revancha. La siempre inquietante razón de Estado lo es mucho más cuando se transmuta en razón de Gobierno.

También se ha dicho que el indulto político de los independentistas que quisieron poner patas abajo el orden constitucional servirá para cerrar heridas, volver a la senda del diálogo, de la cordura y de la esperanza; que hay que ser generosos, olvidarnos del pasado y saber perdonar por un futuro de concordia entre todos; que ya llevan tres años y medio  encarcelados y que mantener en prisión a los condenados aumentaría aún más el enfrentamiento y la distancia que separa a muchos catalanes de España. O como dijo este lunes Sánchez, “será una decisión que nos permita transitar de un mal pasado a un futuro mejor”. Ojalá sea así aunque el panorama que se vislumbra o adivina no invite al optimismo general.

(Alberto Ortega/Europa Press)

Ante este argumentario de Moncloa no son pocos, juristas especialmente pero no solo, los que están convencidos de que cualquier perdón confirmará su victoria, dará alas a los independentistas y revitalizará el movimiento. Es más: la gracia demostrará que para algunos saltarse la ley puede tener ventajas y que Cataluña no es una comunidad autónoma como las demás y que por lo tanto debe ser tratada de forma diferente. Y esto lo piensa no sólo la derecha cavernosa que se citó y volverá a citarse en Colón y que para nada representa a otros muchos ciudadanos contrarios a los indultos, sino destacados dirigentes socialistas: los viejos de toda la vida y algunos barones actuales lo han dicho abiertamente, mientras que algunos de la nueva ola callan para que Moncloa o Ferraz, que ya es lo mismo, no se los lleve por delante.

Estamos ante el presidente más liante de nuestra democracia reciente. El hombre que cambia de opinión con una solvencia sorprendente y siempre, a la vista está, pensando más en sus intereses personales que en el tan manido bien común. El hombre que un mes antes de las últimas elecciones generales, siendo presidente del Gobierno en funciones, dijo a los ciudadanos que tenían que ir a votar que estaba a favor del cumplimiento íntegro de las penas y que ahora afirma, cuando no hay elecciones hasta dentro de por lo menos dos años y medio, que la venganza y la revancha no son “valores constitucionales”.

Hay quien trata de poner en valor la “valiente” decisión del presidente y destacar el “coraje” que supone llevar a cabo un indulto con el inmenso gasto que le va a suponer, electoralmente hablando. Pero eso es hacer trampas y no conocer el cortoplacismo en el que tan bien se desenvuelve el líder socialista: Sánchez nunca ha sido un hombre de tiro largo sino más bien todo lo contrario. Su ‘gurú’ de bolsillo suele decir que hay que gobernar semana a semana y bajo esta premisa quedan muchísimas hasta finales de 2023 cuando los ciudadanos tengan que volver a votar. Y para entonces es casi seguro que más de un conejo habrá salido de su siempre prodigiosa chistera.

Creo que los indultos no están para hacer política –ha escrito Elisa de la Nuez, abogada del Estado y secretaria general de la Fundación Hay Derecho– y es fácil que cuando así sea el Tribunal llamado a revisarlos pueda detectar un fuerte componente de arbitrariedad (o si se prefiere de oportunismo político o partidista) y que además le resulte difícil encuadrarlo en los conceptos jurídicos indeterminados de equidad, justicia o utilidad social que emplea la Ley. En suma, desde el punto de vista del Estado de Derecho, el menoscabo que se produce inevitablemente con un indulto de estas características no se ve compensado con ningún beneficio para los intereses generales, aunque tengan interés para un partido o partidos determinados”.

Salvando todas las distancias es como si se indulta, sin todas las garantías que prevé la ley, a un pirómano, a un cleptómano o a un maltratador. Es seguro que tras salir de prisión el pirómano vuelva a las cerillas, el cleptómano a meterse en el bolsillo lo que no es suyo y el maltratador a las hostias. ¿Se acuerdan de la fábula de la rana y escorpión? Pues el independentista no podrá evitar –así lo ha dicho y es de admirar su sinceridad y valentía al reconocerlo– volver a intentarlo, no podrá dejar de ser quien es ni actuar en contra de su naturaleza. Se nos viene encima el ‘procés 2.0’ y sólo nos queda esperar que no se nos lleve barranco abajo.

