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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Los perros de la guerra

Uno tiene cara de pan, mangas de prosegurata remangadas y masca un palillo. En plena vigilancia, muestra desviación del objetivo y suponemos que al disparar también se le irá la vista a las tetas de las tías. Por esto es extremadamente peligroso; ¿sabrá discernir en medio de un tiroteo entre ser peligroso y ubres?. El otro tiene toda la pinta de jefecillo. Le da al anterior cuatro o cinco metros. Cara avinagrada, gesto fruncido… bueno, no, es que mira mal es… es como una pose de malo de taberna. Tiene tal pinta de malo que ni se le quita cuando otea, de manera idéntica, las tetas de mi compañera de viaje.

Se les ha encargado la crucial vigilancia de un transbordo con obra de Metro. Línea crítica, aeropuertos, centro de la ciudad, finanzas, maletas y descuideros. Viajantes que sufren los rigores de la poca ventilación del metro, viajeras que sacan carne fresca al aire caldeado de un Madrid desleal con los visitantes, hostil con los de fuera y los de dentro. Pero no están solos. Hay un tercero, canijo, requetemoreno y con dos botones abiertos. La providencia hace que ni estos tres ni un cuarto escondido entre las columnas traseras de la estación lleven arma de fuego. Estoy deseando que el tren arranque hacia el centro cuando, oh, sí, el Malo y el Mondadientes se cruzan un silbido cabrero. Entran en el vagón, se apuestan colgados como monas en las barras de sujección que hay fijadas al techo del vagón.

El Malo es tan vinagres que, ni para referirle al del palillo sobre las tetas de otra viajera, cambia el gesto ese que parece le acaban de notificar que se ha descubierto el genoma de la mosca. Seguridad.

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