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Una vaca en el sumario, tolón, tolón

Para los argentinos, además de un importante recurso económico, es un símbolo nacional, casi un tótem; entre los hinduistas tiene consideración de ser sagrado, pero no es mucho más que un matamoscas según la Orquesta Topolino. Y para Julio Medem, que le puso su nombre a su primer largometraje, era un impertérrito voyeur que rumiaba con indiferencia mientras veía cómo varias generaciones de dos familias vascas se pegaban algo más que cornadas. Todo eso y mucho más es la vaca, protagonista estos días de una exposición, la Cow Parade, que ha puesto a ‘pastar’ –como hemos titulado con singular ingenio al menos una decena de diarios– sobre el asfalto madrileño a 105 vacas de cartón piedra, decoradas con los más diversos motivos, y “adoptadas” por empresas e instituciones, no necesariamente del sector agropecuario (aquí debajo, la patrocinada por el diario El País).

Estas esculturas, del mismo tamaño de una vaca de las de verdad, están colocadas a pie de calle, al alcance de la vista de los viandantes y, también, de las garras de amigos de lo ajeno y otros desaprensivos. Conscientes de la fragilidad de estos bóvidos, los organizadores del evento han levantado (al menos para la edición de este año) un hospital de campaña en el que reparan los ejemplares malogrados, que al parecer no son pocos. Lo contábamos en 20 minutos este pasado miércoles, en un reportaje de la sección de Madrid que detallaba la particular lista de espera de este hospital. Y a la noticia, como a todas las que tienen algún tinte estrafalario, le hicimos algo diferente de lo habitual para venderla en portada. En este caso, ilustrar con la silueta de una de esas vacas la notita del sumario que anunciaba el reportaje en el interior. Tal que así:

Los lectores asiduos (si es que, contra toda lógica, los hay) de Sexta columna sabrán que estas travesuras gráficas nos gustan sólo cuando añaden información adicional o causan sorpresa en el lector. Al margen de si cumple o no ambas normas, esta vaca (Milkman, se llama, la única que, además de dar leche, la reparte) le da a la portada un aire entre absurdo y surrealista, y ya a toro pasado me ha recordado el día, hace ya una pila de años, en que me estuve devanando los sesos tratando de averiguar qué hacía cierta vaca frisona en la carátula de un disco con el poco vacuno título de Atom Heart Mother. No lo supe hasta muchos años más tarde, pero, mientras tanto, la de este disco de Pink Floyd fue una de mis portadas favoritas. Hoy me sigue resultando encantadora, sugerentemente absurda.

Tolón, tolón.

D. Velasco

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