Por ese barranco por el que se tiraría sin dudarlo Iván Redondo si su jefe se lo pidiera. Por ese barranco de decorado televisivo que el hombre que todo lo sabe ha plagiado del mismísimo Aaron Sorkin para locura de sus incondicionales, periodísticos especialmente. Creíamos que con Iglesias se habían acabado la mitomanía de las series en la política española, pero no hemos tenido tanta suerte; el gran asesor ha copiado al creador de El Ala Oeste de la Casa Blanca para sumar otra genialidad a su ya lustroso catálogo. En el capítulo 3 de la sexta temporada de la citada serie, Leo Mc Garry, jefe de gabinete del presidente Bartlet, le pregunta a este si recuerda lo qué le dijo cuando le ofreció el puesto. “Necesito que te tires por un barranco”, le contestó entonces el primer mandatario norteamericano. Y por ese barranco de cartón piedra ideado por Aaron Sorkin pero trasladado a la imaginaria ala oeste de Moncloa siguen Redondo y su jefe en caída libre, sin freno alguno pero con la inestimable ayuda del Boletín Oficial del Estado, la razón de Gobierno que todo lo puede.

Luna, Juan, Paco, Gabriel y todos los demás

Marruecos tiene la enorme habilidad de sacarnos de nuestras casillas, de ponernos al borde del sempiterno abismo, de ser la mano que nos mece a su antojo y en su beneficio. Y por mucho que nuestra ministra de Defensa crea que con España no se juega, lo cierto es que nuestro vecino del sur lo hace habitualmente y además siempre gana. Así de sencillo. Y no voy a entrar en quién tiene la razón de su parte, ni en si el Gobierno de Madrid ha estado o no acertado, si nuestra diplomacia ha fracasado o no, o si la oposición ha actuado con lealtad o no. Es secundario. La historia con nuestro presunto aliado siempre se repite, con pequeños matices, al margen de quien viva en Moncloa y siempre con el mismo resultado: ellos ganan y nosotros perdemos y da igual que sea por dar atención sanitaria al líder del Polisario, por nuestra posición respecto al Sáhara, porque le hacemos chistes a su rey o porque simplemente estamos ahí, al norte y nos hemos convertido en la meta soñada, en la entrada al paraíso de Messi y Cristiano con el que encender la imaginación de una ciudadanía sin apenas esperanza. Rabat hace demasiado tiempo que nos colocó esta soga en el cuello y en su mano está tirar de ella a su antojo.

Antes eran peces y ahora son seres humanos, antes no podíamos pescar y ahora saben positivamente que los vamos a rescatar –nuestra catadura moral nos impediría hacer lo contrario– antes de que se los trague el mar. Aparentemente ellos parecen jugar con ventaja porque no tienen nada que perder y nosotros, demostrado ha quedado, no queremos ganar cuando el perímetro que está en juego es el de la dignidad humana.

Pero tengo que decir que derrotas como esta me enorgullecen. Nuestros vecinos utilizan a sus conciudadanos como carne de cañón. Sus fuerzas de seguridad les abren las puertas del infierno para que se despeñen o les indican el camino del espigón sin importarles el agujero negro que les espera después. La otra cara de la moneda nos muestra como nuestros voluntarios, militares, policías, legionarios y guardias civiles están ahí para rescatarles de las entrañas del averno o de las frías aguas del Mediterráneo. Y como no tienen comportamientos éticos que salvaguardar, ellos siempre se van a salir con la suya frente a quienes creen, creemos, en el valor supremo de la vida.

(REDUAN / EFE)

No todo debería valer en el rifirrafe diplomático. Resulta obsceno que haya sido el ministro de Derechos Humanos marroquí el que se ha encargado de decir que su país simplemente se ha defendido de lo que ellos entienden como ataques españoles. Y qué mejor forma de hacerlo que utilizando a mujeres, hombres, niñas y niños como arma arrojadiza, como fuerza de choque, como marionetas de un régimen corrupto para el que todo está permitido, incluso bombardear con seres humanos.

Frente a tanta barbarie nosotros nos hemos encomendado a Luna, Juan, Paco, Gabriel y todos los demás. Ellos han sido los buenos de esta mala historia. Mujeres y hombres de Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias, de la Policía, de la Guardia Civil, del Ejército y de la Legión que no han dudado en dejarse la piel por aquellos que salvo la sangre que recorre sus venas nada tienen excepto la capacidad de soñar.


