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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Secuencia parodia dramática (fin).

Jueves. 09.46am. Sobresalto, sin desearlo, aborreciendo esta dependencia amplia como los límites del mayor ataúd del mundo, he soñado de nuevo que no avanzaba, que llegaba tarde a la salida, que unos destellos de colores abrían su boca para engullirme, porque hay algún tipo de droga corporal que me está machacando y malduermo de nuevo, a golpes, sueño entre chirriantes denteras que mi vida ha saltado al público y que el Richar está colgando todos mis twiteos en su página y que miles de aullidos vienen como por autopista, son bramidos de sirena de barco porque -asumidlo- todos estábais esperando que huyese de Islandia en barco y que el tiempo transcurriese más despacio, despacio, me decís, vosotros no  estáis intentando dejar la mochila en un compartimento lleno de las ansias de huir, lleno de bolsas de mano y de abrigos y de maletines de portátiles mientras todo el pasaje de este EZY suda terror al pensarse débil, al saberse objetivo de esa nube que podría dañar el fuselaje y mandar a todos quince mil pies para abajo y no llegar a la reunión del viernes o la paranoica celebración del cumpleaños, quincuagésimo, de Hans o al puto maratón de Madrid. Cierro mi berry, no sé qué hostias hago dialogando con mis amistades mirando a una pantalla de cristal líquido de 2.46″. En estos momentos es cuando más echo de menos a mi exmujer. Raro, hablo ya de ella como si perteneciese a un pasado brumoso. Cuando salí de Madrid hacia Reykjavik todavía era presente y ahora la asumo perdida como una leyenda apenas comprendida.

13.29pm. El aeropuerto tiene un enlosado burdeos con jaspe de años setenta. Las salas de retirada de equipaje podrían pasar a los anales de la desorganización estética. Mis manos sienten las uñas que se clavan en cada uno de los bolsillos. Tengo dos bolsillos. En el izquierdo siento la arenilla calcárea del otro día, paseando por el ventoso malecón de pescadores. También hay un casi imperceptible hilo suelto. Mide apenas dos centímetros y tiene ya veinte pasadas de mis yemas de los dedos índice y pulgar. Éste, me escuece. Estoy nervioso. La yema del pulgar me escuece de las pasadas o, quizá de la micrometría de la arenilla. Debería estar con la vista fija en la pantalla pero me veo pensando que tengo 42 años y que noto el bolsillo derecho mucho más frío que su antagonista. El roce del dorso de mi mano con el tejido me enerva. Tengo ganas de gritar pero sé que no debo hacerlo porque está a punto de salir mi maleta y no debo perder la concentración. Imagina, Jesús, que estás frente a un pelotón de fusilamiento dispuesto a finiquitar por la via rápida tus pensamientos. El primero que se mueva provocará el disparo. Vigila la maleta. La maleta. La maleta… ¿Sale mi maleta? La maleta.

13.50pm. Recibo un sms. Dos. No es un sms, es un zumbido parecido a un escalofrío electrónico, sí, es un sms, de bienvenida de mi compañía de telefonía móvil. Tengo que salir urgentemente de este aeropuerto, da igual si la maleta pesa o no pesa. Hay una cola tremenda de ojos que miran como las merluzas lo hacen allá a lo largo del banco, de la corriente marina. Los pasajeros de este maloliente pasillo que es la fila para tomar un taxi son como obedientes pingüinos que miran a lo alto, por encima de los primeros coches ocupados, ladeados por el peso de sus bolsos. Un billete de 50 y unas notas rápidas a un taxista, lleve este equipaje a este edificio de oficinas, se la recogerán en recepción. Yo no puedo someterme más a esta espera, a la cola de merluzas, a mis bolsillos y a su eruptivo roce, a mis dedos que palpan arenilla calcárea y al pelotón de fusilamiento de la sala de baggage claim y a mi asiento en el EZY rodeado de tipos huyendo de un volcán, a mis endorfinas ni caer sojuzgado ante días perdidos ante revistas del correr, pulsos, novias y amigas de Aluche, machacado por el regreso a la terminal de Keflavik y al hotel donde ví aquel cielo tan raro.

Y decido salir corriendo por los puentes bajo las señales de Madrid Centro y M11. Hay un trozo sin arcén pero llego fácilmente a la rotonda de la zona industrial. Con las sienes embotadas y mil pulsaciones por encima de mi mapa genético trepo con las manos por un talud embarrado que me deja en una alambrada maltratada por el óxido. Corro de algo. Huyo. 

Es posible que lo único que he deseado hacer desde las últimas 72 horas haya sido galopar. No importa bajo qué formato. Una sirena a mis espaldas y una alambrada en mi boca. Dos pies me inmovilizan contra el rubín del mallado de -creo- los depósitos de CHL; reconozco la presión de la suela de unas botas militares sobre mi cuello y creo oir los crujidos de un walkie.

14.29pm. El cielo visto desde el suelo es como de azul dulce. Y duermo profundamente.

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