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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

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Ring. Rinnnng. Ah, no, que ahora el doblaje (una vez los clásicos se retiran) procede a un tuut, tuuuut.

Tuut. Tuuuut.

– ¿Diga?

– ¿Mamá? Tu no eres la que cumple años hoy.

– Pues tu padre – hablamos del interfecto al que toca felicitar – se ha ido a correr hace un rato.

Son las nueve cuarenta de un jueves de invierno. Es la periferia vinatera de Madrid y no hace como para salir en manga corta. Los jubilados de la zona están desayunando y desmigando pan en la leche y avisando a la mujer que les prepare la ropa, porque los jubilados españoles tienen a gala no saber prepararse el desayuno y delegar en la esposa las cuestiones de logística, plancha y ropas.

Pero hay un jubilado que hoy cumple setenta y un años y que el otro día se quejaba malhumorado porque ya no corre como cuando tenía veinte años menos. A las nueve cuarenta de un sábado de invierno de 1941 su padre tuvo que coger una pala y quitar un metro de nieve para ir a buscar a la partera de un pueblo de la sierra de Avila. Hoy, a las nueve cuarenta, quizá como homenaje a todos los kilómetros que nos ha hecho correr a mi hermana pequeña, a mí, a discípulos y a algún conocido que se inició por su empuje – o culpa – ha sido imposible cogerle en casa como a cualquier jubilado normal.

¿Será que los corredores no somos nada normal?

¡Felicidades, Arribas!

pd. ¿No se te había podido ocurrir apuntarnos a hacer golf en lugar de atletismo?

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