(Guardia Civil)

El abrazo de Luna, voluntaria de Cruz Roja, a un muchacho tembloroso que se deshacía entre lágrimas, tras ser rescatado de las aguas, nos emocionó hasta tal extremo que preferimos borrar de nuestra memoria algunos comentarios vejatorios y repugnantes que hemos leído y que nos viene a confirmar algo tan sencillo como que realmente existe una gran diferencia entre los buenos y los malos.  De los muy buenos son también Juan y Paco: el buzo de la guardia civil salvó de ahogarse a un bebé y la imagen de ambos ya ha dado la vuelta al mundo, mientras que el legionario tuvo que multiplicarse para coger a otros recién nacidos que algunas madres les lanzaban a él y a sus compañeros ante el temor de que se cayeran al mar. Otro muy bueno es Gabriel, legionario también, que tuvo que cargar sobre sus espaldas a un pequeño y luego a otro que se habían quedado atrapados y atemorizados en lo alto de la valla fronteriza.

Pero Luna, Juan, Paco y Gabriel no están solos porque detrás de ellos están todos los demás, muchos y muy buenos, imprescindibles siempre, héroes anónimos y silenciosos, orgullosos de lo que son y de lo que hacen. Y que seguirán estando ahí cuando, más pronto que tarde, Marruecos nos vuelva a lanzar seres humanos de punta.

(ATLAS)

Jordi Pujol y los nidos voladores

Ahora que la familia real catalana va a sentarse en el banquillo de los acusados de la Audiencia Nacional es necesario recordar aquél dardo envenenado lanzado en 2014 por el cabeza visible y pensante de la dinastía. “Cuando se sacuden las ramas del árbol se pueden caer todos los nidos”, dijo Jordi Pujol i Soley al verse obligado a rendir cuentas al Parlament tras descubrirse que durante 34 años su familia mantuvo 140 millones de pesetas en el extranjero, lejos del alcance de Hacienda.

Jordi Pujol en su segunda comparecencia en la comisión de investigación sobre fraude y evasión fiscal en el Parlamento catalán, en febrero de 2015. (ANDREU DALMAU / EFE)

Y cierto es que los nidos cayeron y salieron volando, que todavía hoy siguen volando. Ahí arrancó, con esa amenaza nada velada y de la mano de Artur Mas, el hijo político del monarca destronado, la deriva independentista que sigue controlando la política catalana y condicionando la española. El miedo a la Justicia, y quizá a la cárcel, provocó una sacudida de tal magnitud que nos trajo, no se sabe bien si por acción u omisión, el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017, la República Catalana del 27 de ese mismo mes y una situación de enfrentamiento perpetuo entre Barcelona y Madrid, sin visos de solución en el horizonte.

Pero no es por nada relacionado con esto por lo que Jordi Pujol, su esposa Marta Ferrusola y sus siete hijos –Jordi, Marta, Josep, Pere, Oriol, Mireia y Oleguer– van a ser juzgados. No. No tiene nada que ver ni con nacionalismos ni con independencias. Serán acusados por algo mucho más vulgar, íntimo y personal; y por supuesto menos elevado y alejado de cualquier ideal político. Por robar, vamos; por montar una “red de clientelismo” con la que ganaron “ingentes cantidades de dinero” procedentes de la corrupción. “Organización criminal, asociación ilícita, blanqueo de capitales, delito contra la Hacienda pública, falsedad documental y frustración de la ejecución”, según el auto de la Sala de lo Penal.

Por todo esto, la Fiscalía Anticorrupción acaba de pedir 9 años de cárcel para el ex president, 29 para su hijo Jordi, 14 para Josep y 8 para Oriol, Oleguer, Pere, Marta y Mireia Pujol Ferrusola. Pide también que no se siente en el banquillo a la matriarca del clan, Marta Ferrusola, por la grave enfermedad degenerativa que padece, aunque le otorga un papel fundamental en la gestación y funcionamiento de la lucrativa trama corrupta.

Marta Ferrusola ante la comisión de investigación en febrero de 2015. (Alberto Estévez / EFE)

Hablamos de obscenas cantidades de dinero que parecían caídas del cielo, de bolsas de billetes que viajaban de un lado para otro, de colecciones de automóviles de lujo, de cuentas en paraísos fiscales de medio mundo y de inversiones multimillonarias en el otro medio. Muchos se han preguntado de dónde salía tanto y tanto dinero. De donde no salió, seguro, es de esa herencia que les dejó el abuelo Florenci, por mucho que la quieran presentar como la madre de todas las gallinas de los huevos de oro. La Fiscalía está convencida de poder demostrar que la familia Pujol operó corruptamente, en medio de una total impunidad, al amparo de los 23 años en los que el cabeza de familia fue president de la Generalitat.

Pero para que el castillo se fuera haciendo cada día más inexpugnable y el salvoconducto más incontestable, mirar para otro lado se convirtió prácticamente en una razón de Estado. Los gobiernos de Madrid, tanto del PSOE como del PP, siempre dieron cobertura a todo aquello que llegaba de Cataluña. Y mucho más si implicaba a la familia del molt honorable president. Carta blanca. Hablamos de tiempos en los que ambos partidos, no sólo el popular, hablaban catalán en la intimidad; tiempos en los que llevarse bien con la Convergencia de Pujol, o con sus herederos después, significaba estabilidad a ambos lados de la frontera. Y oír, ver y callar era la opción más segura para todos.

Para Pujol i Soley, hombre de una inteligencia privilegiada, Cataluña siempre ha sido su gran armadura para defenderse de las consecuencias de sus dislates. Ya se presentó como “una víctima del Estado español” cuando en 1982 tuvo lugar la bancarrota de Banca Catalana, entidad de la que fue vicepresidente ejecutivo hasta que abandonó el puesto para presentarse a las elecciones que lo coronarían como president de la Generalitat. La quiebra le costó al erario público 345.000 millones de pesetas, y aunque los fiscales José María Mena y Carlos Jiménez Villarejo presentaron una solvente y documentada petición de procesamiento contra Pujol, que ya reinaba en la Casa dels Canonges, y otros 17 directivos del banco por presuntos delitos de apropiación indebida, falsedad en documento público y maquinación para alterar el precio de las cosas, el pleno de la Audiencia de Barcelona desestimó el procesamiento –33 magistrados frente a 8– al estimar que no había indicios racionales de criminalidad.

Entonces y siempre la utilización de Cataluña y el “Madrid nos roba” que nació, creció y se desarrolló bajo su tutela, ha sido el manto bajo el cual todo era posible. Y cuando alguna nube se avistaba en el horizonte de los intereses familiares, el nacionalismo, primero, y la independencia, después, se convertían en el arma arrojadiza que siempre hacía temblar al Estado. Y cuando el miedo entraba en acción el resultado era siempre el mismo, indistintamente de quien viviera en Moncloa: más dinero y competencias para Cataluña y más protección para la familia del president. Qué tiempos aquellos en los que, con el mismo énfasis, se apoyaban las emociones colectivas y las fortunas privadas, como muy bien reflejó El Roto en una famosa viñeta.

Un alto porcentaje de las pretensiones independentistas de Cataluña ha pasado siempre por la faltriquera de Jordi Pujol y su ‘organización criminal’. Él ha sabido manejar de manera sobresaliente los anhelos legítimos de una parte del pueblo catalán para adaptarlos a unas circunstancias que siempre han fluctuado en función de sus intereses. Ahora tendrán que venir a Madrid, el eje del mal por excelencia, para rendir cuentas ante la Justicia española. Y los nidos, aunque siguen por los aires, no parece que puedan ser capaces de evitar ya que el cielo se pueda desplomar sobre sus cabezas. Salvo que el antaño honorable tenga aún más árboles que sacudir.

Yo, Ayuso

Isabel Díaz Ayuso, lo malo conocido según una compañera de siglas, se ha bastado para sumar mucho más que las tres izquierdas de Madrid juntas. Y aunque no lo sea formalmente, el resultado tiene el efecto de una holgada mayoría absoluta. Ha ganado en 177 de los 179 municipios de la comunidad, en zonas de clase alta, media y baja; ha sumado 900.000 votos más que en 2019, ha triplicado su apoyo en el ‘cinturón rojo’ y se ha impuesto en todos los distritos de la capital. Ha multiplicado casi por tres los votos de Más Madrid y PSOE y por más de seis los de Podemos. Poco hay que añadir, salvo que además no va a necesitar a la siempre inquietante ultraderecha para gobernar estos dos próximos años. De una sola tacada ha acabado con Ciudadanos, ha echado definitivamente de la política a Iglesias, ha hundido en la miseria al PSOE, ha bloqueado a Vox y ha troleado a Pedro Sánchez. Y todo esto siendo intelectualmente escueta, según proclama Tezanos.

La otrora virgen gótica se ha olvidado del postureo, las meteduras de pata, el falso luto y las lágrimas de cocodrilo. También ha dejado en casa el ‘efecto Tamagotchi’ y en dos años ha pasado de obtener el peor resultado de la historia del PP en la Comunidad de Madrid a enfrentarse cuerpo a cuerpo al presidente del Gobierno, ganarle por amplio margen y cosechar la que posiblemente es la mejor victoria de los populares y no sólo en votos. Cierto es que su porcentaje es inferior a los obtenidos por Gallardón y Aguirre, pero también lo es que entonces no existían ni Vox ni Ciudadanos. 460.000 votos entre ambos este 4M.  Con este bagaje, Ayuso ha obtenido algo más que una simple victoria, ha dejado de ser un ‘meme’ y cree haberse ganado el derecho a seguir su propio camino.

Ella, y no su partido, ha sido la principal triunfadora de la jornada electoral. “Me presento yo. El proyecto lo encabezó yo. La Comunidad me la he echado a las espaldas yo”, dijo en una entrevista radiofónica y a nadie se le escapa el mensaje que dejaba entrever tamaña sentencia. Durante la campaña no ha utilizado a ningún expresidente y a Casado le ha dejado el papel de telonero en tan sólo dos mítines. Es indudable que ha nacido una estrella en la derecha española y no lo es tanto que quiera brillar sólo en Madrid. Por si fuera poco, está convencida de que España le debe ya más de una.

Además, y pese a los abrazos de este martes en el balcón de las victorias de Génova 13, no se descartan tiranteces –como las que hubo en la preparación de la campaña electoral– entre la cúpula del PP y el entorno de la presidenta triunfante. Miguel Ángel Rodríguez, mentor y mano derecha e izquierda de la nueva lideresa del PP, ha sido tachado, incomprensiblemente según los militantes de toda la vida, como ‘persona non grata’ por parte de la dirección del partido y todo parece indicar que las escaramuzas no han hecho más que empezar.

La verborrea un tanto simple y caliente de la presidenta popular, su defensa de una desconocida hasta el momento identidad madrileña y su capacidad para atraer a  un sector importante del ‘antisanchismo’ creciente, que nunca había votado PP, ha provocado una participación histórica y ha dado a estos comicios un perfil casi plebiscitario. Los ciudadanos querían votar no sólo a favor de la candidata popular, que por supuesto, sino también en contra del presidente del Gobierno, esclavo sin duda de una desacertada gestión de la pandemia.

Y bajo estos parámetros, Ayuso se ha desenvuelto mucho mejor que su oponente y le ha soltado a Sánchez un bofetón de los que suenan y duelen, de esos que te dejan escocido y te marcan la cara. Y no va a ser el último. Madrid sigue siendo la espina clavada, la asignatura pendiente de los socialistas y ahora también la del propio presidente. Los datos del 4M hablan por sí solos y señalan que él es tan despreciado como apreciada resulta ella.

Además del indudable ‘efecto Ayuso’, deberían preguntarse Pedro Sánchez y su partido qué han hecho tan rematadamente mal para que un porcentaje relevante de antiguos votantes del PSOE le hayan dado su apoyo a alguien tan de derechas como la candidata popular. Y qué han hecho tan rematadamente mal para perder 274.000 votos en la comunidad, en sólo dos años, y ser incapaces de pescar alguno de los 500.000 que se ha dejado Ciudadanos en este mismo tiempo. Y preguntarse una vez más por qué siguen equivocándose a la hora de elegir candidatos que siempre resultan ser de aluvión, de esos que vienen y van sin dejar huella alguna, transparentes cuando no invisibles, que nunca suman, que incluso parecen restar. Madrid sigue siendo para los socialistas un libro cerrado que nunca han sabido abrir y mucho menos leer, una especie de roca Tarpeya por la que siguen despeñándose, elección tras elección.

Demostrará escasa inteligencia el PSOE si, como parece, circunscribe el castañazo recibido a los bares, las tapas y las cañas o a los campos de concentración como ha hecho un tanto ridículamente la vicepresidenta Carmen Calvo. Esta vía, además de conducirles a la melancolía y al autoengaño, confirma que es más grave de lo que parece su desconexión con la realidad y pone en peligro, de cara al futuro, la vuelta a casa de muchos de los nuevos votantes de la presidenta madrileña que hasta hace cuatro días votaban al PSOE y a quienes no van a recuperar llamándoles fascistas.

Y en medio de esta escabechina socialista, Isabel Díaz Ayuso, con un discurso populista, inconexo y algo atrabiliario, según sus detractores, pero muy eficaz electoralmente hablando, ha llegado donde no llegaba ningún líder político desde hace muchos años, se ha llevado los votos de unos y otros, ha puesto al presidente del Gobierno y al de su partido al borde de sendos ataques de nervios y le ha devuelto al Partido Popular la fe y la esperanza que la corrupción a espuertas se había llevado por delante.

Isabel Díaz Ayuso el pasado miércoles 5 de mayo en la sede del PP. (EFE/EPA/DAVID MUDARRA)

 

Dos periodistas muertos en acto de servicio

La palabra periodista sigue estando excesivamente manoseada, de manera especial por aquellos que, creyendo que lo son, distan mucho incluso de parecerlo. Son los que han conseguido que la credibilidad de lo que hacemos haya caído en picado y que ser periodista provoque más sospechas que garantías. Ya no somos de fiar. Últimamente hay mucho impostor que ennegrece esta forma de vida, antaño luminosa, y que ensucia, por extensión, trayectorias rotundas y sobresalientes, ejemplarizantes y enriquecedoras, discretas y siempre humildes. Trayectorias que engrandecen esta religión, esta forma de transitar por el mundo que tiene al ser humano, a los seres humanos, como eje de su existencia, como fin único de su trabajo y de su vida.

Trayectorias como las de David Beriain (navarro de 44 años) y Roberto Fraile (vizcaíno de 47), asesinados en Burkina Faso mientras realizaban un documental sobre la caza furtiva. Dos periodistas de los que ya no crecen en los árboles. Y no porque lo dijeran ellos –su modestia se lo hubiera impedido– o lo pusiera en documento alguno sino porque lo llevaban escrito en su mirada y lo dejaron grabado en su trabajo.

He conocido a algunos como ellos –Fernando Múgica, Julio Fuentes, Miguel Gil…–, hombres de bien, enfermos de justicia, para los que ir, ver y contar, algo tan sencillo y a la vez tan difícil, era la esencia misma de su deambular por este tinglado. Hombres librepensantes y honestos que quisieron ser esclavos de una forma de cabalgar por el mundo en la que ellos nunca fueran lo importante, en claro contraste con la mediocridad, el ‘ombliguismo’, la bazofia y la pornográfica exhibición que vemos ahora a diario.

Les gustaba volar y cualquier nido se les quedaba pequeño. Les faltaba el aire en una redacción y los llamados medios tradicionales preferían tenerlos, todo hay que decirlo, como colaboradores ocasionales. Se jugaban la vida sin querer pero sin poder evitarlo aunque jamás hicieran ostentación de ello. Su alargada sombra creó escuela y marcó el camino de otros locos sin remedio, aunque los nuevos derroteros de lo nuestro no transitaban, no transitan, por esos vericuetos. Son inmensamente grandes pero siempre aspiraron a la invisibilidad.

A Beriain y Fraile no los conocí personalmente, pero sí su trabajo, y resulta más que suficiente para saber que pertenecían a ese grupo reducido y envidiable de periodistas, ellos sí, que huían de cualquier protagonismo y a los que debemos agradecerles que pusieran sus manos sobre lo que tanto amamos, engrandecieran este trabajo e hicieran justicia a través de las historias que nos han dejado.

En una entrevista en Nuestro Tiempo, la revista de la Universidad de Navarra, Berian dejó claro en 2017 hacia dónde podía ir lo nuestro y que este quehacer corría serio peligro de quedarse sin alma: “Los griegos buscaban la sabiduría, y de ahí pasamos a la Ilustración en busca del conocimiento. Ahora estamos en la sociedad de la información, que ni supone conocimiento ni supone sabiduría. Y dentro de poco estaremos en otra sociedad que ni siguiera supondrá la información, será la sociedad de los datos”.

Beriain, que en 2012 puso en marcha la productora ‘93 Metros’, siempre pensó que el ser humano era lo único que podía salvar esta profesión y que la realidad era mucho más grande que todo aquello que uno pudiera creer o pensar… “Y que si las historias son grandes, tú tienes que honrar esa grandeza con medios, con pasión… con lo que sea; con lo que tengas. Todo nuestro trabajo sólo sigue un principio, y es que nuestra mediocridad no se interponga en la grandeza de la historia; que sepamos hacerle justicia”.

Y Fraile y Beriain, que nunca fueron mediocres, supieron hacerle justicia a la historia en Latinoamérica, en el Sudeste Asiático, en Irak, Afganistán, Libia, Siria… allá donde hubiera algo importante que contar y que captar; allá donde hubiera una voz que tuviera algo que decir y mereciera ser escuchada o una mirada perdida que debiera ser recuperada y recordada. El nombre de ‘93 Metros’ es un homenaje de David a su abuela Juanita, y también una declaración de intenciones: “Noventa y tres metros es la distancia que hay entre la que era la puerta de su casa y el banco de la iglesia donde ella rezaba. No salía de ahí nunca. Jamás. Por eso nos llamamos así, porque no nos olvidamos nunca de que a veces la historia más grande está en el lugar más pequeño… No hay historias pequeñas, hay ojos pequeños”.

En aquella entrevista, Beriain, que al igual que Fraile siempre fue por ahí con los ojos muy abiertos, dijo delante de Rosaura, su mujer, algo que seguro ella recordará todos los días de su existencia: “He tenido mucha suerte en la vida. Mis padres, mi familia y mi mujer me han querido de la manera más hermosa que se puede querer a alguien: libre. Aunque eso suponga en su caso que un día pueda haber una llamada que les diga ‘no va a volver’. Es un acto de generosidad del que yo no sé si sería capaz”.

Roberto y David, siempre libres, siempre generosos. Dos periodistas muertos en acto de servicio.

(EFE)

Mentiras

Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente. Así define la RAE ‘mentira’. Y la explicación nos dibuja con odiosa pulcritud esa sensación de estar permanentemente manipulados que desde hace 13 meses cohabita entre nosotros. Y lo hace con más intensidad si cabe que antes de que el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas y con la desfachatez de aquello que parece haber llegado para quedarse. En estos tiempos de plaga y muerte, de haber visto cosas que muchos no creeríais, las palabras deberían ser más sagradas si cabe y no un cambalache impúdico con el que se manosea al ciudadano. Lo único verdadero que nos rodea desde hace demasiado tiempo, y a lo que nos estamos acostumbrando un tanto obscenamente, es ese vía crucis de caídos que cada 24 horas debería sacudir nuestras conciencias apelmazadas. Pero tanto muerto empieza ya a dejarnos fríos.

La pandemia y el miedo nos están mostrando la cara más oscura de un sector importante de nuestra clase política. Y si a esto sumamos la llamada de las urnas, la cochiquera se desborda. Han hecho de la necesidad virtud y convertido la mentira en su arma de destrucción masiva. Mienten porque pueden y porque nadie les pide cuentas. “Los líderes autoritarios –escribe Ivan Krastev en ¿Ya es mañana?– prosperan con la crisis y tienen habilidad para aprovechar políticamente el miedo, pero es importante señalar que las crisis de las que más disfrutan son las que ellos mismos fabrican o aquellas que al menos pueden gestionar”. A los dos lados vemos ejemplos de esto y de aquellos que juegan escandalosamente con esa máxima de que una mentira repetida mil veces puede convertirse en verdad.

Vivimos peligrosamente rodeados de engaños, de medias verdades y de ese tercer grupo, más peligroso que los dos anteriores, formado por un sinfín de falsedades soterradas bajo palabras rumbosas y algunas verdades que nos siembran de dudas y aspiran a convertir las patrañas en algo cierto. Y mayoritariamente lo consiguen. Son las mentiras de las verdades, las más eficaces, las que, gracias a su disfraz y a nuestras tragaderas, mejor se adaptan a ese adormecimiento cómodo que parece haberse apoderado de nosotros.

Porque lo más sorprendente de todo este escenario es nuestra capacidad de sumisión. Sabemos que unos y otros nos engañan, que juegan con nosotros, que nos envuelven con papel de celofán y nos adornan con un lazo. Lo sabemos y seguimos. Antes, las mentiras y la ignorancia podían sobrevivir casi eternamente. Ahora no, ahora la luz puede abrirse paso en cuestión de días, semanas o meses sin que nadie se dé por aludido: ni el embustero o la embustera para rectificar, ni sus víctimas para obrar en consecuencia. Nos mienten pero el tiovivo sigue girando con nosotros de caballitos. Eso sí, galopamos pensando que los otros siempre mienten más que los unos. Con esta plaga no sólo se han disparado los datos del paro o las colas del hambre, la deuda o el déficit público, también nuestra necesidad urgente de volver a saber, pensar y sentir con dignidad.

(GTRES)

El ‘risómetro’ de Tezanos

Es un hecho contrastado que a José Félix Tezanos le gusta a rabiar que se hable de José Félix Tezanos. Que él es uno de sus grandes temas de conversación. Provocador inteligente y exquisito, fino manipulador, pillo ilustrado, político avezado y fiel seguidor de Pedro Sánchez como antes lo fue de Alfonso Guerra, nunca ha aspirado a dotar de esa neutralidad que se le supone al Centro de Investigaciones Sociológicas que dirige. Cierto es que el CIS jamás ha sido neutral con gobierno alguno, pero también lo es que ahora ni tan siquiera intenta parecerlo. Los perros ladran pero la caravana continúa, piensa el sociólogo.

En el perfil del presidente que hay en la web del CIS se puede leer todo su amplio y brillante historial, porque amplio y brillante es –su labor académica, editorial, periodística; sus libros, las monografías en las que ha escrito y las que ha dirigido, los seminarios en los que ha participado…–, todo excepto que Tezanos ha sido secretario del Área de Estudios y Programas de la Ejecutiva Federal del PSOE, puesto que tuvo que abandonar a la fuerza –él creía que eran compatibles éticamente ambos cargos– cuando accedió a su actual desempeño, la ilusión de toda su vida según aquellos que mejor le conocen.

Elías Canetti escribió que “no hay nada más divertido que dar miedo”. Pues en eso anda Tezanos con su último sondeo de Madrid. En reírse de todos, dar miedo a la derecha –a la que ve “dura, extrema, trasnochada y contaminada de tardofranquismo”– y dar ánimos, movilizar y rearmar a la izquierda. Pero para contextualizar su último y controvertido estudio baste recordar que la desviación hacia la izquierda y sobredimensionar su voto forma parte de la trayectoria del sociólogo al frente del CIS. Está en sus genes. Lo ha hecho continuamente desde que llegó al cargo, equivocándose en las 17 elecciones celebradas desde su desembarco en junio de 2018, como recordaba Kiko Llaneras en El País. Por ejemplo, en las de la comunidad madrileña de 2019, donde la suma de PSOE, Más Madrid y Podemos se quedó en el 47,6% de los votos, aunque el CIS le había dado un 52% en su sondeo preelectoral.

No es la primera vez que Tezanos le da al risómetro desde que la vida se nos volvió del revés. Hay que recordar que hace un año el CIS preguntó sobre si debería haber censura previa en las informaciones relacionadas con el virus o si sería conveniente que sólo se publicasen aquellas que tuvieran el visto bueno ‘oficial’.  La avalancha de críticas recibidas por parte de la derecha, pero no sólo de la derecha, le llevo a echar mano de ‘Doña Urraca’, personaje de la revista Pulgarcito entre 1948 y 1960, y del sanchizidio.

Sostenía Tezanos, en sendos artículos publicados en la revista Sistema, que la derecha española era como la citada señora: “Carroñera, hipercrítica, desagradable y nada dispuesta a tener un comportamiento humano y social positivo”. Y que el urraquismo era la viva imagen del “antisanchismo visceral” promovido por “personas que permanecen encadenadas a sentimientos de odio y negatividad, con una mala leche sistemática”. Además, defendía a ultranza a Sánchez y calificaba de “sanchizidas” a aquellos que “no dudan en descalificar, denigrar, calumniar y linchar con desmesura y sin detenerse a considerar cuestiones éticas y de veracidad” al presidente del Gobierno.

Al final parece que Tezanos tenía razón y sí parece ser éticamente compatible la presidencia del CIS con la Secretaria del Área de Estudios y Programas de la Ejecutiva Federal del PSOE.

El presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas, José Félix Tezanos, en una imagen de archivo. (EFE/Kiko Huesca)